Capítulo 33. La ciudad de los susurros
E l amanecer sobre Florencia no trajo calma, sino un silencio de presagio.
En la mansión que servía de refugio, el aire estaba impregnado de incienso quemado para enmascarar el olor metálico de la sangre.
Isabel seguía inmóvil en la camilla improvisada, su rostro pálido apenas iluminado por la luz temblorosa de las velas.
Gabriel, de pie a su lado, la miraba con una devoción que rozaba la desesperación.
Había pasado horas hablándole en susurros, como si sus palabras pudieran alcanzar los pasillos sombríos de la inconsciencia.
Eufemia, con el hábito recogido y las manos firmes, vigilaba cada respiración de la joven, mientras la criptógrafa, la misma que había ayudado semanas atrás a descifrar los fragmentos del pergamino, repasaba los signos escritos con su caligrafía menuda en un cuaderno.
—El traslado no será sencillo —dijo Eufemia con gravedad—. Está demasiado débil, el viaje puede acabar con ella.
—Si nos quedamos aquí, será Romero quien acabe con nosotros —respondió Gabriel, sin apartar la vista de Isabel. —Prefiero arriesgarlo todo en el camino.
La criptógrafa levantó la mirada de sus notas, sus ojos brillaban con un fulgor extraño, mezcla de intelecto y preocupación.
—Venecia es un lugar propicio para ocultarse —dijo—.
Sus canales son laberintos, sus palacios refugios y trampas a la vez, pero si logramos llegar, puedo continuar el trabajo sobre los pergaminos sin riesgo inmediato de que caigan en manos de Romero.
Eufemia apretó los labios. —Y si la muchacha muere en el trayecto, ¿qué le dirás a tu conciencia, Gabriel? Él no contestó, solo se inclinó y rozó con la yema de los dedos la mano de Isabel.
El viaje
Partieron al caer la tarde, cuando la luz empezaba a cubrir de tonos rojizos las murallas de Florencia.
Una ambulancia y un coche privado, los esperaban en un callejón estrecho: en el primero, Isabel, acompañada por los cuidadores, Eufemia y la criptógrafa; en el segundo, Gabriel, junto con dos aliados del patriarca y Ricaccio que custodiaban el manuscrito y las armas.
El traqueteo de las ruedas sobre la piedra resonaba como un tambor de guerra en el silencio de la ciudad.
Florencia se alejaba poco a poco, pero no sus sombras: cada esquina podía ocultar una emboscada, cada mirada un espía.
Dentro de la ambulancia, Eufemia limpiaba con esmero la herida de Isabel. La bala había sido extraída, pero el daño interno era incierto. La joven apenas respiraba, su cuerpo oscilaba entre la vida y un sueño profundo que parecía no terminar.
—Resiste, hija —murmuraba la monja—. Aún no es tu hora.
La criptógrafa, en cambio, no apartaba la vista de los fragmentos del pergamino que llevaba consigo.
Había conseguido unir varias piezas y lo que emergía era inquietante: referencias a un cónclave papal del siglo XV, a un secreto guardado bajo amenaza de excomunión, y a un nombre que aparecía una y otra vez como una sombra recurrente: “ Inocencio VIII” .
—Esto cambia todo… —susurró, más para sí que para los demás.
Eufemia alzó la vista. —¿Qué dices?
—El manuscrito habla de un pacto sellado en secreto por Inocencio VIII. No era un simple guardián de las reliquias, como se ha creído, estaba vinculado a sociedades que operaban dentro y fuera de la Iglesia, con juramentos de silencio que aún hoy podrían tener consecuencias.
Gabriel, en el automóvil trasero, apenas escuchaba nada de lo que discutían en el vehículo que iba delante.
Su mente estaba fija en la figura de Isabel, débil, tambaleante entre el mundo de los vivos y los muertos.
Juró que si sobrevivía, nada lo separaría de ella, ni Romero, ni pergaminos, ni sombras papales.
La carretera hacia Venecia se volvió peligrosa al caer la noche.
