El evangelio silenciado Capítulo 23 . El eco de las profecías
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Capítulo 23 . El eco de las profecías

R oma amanecía envuelta en un silencio expectante, como si las cúpulas y los viejos muros quisieran guardar para sí los secretos que habían visto pasar durante siglos; Isabel y Gabriel caminaron por las callejuelas aún húmedas del rocío, evitando las avenidas principales, pues sabían que cada esquina podía ocultar un informante de Romero, cada sombra un peligro disfrazado de mendigo o guardia.

—¿Qué rumbo tomamos ahora? —preguntó ella, con la voz baja, mientras observaba cómo un grupo de monjas cruzaba la plaza en dirección a una iglesia cercana.

—Debemos encontrar a nuestro contacto —respondió Gabriel—, el enviado del patriarca habló de un refugio más seguro, un lugar donde podríamos leer sin temor lo que aún no conocemos del manuscrito; aquí ya no podemos quedarnos.

Isabel asintió, aunque en su interior temblaba de incertidumbre, pues cada paso los acercaba a una revelación, pero también a un desenlace que podía ser fatal; aun resonaban en su mente las palabras de  Fray Anselmo, “cuando la verdad se acerque a los hombres de poder, vendrán a por ella con todas sus fuerzas”.

Atravesaron lentamente el barrio del Trastevere, donde la vida comenzaba a bullir con los primeros puestos de frutas y pescados; los vendedores los miraban con indiferencia, sin sospechar que aquellos dos caminantes llevaban entre sus ropas un secreto que podía incendiar Roma más rápido que cualquier chispa en verano.

Se refugiaron en una vieja taberna que apenas abría sus puertas a los primeros clientes; allí, en un rincón apartado, los esperaba el hombre de barba blanca y sombrero que ya les había hablado antes en la multitud, un rostro que parecía salido de otra época, con unos ojos que mezclaban dulzura y dureza.

—Os he estado aguardando —dijo, sin alzar mucho la voz—, cada hora que pasa vuestro peligro aumenta; el cardenal Romero ya ha movilizado a hombres de confianza en todo el Vaticano y fuera de él, no sois perseguidos solo por Roma, sino por la maquinaria entera de quienes desean que todo permanezca oculto.

Gabriel lo miró con suspicacia. —Necesitamos verdades, no advertencias; ¿qué sabéis exactamente del manuscrito? El hombre apoyó las manos sobre la mesa, como si pesaran toneladas.

—Ese manuscrito es solo la mitad de un legado, la otra parte fue guardada en un monasterio olvidado cerca de Nápoles, donde pocas personas han puesto pie en los últimos cien años; allí se oculta el testimonio de un Papa del siglo XV que quiso dejar constancia de lo que se estaba enterrando para siempre bajo sellos y decretos.

Isabel se estremeció. —¿Hablas de un segundo evangelio?

—No exactamente —respondió él—; más bien de un relato paralelo, un eco de las profecías atribuidas a Malaquías, mezclado con la confesión de un pontífice que entendió demasiado tarde que la verdad no podía ser silenciada sin consecuencias; si lo unís a lo que ya lleváis en las manos, el edificio entero del poder temblará.

Las palabras quedaron suspendidas como un puñal en el aire; Gabriel comprendió que no podían ignorar aquella pista, pero también que cada nuevo hallazgo los arrastraba más hacia un precipicio.

Afuera, los ruidos de la ciudad crecían con el sol, campanas repicaban llamando a misa, y en lo alto de las torres, las palomas levantaban vuelo como si presintieran tormenta.

—Entonces iremos a Nápoles —dijo Gabriel con resolución—, pero antes debemos asegurarnos de que el Papa aún vive, si Romero lo ha doblegado del todo, tal vez ya no tengamos tiempo.

El hombre los miró con un destello en los ojos, como si guardara una verdad que aún no debía revelar, y después se levantó lentamente, dejándoles un pergamino doblado.

—Seguid ese camino y encontraréis lo que buscáis; pero recordad, cada paso que dais hacia la luz también os expone más a la oscuridad; los que gobiernan desde las sombras no perdonan, ni olvidan.

Cuando el extraño se perdió entre la gente, Isabel abrió el pergamino y sus ojos se encontraron con un símbolo antiguo: un pez rodeado de siete estrellas, acompañado por una frase en latín que erizaba la piel: “In fine, Roma cadet non per fuego, sed per verbum” .

“Roma no caerá por el fuego, sino por la palabra”.

Ambos se miraron en silencio; la profecía ya había comenzado a cumplirse.