Capítulo 27. Ecos de traición
L a noche se había desplomado sobre Nápoles con el peso de una losa oscura.
Desde lo alto del Castel Sant’Elmo, las luces de la ciudad parecían diminutas brasas ardiendo en la penumbra, y el Vesubio, majestuoso y amenazante, recortaba su silueta contra un cielo que no prometía paz.
Isabel y Gabriel seguían en el refugio provisional, una antigua casa de pescadores, a pocos metros del puerto.
No era más que un espacio reducido con paredes encaladas y el olor persistente a salitre y madera húmeda, pero ofrecía la seguridad de lo anónimo.
Isabel, sentada en el suelo junto a una mesa baja, repasaba los fragmentos del manuscrito bajo la luz de una lámpara de aceite.
Sus ojos recorrían las líneas latinas como si buscara en ellas un respiro, pero lo único que hallaba era la certeza de que el tiempo se agotaba.
Gabriel, en cambio, caminaba de un lado a otro, inquieto, con la mirada clavada en la puerta.
—No podemos seguir huyendo sin rumbo —dijo al fin, interrumpiendo el silencio que se había vuelto insoportable—.
Cada día que pasa, están más cerca, y alguien...
—se detuvo, tragando saliva— alguien nos está entregando.
Isabel levantó la vista del manuscrito. La chispa de sospecha brillaba en sus ojos.—Lo has pensado también.
Gabriel asintió, aunque con gesto cansado. —No hay otra explicación, saben dónde estamos, cada paso que damos, o alguien muy cercano nos ha vendido... o alguien entre nosotros lo hace sin querer. El aire se volvió pesado.
Isabel cerró el manuscrito de golpe. —¿Quieres decir que sospechas de mí?
La pregunta cortó el espacio como un cuchillo. Gabriel se quedó inmóvil, con los labios entreabiertos, como si hubiera previsto todo menos tener que responder a esa acusación tan directa.
—No —dijo al fin, pero la vacilación en su voz traicionaba su inseguridad—. No de ti, Isabel, pero sí de quienes dicen ayudarnos. Ese patriarca de Jerusalén, sus emisarios... apenas los conocemos. ¿Y si uno de ellos trabaja para Romero?
Isabel respiró hondo, apartando un mechón de cabello que se le había pegado al rostro. —O quizá... —murmuró, con la mirada clavada en Gabriel— quizá quien nos traiciona está más cerca de lo que imaginas.
El silencio se volvió, más asfixiante aún. Afuera, el rumor del mar se colaba por las rendijas de la ventana, como si el Mediterráneo entero contuviera la respiración.
La señal en la oscuridad
Esa misma noche, en el interior del Palacio Apostólico, el cardenal Romero recibía un informe detallado. Frente a él, un joven sacerdote con sotana negra le entregaba un sobre sellado.
—Confirmado, Eminencia, están en Nápoles. Hemos seguido sus pasos hasta el puerto.
Romero sonrió apenas, sin mostrar los dientes.
Sus dedos, enfundados en guantes finos, acariciaron la superficie del sobre como quien acaricia a una presa antes de degollarla —Perfecto.
Que no los pierdan de vista. Aún no es momento de capturarlos.
Quiero que se consuman en la sospecha, que el veneno de la desconfianza los destruya antes de que podamos dar el golpe final.
El sacerdote inclinó la cabeza, pero no se retiró de inmediato —Eminencia... hay algo más. Uno de nuestros hombres asegura haber visto a una mujer tras sus pasos. Una monja.
Romero levantó los ojos, helados como acero. —¿Una monja?
—Sí. Creemos que es la misma que los ayudó en Petra.
El cardenal cerró los ojos un instante, murmurando —Eufemia... maldita seas. Golpeó la mesa con el puño, rompiendo la calma gélida de su despacho. —Encuéntrenla, si sigue viva, podría arruinarlo todo.
La sombra del traidor
De regreso en Nápoles, Gabriel decidió salir al amanecer para encontrarse con el contacto que les había prometido un lugar seguro donde ocultar el manuscrito.
Isabel insistió en acompañarlo, pero él fue tajante.
—Es demasiado arriesgado. Quédate aquí, vigila el manuscrito.
Ella asintió, aunque con el corazón encogido.
Algo en la forma en que Gabriel evitaba mirarla directamente le resultaba extraño.
Cuando la puerta se cerró tras él, se quedó sola en aquella casa que olía a mar y a humedad.
Los minutos pasaron lentos, y la inquietud fue creciendo.