Una tormenta eléctrica se desató sobre las colinas, iluminando el horizonte con relámpagos que parecían cuchillas.
Las ruedas patinaban en el asfalto, los conductores sujetaban con fuerza el volante, y el viento azotaba los vehículos, como si quisiera arrancarlos del suelo.
En un recodo del camino, un grupo de personas apareció en la penumbra.
Los aliados desenfundaron sus armas, pero los hombres se desvanecieron en la tormenta como espectros.
Fue un aviso claro: Romero sabía de su huida.
Venecia
Al amanecer, tras horas interminables de viaje, el grupo divisó la laguna veneciana. La ciudad emergía como un espejismo entre la bruma: campanarios desafiando el cielo, palacios recortados contra el agua, canales que reflejaban el fulgor naciente del sol.
—La ciudad de los susurros —dijo la criptógrafa con una sonrisa sombría—. Aquí nada se dice en voz alta, y todo se sabe en silencio.
Transportaron a Isabel en una góndola cubierta hasta un convento oculto en el barrio de Dorsoduro, lejos de las rutas habituales.
El edificio, con muros desconchados y jardines secretos, se convirtió en su nuevo refugio.
Allí, la criptógrafa desplegó sus notas y fragmentos del manuscrito sobre una mesa de madera carcomida, mientras Eufemia y dos novicias del convento cuidaban de Isabel con compresas, ungüentos y oraciones murmuradas.
Gabriel caminaba como un león enjaulado, subiendo y bajando los pasillos húmedos, escuchando cada eco como si fuera una amenaza.
La ciudad le parecía una trampa perfecta: un laberinto de agua donde desaparecer era tan fácil como ser traicionado.
La revelación papal
Una noche, mientras Isabel respiraba con dificultad en su lecho, la criptógrafa llamó a Gabriel a la sala donde trabajaba.
—He descifrado otra parte —dijo, mostrándole el pergamino iluminado por la luz de un candil—. Habla de un “ manuscrito gemelo” , oculto en algún lugar de Venecia. Gabriel arqueó una ceja. —¿Otro manuscrito?
—Sí, y este segundo documento contendría la clave para comprender el primero, sin él, lo que tenemos es apenas un rompecabezas incompleto: pero lo más inquietante… —la mujer bajó la voz— es que aparece una referencia directa a la muerte de un papa que nunca fue registrada como asesinato.
—¿Estás diciendo que lo mataron?
—Eso insinúa el texto. Si esto es cierto, el secreto que protegemos podría poner en duda siglos de historia papal. Gabriel sintió un escalofrío, no solo cargaban con la vida de Isabel, sino con un peso histórico.
El cliffhanger
La noche caía pesada sobre Venecia. Afuera, los canales estaban en calma, pero dentro del convento, el aire era tenso.
Gabriel, agotado, se permitió cerrar los ojos apenas un instante junto al lecho de Isabel.
Un crujido lo despertó, provenía del corredor.
Se levantó de golpe, con la mano en el arma.
El eco de pasos apresurados se mezclaba con el murmullo del agua contra los muros.
—¿Quién anda ahí? —susurró, avanzando con cautela.
Giró en la esquina de un pasillo y vio una sombra, la persiguió, cruzando un claustro oscuro hasta llegar a una sala vacía.
Allí, sobre la mesa donde trabajaba la criptógrafa, alguien había dejado un trozo de pergamino doblado.
Gabriel lo tomó con manos tensas. El símbolo en el centro era inequívoco: el mismo que había visto en Nápoles, la marca de Romero.
Un ruido detrás de él lo hizo girar, una figura encapuchada estaba en el umbral, respirando con calma, observándolo en silencio.
—¿Quién eres? —exigió Gabriel, apuntando con el arma.
La figura salió corriendo, sin hablar: La capucha cayó apenas lo suficiente para mostrar un rostro que Gabriel creyó reconocer.
Gabriel contuvo la respiración. Era alguien que no esperaba ver allí.
Alguien que creía de su lado. Y en ese instante comprendió que Venecia no sería un refugio, sino el escenario de la traición definitiva.