Capítulo 22. Las sombras de Roma
R oma amanecía con un aire denso, como si la ciudad eterna quisiera guardar silencio antes de que se desataran los vientos de la tormenta.
Isabel y Gabriel, tras una noche de sobresaltos, salieron del refugio que les había ofrecido el aliado del patriarca.
La luz del día comenzaba a teñir las fachadas antiguas de un oro melancólico, y las piedras parecían arrastrar siglos de secretos no revelados.
El bullicio aún no había tomado las calles; apenas algunas campanas lejanas y el sonido de los primeros tranvías recordaban que la vida seguía su curso; sin embargo, para ellos, la vida ya no era lo que había sido, transportaban un manuscrito que tenía el poder de derrumbar las murallas de la fe o reafirmarlas con una fuerza imposible de imaginar.
—Roma nos observa —dijo Gabriel, mientras se ajustaba el abrigo y se aseguraba de que el paquete que contenía el manuscrito quedara protegido bajo su brazo.
—Y también nos persigue —añadió Isabel, con mirada cansada pero también de decisión.
Sabían que tras cada esquina podía aparecer un emisario del Vaticano, un agente de Romero o, peor aún, alguien dispuesto a vender su silencio por unas monedas. Entretanto avanzaban hacia el barrio del Trastevere, donde debían reunirse con un nuevo contacto.
La mente de Gabriel vagaba inevitablemente hacia los nombres de los Papas que habían marcado el rumbo de la Iglesia.
Cada hallazgo, cada fragmento del manuscrito, parecía encajar con las decisiones ocultas de aquellos hombres de sotana blanca que habían moldeado no solo la fe, sino el destino de naciones enteras.
—Isabel, ¿te has dado cuenta? —dijo en voz baja—. Los Papas que hemos estudiado hasta ahora… todos tenían una conexión con estos textos. Desde los primeros que ocultaron los evangelios apócrifos, hasta los renacentistas que pactaban con reyes y mercaderes, no era solo fe: era poder.
—Y miedo —replicó ella— Miedo a que la verdad deshiciera sus cimientos.
El recuerdo de León X, que financió su fastuosa corte con indulgencias; de Urbano VIII, que condenó a Galileo; o de Pío IX, que proclamó la infalibilidad papal, los acompañaba como fantasmas silenciosos.
Cada uno había sido una pieza en un tablero milenario, y ellos ahora estaban dentro de esa partida.
El Trastevere los recibió con su aire popular, lleno de calles estrechas y balcones cargados de ropa tendida.
El olor del café recién hecho se mezclaba con el de la humedad de las piedras.
Allí, en medio de lo cotidiano, se escondían sombras.
De pronto, Isabel notó una presencia tras ellos, una figura que parecía detenerse cada vez que ellos lo hacían; Gabriel, con gesto disimulado, la condujo hacia un callejón. —Sígueme la corriente —le susurró.
Entraron en una pequeña iglesia casi vacía, de esas que pasan inadvertidas entre los turistas; se sentaron en un banco lateral, fingiendo rezar; la figura entró tras ellos y avanzó con paso decidido.
Era un hombre de mediana edad, traje oscuro, mirada firme, no parecía un asesino, sino alguien con un propósito distinto; se detuvo a pocos metros y murmuró: —No teman, soy un enviado de quienes aún creemos en la verdad; el patriarca de Jerusalén me ha pedido que los guíe.
Isabel lo miró con desconfianza. —¿Por qué habríamos de confiar en ti?
—Porque si no lo hacen, esta misma tarde caerán en manos de Romero.
El nombre del cardenal resonó como un trueno en el silencio de la iglesia; Gabriel apretó los dientes: —¿Qué sabes de él?
—Más de lo que imaginas. Romero está envenenando al Santo Padre poco a poco, El Papa cree que su debilidad es fruto de la edad, pero en realidad es parte de un plan para apartarlo y abrir paso a una nueva elección.
Isabel sintió un escalofrío. Ya lo habían sospechado, pero escucharlo de labios ajenos lo hacía aún más real.—¿Quién eres? —preguntó ella.
