Capítulo 19. Sombras sobre Castel Gandolfo
E l tren salió de la estación de Termini bajo un cielo encapotado, dejando atrás las torres y cúpulas de Roma.
La lluvia golpeaba los ventanales como si quisiera borrar el paisaje.
Gabriel e Isabel viajaban en silencio, sentados uno frente al otro.
Entre ellos, una carpeta de cuero gastado contenía las notas que habían tomado la noche anterior, junto a una reproducción fotográfica del códice de Petra.
Isabel, con el cabello recogido en un moño improvisado, mantenía la mirada fija en las gotas que resbalaban por el cristal. —No me gusta esto —murmuró—, todo parece demasiado calculado… como si nos estuvieran guiando.
Gabriel asintió.—Nos están guiando —dijo sin apartar la vista del pasillo—. La cuestión es… hacia dónde.
El vagón estaba casi vacío. Un hombre con gabardina leía un periódico doblado; dos filas más atrás, una mujer joven fingía dormir; sin embargo, los reflejos del cristal mostraban que, cada cierto tiempo, ambos miraban en su dirección.
El tren se internó en la campiña. Colinas verdes, villas antiguas y cipreses escoltando los caminos parecían sacados de una pintura renacentista; sin embargo, en el aire flotaba una tensión invisible, como si la belleza del paisaje escondiera un peligro latente.
Gabriel rompió el silencio: —En Castel Gandolfo no vamos a encontrar solo un manuscrito. Si lo que dijo ese hombre es cierto, puede que lo que nos espera allí ponga en jaque no solo al Vaticano… sino a toda la historia oficial del cristianismo.
Isabel entrelazó las manos. —Y si es una trampa, estaremos entrando voluntariamente en la boca del lobo.
Un crujido metálico los interrumpió: el tren redujo la velocidad bruscamente, mucho antes de llegar a la estación prevista. Gabriel e Isabel intercambiaron una mirada de alarma. El revisor apareció por el pasillo.
—Problemas técnicos —anunció con una sonrisa —.Tendremos que detenernos unos minutos.
Gabriel se inclinó hacia Isabel y, en voz baja, dijo: —Esto no es una avería, nos están forzando a parar.
Antes de que Isabel pudiera responder, la puerta del vagón se abrió.
Dos hombres altos, vestidos con trajes oscuros y corbata, entraron y comenzaron a caminar lentamente hacia ellos; no llevaban distintivos oficiales, pero su porte era inequívoco: seguridad o agentes de inteligencia.
Gabriel tomó la carpeta y la deslizó dentro de su chaqueta.
Se levantó, interponiéndose entre los hombres e Isabel. —¿Pasa algo? —preguntó con calma.
El más cercano sonrió, pero sus ojos no. —El señor y la señorita están invitados a acompañarnos, hay… personas que desean hablar con ustedes.
Isabel se levantó despacio.—No estamos interesados —respondió.
El hombre alzó una ceja, como si la respuesta fuera un formalismo sin importancia.—No era una pregunta.
En ese instante, el tren volvió a arrancar de golpe, y una sacudida brusca hizo que todos perdieran el equilibrio.
Gabriel aprovechó el momento para empujar a Isabel hacia el pasillo lateral.
Corrieron hacia la puerta de interconexión, pasaron al siguiente vagón y llegaron a la zona de equipajes.
—¡Salta! —ordenó Gabriel, abriendo una de las puertas de emergencia.
El tren no iba a gran velocidad, pero lo suficiente como para que la caída doliera.
Isabel se lanzó primero, rodando por el barranco cubierto de hierba.
Gabriel la siguió. Apenas tocaron tierra, se levantaron y corrieron hacia un grupo de árboles cercanos, mientras detrás de ellos se escuchaban voces y pasos apresurados.
El sendero entre los pinos los condujo hasta una carretera secundaria.
Una furgoneta blanca se detuvo junto a ellos.
El conductor, un hombre mayor de barba blanca y sombrero, el mismo que los había abordado en Roma, les hizo un gesto inminente.
—Rápido, suban. Una vez dentro, el hombre arrancó sin mirar atrás.
—Han intentado interceptarlos en el tren.
Romero no quiere que lleguen a Castel Gandolfo.
Gabriel lo miró fijamente. —Usted dijo que trabajaba para el patriarca de Jerusalén.
El hombre asintió. —Así es, mi nombre es Leone; pero lo que voy a mostrarles… no responde a ningún patriarca, es algo mucho más antiguo.
Isabel, recuperando el aliento, preguntó: —¿Y qué hay en Castel Gandolfo?
Leone sonrió de forma casi imperceptible. —Un archivo que ni siquiera el Papa actual conoce y en ese archivo… la otra mitad del evangelio.
El resto del camino transcurrió en silencio, roto solo por el ruido del motor y la lluvia. Cuando llegaron a las afueras de Castel Gandolfo, el lago Albano brillaba bajo un cielo gris. El palacio papal se alzaba en lo alto, majestuoso y silencioso, como un centinela de otra era.
Leone estacionó la furgoneta en un callejón estrecho.
—De aquí en adelante, tendremos que ir a pie y cuidado: las cámaras de seguridad del Vaticano no solo vigilan el palacio, vigilan todo el pueblo.
Se internaron por calles empedradas, pasando junto a tiendas cerradas y balcones adornados con flores que parecían observarlos en silencio.
Finalmente, llegaron a una pequeña iglesia lateral, sin campanario y con la puerta entreabierta.
