Capítulo 34. El rostro en la penumbra
L a bruma de Venecia parecía tener voluntad propia aquella noche.
Cubría los canales como un sudario líquido, envolviendo cada fachada con un velo mortuorio.
Gabriel salió tras él encapuchado, sus pasos resonaban sobre la piedra húmeda del callejón, el aire impregnado de sal y moho.
Al volver una esquina, quedó frente a él, inmóvil, el encapuchado lo aguardaba; no había inquietud en su cuerpo, salvo la respiración agitada, que se escapaba como un suspiro entre los pliegues de la tela negra que le cubría el rostro.
Gabriel sintió el peso del momento, no se trataba de un encuentro casual: aquel hombre lo estaba esperando, apretó la mandíbula y echó un vistazo rápido alrededor; no había testigos, solo el murmullo lejano del agua chocando contra las paredes y el chirrido metálico de una compuerta oxidada.
Venecia era un escenario perfecto para una emboscada, y él lo sabía.
¿Quién eres? Te conozco —preguntó con voz firme, aunque el eco de la duda palpitaba en su pecho.
El encapuchado levantó lentamente la cabeza, no respondió, avanzó un paso, lo suficiente para que Gabriel percibiera un leve destello metálico bajo la manga: no era un simple mensajero, llevaba un arma.
Gabriel tensó el cuerpo. La pistola reposaba en su cintura, pero sacar el arma en ese instante significaría abrir un combate ruidoso, y los aliados dormían a pocas calles, protegiendo el refugio donde Isabel seguía convaleciente; un disparo podría alertar a medio barrio.
El silencio se quebró cuando el encapuchado habló; su voz era grave, áspera, con un acento difícil de identificar:
—No soy tu enemigo… aún. La frase se suspendió en el aire, pesada como plomo.
Gabriel arqueó una ceja, midiendo cada palabra. —Entonces dime qué quieres.
El encapuchado alzó una mano y dejó caer un objeto envuelto en tela sobre el suelo empedrado; el sonido sordo del impacto resonó en el callejón como una campana fúnebre.
Gabriel no se movió; lo observó con la cautela de quien sabe que un solo error puede ser definitivo.
Finalmente se agachó y recogió el bulto.
Al desplegar la tela, encontró un sello de cera roja, marcado con un símbolo que conocía demasiado bien: “el escudo de la Cámara Apostólica”.
El corazón le dio un vuelco, era imposible que aquel emblema estuviera fuera de los muros del Vaticano, salvo que hubiera una traición dentro de los propios pasillos papales.
—¿Dónde lo conseguiste? —preguntó en un susurro.
El encapuchado inclinó levemente la cabeza. —Hay grietas en los muros más sagrados, Gabriel, grietas que sangran secretos. Dio media vuelta, como si el encuentro hubiera terminado, pero Gabriel no podía dejarlo ir, dio un paso adelante.
—¡Espera! ¿Qué sabes de Romero?
El encapuchado se detuvo; el silencio fue su primera respuesta, después pronunció una frase que heló la sangre de Gabriel: —Romero no actúa solo. Y desapareció entre la neblina, absorbido por la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.
La duda y la vigilancia
Gabriel regresó al refugio con el sello apretado en el puño. Ricaccio lo esperaba en la entrada, el rostro serio, una linterna en la mano.
—¿Dónde estabas? —dijo en voz baja—. ¿Qué ha pasado? Gabriel no contestó enseguida; abrió la mano y le mostró el objeto; el aliado lo observó, y el color se le escapó del rostro.
—¿Estás seguro de que es auténtico?
—Demasiado, este sello solo circula en los niveles más altos de la Curia; quien lo tenga, controla algo que no debería estar en manos extrañas.
Ricaccio bajó la mirada, como si pesara el peligro sobre ambos.—Entonces la corrupción llega más alto de lo que imaginábamos.
Al entrar, la penumbra del lugar adaptado como refugio los envolvió. Isabel seguía en reposo, inconsciente, cuidada por Eufemia y las monjas.
Los ojos de la criptógrafa no se apartaban de los pergaminos que reposaban sobre la mesa.
La luz de las velas proyectaba sombras alargadas en las paredes húmedas.
Gabriel se acercó al lecho, observó el rostro pálido de Isabel, la respiración apenas perceptible; se inclinó, le rozó la frente con los dedos y susurró:
—Resiste. Te lo prometo.
