El evangelio silenciado Capítulo 28. La herida de la ciudad
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Capítulo 28. La herida de la ciudad

L a noche en Nápoles se vestía de sombras más densas que las de Roma.

El puerto, iluminado por antorchas modernas y farolas que temblaban bajo el viento marino, parecía ocultar más de lo que mostraba.

Entre los callejones estrechos, donde las voces se mezclaban con el eco de pasos apresurados, Gabriel e Isabel caminaban con el peso de la desconfianza sobre los hombros.

No solo temían a los hombres de Romero; ahora también temían mirarse entre ellos, como si la sospecha hubiera encontrado un hueco en su propia alianza.

El manuscrito viajaba oculto, no en el bolsillo de ninguno, sino dentro de una bolsa reforzada que Isabel llevaba colgada del hombro.

Ella lo sujetaba con una fuerza casi dolorosa, como si supiera que el pergamino tenía un precio demasiado alto para cualquiera que lo poseyera.

Gabriel lo notaba y callaba, aunque dentro de él ardía la pregunta que no se atrevía a pronunciar: ¿y si ella también tuviera secretos?

El viento trajo un olor agrio de pescado mezclado con humo. Era el Nápoles antiguo, vibrante y decadente, escenario perfecto para una traición.

—Nos vigilan —murmuró Gabriel, sin apartar la vista de una figura que parecía seguirlos desde la distancia.

—¿Lo dudas? —replicó Isabel, sin detenerse—. Aquí nadie da un paso sin que lo sepa media ciudad.

Un gato negro se cruzó en su camino, y la superstición pareció clavar su zarpazo invisible. Isabel apretó los labios. Gabriel, en cambio, miró al animal como si fuera un presagio de lo inevitable.

El aliado inesperado

Al doblar una esquina, un hombre salió de las sombras. Vestía chaqueta oscura, barba canosa y una cicatriz que le cruzaba la mejilla Gabriel lo reconoció de inmediato: era Alfonso, un antiguo compañero en la guardia suiza.

—No pensaba volver a veros —dijo Alfonso, con voz áspera.

—Y nosotros no pensábamos fiarnos de ti—respondió Gabriel.

Alfonso sonrió, mostrando los dientes amarillentos. —A veces la confianza es un lujo que no podemos darnos. Sé que Romero os pisa los talones, y sé también que en Nápoles no encontraréis solo enemigos.

Isabel lo observó con desconfianza.—¿Por qué habríamos de creerte?

El hombre guardó silencio unos segundos, hasta que de su bolsillo extrajo un pequeño medallón con la cruz patriarcal.

—Porque yo también estoy marcado. Romero no solo quiere el manuscrito, también quiere mi silencio.

He escapado de sus hombres dos veces, a la tercera, no tendré la misma suerte.

Gabriel intercambió una mirada rápida con Isabel. Las piezas encajaban demasiado bien.

El giro inesperado

Decidieron seguir a Alfonso hasta un edificio abandonado, a medio camino entre una iglesia en ruinas y un almacén olvidado.

El interior olía a humedad, a polvo antiguo y a madera podrida.

Allí, sobre una mesa destartalada, Alfonso colocó varios documentos.

—Estos son registros de Roma —explicó—. Planos, rutas secretas dentro del Vaticano, nombres de cardenales que han jugado a dos bandos.

No soy el único que quiere ver caer a Romero.

Gabriel repasó las hojas con atención. Había símbolos, notas en latín, referencias a pasajes bíblicos que parecían esconder mensajes cifrados.

Isabel, en cambio, se fijó en algo más inmediato: en una de las hojas, junto al nombre de Romero, estaba escrito “ Isabel” .

Su rostro se heló. —¿Qué significa esto?

—preguntó, su voz temblaba entre furia y miedo.

Alfonso la miró con calma. —Significa que él te vigila desde hace años. Que no eres una simple víctima, sino una pieza en su tablero.

Gabriel dio un paso atrás. —¿Isabel?

Ella lo miró con lágrimas contenidas, pero también con rabia. —No lo sabía… ¡Lo juro!

La tensión en el aire podía cortarse con un cuchillo. Alfonso, viendo el silencio que los separaba, dejó escapar una carcajada seca. —El manuscrito no necesita enemigos. Vosotros mismos os encargaréis de destruir vuestra alianza.

La persecución

No hubo tiempo para más. El estruendo de un disparo rebotó en las paredes de piedra, y Alfonso cayó al suelo, la sangre se extendió bajo su cuerpo como tinta sobre un mapa. Isabel gritó, mientras Gabriel tiraba de ella hacia la salida.

Afuera, la ciudad parecía haber despertado de golpe. Hombres armados corrían hacia ellos. Los callejones de Nápoles se convirtieron en un laberinto de ecos.

Gabriel e Isabel corrían, chocando contra muros, resbalando en adoquines mojados. Detrás, el rugido de los perseguidores se hacía más fuerte. —¡Este camino! —gritó Isabel, señalando hacia una escalinata que descendía hasta el mar.

El puerto reapareció frente a ellos, con sus barcos balanceándose como bestias encadenadas.

Los pasos de los enemigos se acercaban. Gabriel no tuvo más opción que empujarla hacia una pequeña embarcación que estaba atada en medio del muelle.

—¡Rápido! La madera crujió bajo su peso, y con un impulso desesperado cortaron la cuerda.

El barco se deslizó sobre las aguas oscuras.

Desde el muelle, los hombres de Romero disparaban, las balas golpeaban cerca, levantando salpicaduras que parecían manos que intentaban atraparlos.

El secreto de Isabel

Solo cuando el silencio del mar los envolvió, Gabriel se atrevió a hablar.—Isabel… dime la verdad. ¿Qué sabía Romero de ti? Ella no respondió al principio. Miraba las luces de Nápoles alejándose, como si temiera que la ciudad la reclamara. Finalmente, murmuró:

—Romero es mi tío. Lo descubrí cuando era monja pero nunca pensé que esa sangre nos condenaría. Siempre supe que había algo oscuro en mi familia, pero… nunca imaginé esto. Gabriel sintió un vértigo extraño. La revelación explicaba demasiado, pero al mismo tiempo levantaba nuevas sombras.

—Entonces… —susurró él—, ¿y si tú eres la llave que Romero necesita?

El silencio entre ambos se volvió insoportable. El mar golpeaba contra la embarcación como un tambor de guerra, recordándoles que no había escapatoria sencilla.

El juramento

Isabel se giró hacia él, con los ojos brillantes de lágrimas. —Gabriel, puedes dudar de mí, puedes odiarme si quieres. Pero te juro que nunca estaré de su lado. Este manuscrito… —acarició la bolsa como si acariciara un corazón vivo—, este manuscrito no será suyo mientras yo respire.

Gabriel la miró largo rato, buscando en su rostro la mentira, pero lo que vio fue miedo y una determinación feroz. Finalmente asintió. —Entonces lucharemos juntos, aunque el mundo entero esté contra nosotros.

El horizonte comenzaba a teñirse con un resplandor gris. El amanecer sobre el Mediterráneo prometía un nuevo día, pero también nuevas amenazas.

Epílogo del capítulo

Mientras la barca avanzaba hacia aguas abiertas, una campana resonó en la ciudad, profunda, grave, como un anuncio funesto.

En el Vaticano, Romero recibía noticias de Nápoles.

Sus labios se curvaron en una sonrisa fría.

—Ya no es cuestión del manuscrito —susurró para sí mismo—. Ahora es cuestión de sangre.