Se acercó a la mesa donde descansaba el manuscrito y lo abrió de nuevo.
Sus dedos recorrieron las páginas con la delicadeza de quien toca una herida.
Pero entonces, un detalle la hizo estremecerse: había una mancha en el borde, un símbolo apenas visible, que no estaba la última vez que lo había revisado.
Un círculo con una cruz de fuego. —El sello de Romero...
—susurró. El miedo le subió por la garganta como un veneno.
Alguien había tocado el manuscrito después de ella.
¿Gabriel? ¿O el misterioso aliado que los había conducido hasta Nápoles?
Un crujido detrás de la puerta interrumpió sus pensamientos. Isabel se levantó de un salto y agarró un cuchillo de cocina. La puerta se abrió lentamente y apareció Gabriel, con el rostro sombrío. —¿Qué haces con eso? —preguntó, sorprendido al ver el arma en sus manos.
—La pregunta es qué haces tú, Gabriel —replicó ella, temblando—. El manuscrito lleva el sello de Romero. ¿Cómo llegó ahí? Gabriel la miró, primero confundido, luego dolido.—¿Me acusas a mí? Isabel no respondió. El cuchillo seguía firme en su mano.
El fuego del Vesubio
Los días siguientes fueron un hervidero de dudas y reproches. La tensión entre ellos crecía, como la amenaza latente del Vesubio que dormía a las puertas de la ciudad. Cualquier palabra podía convertirse en chispa, cualquier gesto en detonador.
Mientras tanto, rumores corrían por Nápoles: hombres extraños merodeando los callejones, preguntas sobre una pareja de forasteros, y un cardenal romano visto en reuniones secretas con familias poderosas de la Camorra.
El nombre de Romero comenzaba a mezclarse con el del crimen organizado, como si la ambición no conociera fronteras entre lo sagrado y lo profano.
En una de esas noches densas, Gabriel e Isabel se reunieron con su supuesto contacto que no era otro que Eufemia, la monja.
El encuentro tuvo lugar en las catacumbas de San Gennaro, donde las paredes rezumaban humedad y los huesos de siglos parecían observarlos en silencio.
—Aquí estaréis a salvo —dijo Eufemia, mientras los conducía con una lámpara de aceite—.
Nadie se atreverá a buscar entre los muertos.
Pero Isabel la miraba con recelo. Cada palabra, cada gesto de la monja le parecía demasiado ensayado, demasiado seguro.
El eco de la traición se colaba entre las piedras.
Al separarse, Gabriel intentó tranquilizarla.—Tenemos pocas opciones, Isabel. Si desconfiamos de todos, acabaremos solos. Ella le respondió en voz baja, con los ojos fijos en la oscuridad del pasillo—Quizá es justo lo que quieren.
Roma espera
Mientras en Nápoles la sospecha crecía como una tempestad contenida, en Roma el Papa se debilitaba día tras día.
Su respiración era lenta, y su rostro, un mapa de dolor.
Romero lo visitaba cada noche, con la copa de vino que contenía el veneno lento y mortal.
Nadie lo sospechaba, salvo unos pocos que callaban por miedo o conveniencia.
En sus momentos de lucidez, el Santo Padre murmuraba un nombre que pocos comprendían: —El monje... el monje aún guarda la verdad… Romero, al escucharlo, apretaba los dientes con rabia contenida. Sabía que esa verdad era su mayor amenaza, y que el tiempo para silenciarla se acababa.
El regreso al puerto
Una noche, Isabel decidió seguir a Eufemia en secreto.
Salió tarde y vio caminar a una monja por los muelles, intercambiando palabras con hombres vestidos de negro.
Reconoció uno de los símbolos bordados en sus chaquetas: la cruz de fuego.
El mismo que había aparecido en el manuscrito.
Corrió de vuelta a la casa y, con el corazón desbocado, despertó a Gabriel.
—¡Nos ha vendido! Eufemia trabaja para Romero.
Gabriel la miró con una mezcla de miedo y rabia. —Entonces no tenemos más remedio. Mañana nos vamos de Nápoles.
—¿Y a dónde? —preguntó ella, con lágrimas contenidas.
Él respondió con voz firme, casi solemne: —A Roma.
La batalla final no será en Petra, ni en el Sinaí, ni en estas calles.
Será en la Ciudad Eterna. Isabel bajó la cabeza, con el manuscrito entre sus brazos.
El eco de la traición aún latía en su pecho, pero sabía que ya no había marcha atrás.
Afuera, el Vesubio parecía observarlos en silencio, como un dios antiguo dispuesto a despertar.