Detrás de él, Eufemia lo observaba con un gesto ambiguo, entre devoción y algo imposible de descifrar.
—Se aferra a la vida —dijo con calma monacal—.
Pero su cuerpo no aguantará otro traslado si no se recupera un poco más.
Gabriel asintió. No era el momento de revelar lo que había descubierto en el callejón.
El sello, el encapuchado, la advertencia sobre Romero… debía procesarlo primero.
El manuscrito y la revelación
La criptógrafa, cuyo nombre hasta entonces había mantenido en secreto por seguridad, levantó la mirada.
—Gabriel, he avanzado con los pergaminos —anunció, señalando un fragmento extendido en la mesa—.
Y lo que revelan conecta directamente con la historia papal.
Gabriel se acercó, con Ricaccio tras él.
Las letras en latín parecían bailar bajo la luz de las velas.
La criptógrafa apuntó con el dedo. —Este pasaje habla de un “ consistorium clandestinum” , un cónclave paralelo celebrado en el siglo XV.
Según el texto, un grupo de cardenales eligió a un pontífice alternativo, cuya existencia fue borrada de la historia oficial.
Eufemia se persignó en silencio. Ricaccio murmuró una maldición.
—¿Estás diciendo que hubo un papa fantasma? —preguntó Gabriel, incrédulo.
—Exactamente —respondió ella—. Un pontífice cuya identidad fue suprimida porque sus escritos contradecían la doctrina oficial. Pero lo más alarmante es esto —señaló otro párrafo—: parece que parte de esos escritos fueron ocultados aquí en Venecia.
El silencio se volvió denso en la cripta. Gabriel comprendió el alcance: no se trataba solo de sobrevivir a Romero, ni de mantener a salvo el manuscrito.
La amenaza invisible
Aquella noche, mientras los demás descansaban, Gabriel permaneció en vela junto a Isabel.
Afuera, Venecia respiraba con sus canales oscuros, pero él solo podía escuchar el eco de las palabras del encapuchado: “Romero no actúa solo” .
¿Quién más estaba detrás? ¿Un cardenal? ¿Alguien del círculo papal más cercano?
El sello era prueba suficiente de que las manos que manipulaban los hilos estaban muy arriba.
En un momento de silencio absoluto, escuchó un leve crujido en la madera del techo, no era el sonido normal de la humedad.
Alzó la vista: sombras se movían sobre las vigas.
Gabriel se levantó de un salto, desenfundó el arma y susurró a Ricaccio, que dormía a unos metros.
—¡Arriba, ahora. En cuestión de segundos, tres figuras descendieron por las escaleras laterales, armadas y rápidas. El asalto había comenzado.
El ataque en la cripta
El primer disparo resonó como un trueno contenido. Gabriel se lanzó al suelo, devolviendo fuego con precisión. Ricaccio empuñó un cuchillo y se abalanzó contra uno de los atacantes, hundiéndolo en su cuerpo contra la pared.
La criptógrafa gritó, protegiendo los pergaminos, mientras Eufemia se colocaba frente a Isabel, extendiendo los brazos como si pudiera detener las balas con su hábito.
La batalla fue breve pero feroz. Dos de los atacantes cayeron, el tercero logró huir por las escaleras, dejando un rastro de sangre en el pasillo.
Gabriel quiso perseguirlo, pero se detuvo; no podía arriesgarse a dejar indefensos a los demás.
El eco del combate se disolvió. El silencio posterior fue aún más asfixiante que el ruido de las balas.
Gabriel recogió un objeto caído de uno de los atacantes: un rosario negro con un medallón tallado.
Al observarlo, sintió un frío que le recorrió la espalda.
El emblema no era cualquiera; pertenecía a una hermandad secreta de la Guardia Pontificia, una facción desconocida incluso para muchos dentro del Vaticano. —Dios mío… —murmuró.
Ricaccio se limpió la sangre del brazo y se acercó. —Esto confirma que no solo Romero está en juego. Hay fuerzas dentro de Roma que quieren aplastarnos.
Gabriel apretó el rosario en su mano y miró a Isabel, aún inconsciente, tan frágil y a la vez tan centrada en todo lo que sucedía.—Entonces no tenemos opción —dijo con voz acelerada—.Venecia no será nuestro sepulcro. Aquí empezaremos a desenterrar la verdad.