El hombre se inclinó, casi como en un acto de confesión. —Mi nombre no importa, soy un guardián de archivos que nunca debieron ver la luz.
El Papa enfermo
En otra ala del Vaticano, mientras tanto, el Papa yacía en su aposento privado. Su rostro estaba pálido, los ojos hundidos, y las manos temblorosas, apenas podía sostener el rosario que se deslizaba entre sus dedos.
—Santidad —dijo Romero, entrando con paso lento y servicial—, aquí tiene su medicina, le ayudará a descansar. El Papa lo miró con una mezcla de gratitud y cansancio.
—Romero, hijo mío… rezo para que la Iglesia quede en manos de hombres fieles cuando yo me haya ido. Romero inclinó la cabeza, pero sus ojos brillaban con ambición.
—Así será, Santidad, así será. Cuando salió de la habitación, su rostro se endureció y murmuró para sí mismo: —El tiempo se acaba y también para ti.
La amenaza crece
De vuelta en el Trastevere, Gabriel e Isabel siguieron a su nuevo contacto hasta una antigua biblioteca privada, oculta tras una fachada de una casa corriente.
Allí, entre anaqueles polvorientos, descubrieron más pistas sobre el manuscrito.
En un estante secreto se guardaban cartas de cardenales de los siglos XVI y XVII que hablaban de “la otra mitad del evangelio”, aquella que había quedado oculta tras las persecuciones en Jerusalén.
—Aquí lo mencionan de nuevo —dijo Gabriel, desplegando una carta amarillenta—. Hablan de un “código encriptado” que solo puede ser descifrado en presencia de la tumba de Pedro.
Isabel arqueó las cejas.—¿La tumba del apóstol?
—Exacto. Debemos volver a la basílica de San Pedro.
El solo hecho de pensar en ello los llenaba de temor, era el corazón del poder, y también el lugar más vigilado de todo el mundo cristiano.
Las horas siguientes estuvieron cargadas de tensión, se movieron por la ciudad como sombras, cambiando de dirección constantemente, evitando plazas abiertas y refugios evidentes. Roma, con toda su belleza, se había convertido en un tablero de ajedrez.
—¿Te das cuenta, Isabel? —dijo Gabriel mientras cruzaban el puente Sisto—. Nos han convertido en piezas menores de una partida que se juega desde hace siglos.
Ella lo miró fijamente.—No somos piezas, Gabriel; somos quienes pueden volcar el tablero. Sus palabras resonaron con fuerza, y por primera vez, él creyó en esa posibilidad.
Al caer la tarde, una silueta inesperada se cruzó en su camino. Un monje de túnica oscura, encapuchado, que se detuvo ante ellos en una plaza casi vacía, su rostro permanecía oculto, su voz era delicada y serena: —No sigan hacia donde van, las sombras del Vaticano ya han cerrado el cerco.
Isabel dio un paso al frente. —¿Quién eres?
El monje alzó lentamente la cabeza, pero no reveló su rostro.—Un servidor de la verdad, cuando llegue el momento, sabréis quién soy. Y antes de que pudieran reaccionar, desapareció entre los arcos de un convento cercano.
Gabriel lo observó, inquieto. —Siempre aparece y desaparece como si conociera cada rincón de Roma.
—Y tal vez los conoce —respondió Isabel, pensativa—. Tal vez está más cerca de lo que creemos.
La noche cayó sobre Roma. Desde una terraza elevada, contemplaron la ciudad iluminada: el Coliseo, el Foro, las cúpulas que recortaban el horizonte, ese sería su próximo paso.
—Tenemos que entrar en el Vaticano —dijo Gabriel con arrojo—.
Allí está la clave; La tumba de Pedro, el manuscrito, la verdad que han querido enterrar durante siglos.
Isabel lo miró con ojos firmes.—Entonces no hay vuelta atrás.
Ambos sabían que cada decisión los acercaba más al desenlace.
El Papa, debilitado, seguía atrapado en manos de Romero; el Vaticano ocultaba secretos imposibles; y las sombras de Roma no dejarían de perseguirlos; descendieron de la terraza y se perdieron en la noche romana, rumbo a un destino del que no había retorno.