—Aquí —susurró Leone—. Dentro, el olor a incienso viejo y piedra húmeda los envolvió.
Leone se arrodilló junto a un altar lateral, movió un candelabro y presionó una losa en el suelo; con un leve chasquido, una trampilla se abrió revelando una escalera que descendía hacia la penumbra.
—Bajen. El archivo está ahí abajo, pero no tenemos mucho tiempo.
Gabriel miró a Isabel y luego asintió. Descendieron, sintiendo cómo el aire se volvía más frío.
Al llegar al final, una galería estrecha se abría ante ellos, con estanterías de madera repletas de pergaminos y cofres antiguos.
Isabel se acercó a uno de los cofres y, al abrirlo, encontró un manuscrito con escritura aramea y símbolos que nunca había visto.
Entre las páginas, una ilustración mostraba a un hombre encapuchado entregando un rollo a otro, mientras detrás de ellos se alzaba la cúpula de San Pedro.
—Esto… —susurró Isabel—. Gabriel, si esto es auténtico…
Gabriel, que había encontrado otro cofre con un sello de cera roja, levantó la vista.
—No solo es auténtico. Esto es fundamental para la historia.
Una sombra se movió al fondo del pasillo, no estaban solos.
Gabriel dejó el cofre sobre la mesa más cercana, con los dedos aún aferrados al borde, como si temiera que se lo arrebatasen.
Isabel giró sobre sí misma buscando el origen del movimiento, pero la penumbra entre las estanterías era densa y traicionera.
—Leone… —llamó Gabriel en voz baja.
El anciano guardián no respondió. Un goteo constante proveniente de algún rincón oscuro marcaba el silencio como un metrónomo inquietante.
Entonces, sonó un crujido de madera tras ellos.
De entre las sombras emergió un hombre robusto, vestido de negro, con un rostro que parecía tallado en piedra, llevaba un auricular diminuto y un arma corta disimulada bajo la chaqueta.
—Dejen eso donde estaba —ordenó, avanzando sin prisa—.
Isabel cerró el cofre de golpe. —¿Quién es usted?
—No importa —replicó—. Lo que importa es que ustedes no deberían estar aquí.
Gabriel evaluó la distancia: tres metros, quizá cuatro. Si el hombre sacaba el arma, no tendrían tiempo de reaccionar. Intentó ganar segundos. —Estamos aquí por orden del patriarca de Jerusalén.
El intruso sonrió, sin humor. —El patriarca…
ya no tiene jurisdicción aquí. En ese momento, una figura se deslizó detrás del hombre y le colocó un brazo alrededor del cuello.
Fue un movimiento rápido, preciso; el intruso intentó forcejear, pero una presión experta en la tráquea lo dejó sin aire y en pocos segundos se desplomó, inconsciente.
Leone apareció, respirando con esfuerzo. —No son del Vaticano —dijo—. Son de la Guardia Camerlenga. Romero ha movilizado a sus hombres.
Isabel sintió un escalofrío. —¿Cómo nos han encontrado tan rápido?
—Porque —respondió Leone— desde el momento en que entraron en Castel Gandolfo, las cámaras ya enviaban sus rostros a Roma. Gabriel volvió al cofre.
—Tenemos que llevarnos esto —dijo, señalando el manuscrito y el pergamino ilustrado—.
—No —negó Leone—. Sacarlo de aquí es imposible, pero hay otra forma.
Con manos temblorosas, el anciano sacó de su chaqueta una pequeña cámara fotográfica.
—Fotografíen todo lo que puedan; si nos atrapan, lo único que quedará serán las imágenes.
Mientras Isabel pasaba las páginas del manuscrito, fotografiando cada una, Gabriel revisaba las estanterías y encontraba más cofres, todos sellados con cera y símbolos extraños: cruces bizantinas, letras griegas, inscripciones hebreas; cada nuevo hallazgo era un golpe al corazón de la historia oficial.
De pronto, un ruido metálico resonó en lo alto. Isabel levantó la vista. —Alguien ha abierto la trampilla…
Leone apagó la luz portátil. —Rápido, por aquí.
Los condujo hacia un pasillo lateral más estrecho, cuyas paredes de piedra húmeda se curvaban hacia abajo.
El aire se volvió más frío y el olor a moho se intensificó.
Tras recorrer unos metros, llegaron a una puerta de madera reforzada con hierro; Leone la abrió con una llave antigua.
—Este túnel —susurró— conecta con las criptas del convento abandonado al otro lado del pueblo.
A lo lejos, tras ellos, escucharon voces y pasos que descendían por la escalera.
Isabel y Gabriel se adentraron en la oscuridad del pasaje, sintiendo el eco de sus propios pasos mezclarse con el de sus perseguidores.
El túnel se bifurcó varias veces. Leone parecía conocerlo de memoria, girando sin vacilar.
Pero en un recodo, una luz blanca los cegó; dos hombres bloqueaban el paso, apuntando con armas automáticas. —¡Alto ahí! —gritó uno.
Gabriel e Isabel se quedaron inmóviles, pero Leone avanzó, levantando las manos.
—Escúchenme… —comenzó a decir. Un disparo resonó y el anciano se desplomó, con un hilo de sangre en la sien.
Isabel ahogó un grito. Gabriel, aprovechando la confusión, lanzó uno de los cofres más pequeños contra la luz, rompiéndola y sumiendo todo en penumbra.
Luego, tiró de Isabel hacia un corredor lateral estrecho y descendieron por una rampa resbaladiza hasta sentir el golpe del aire frío en el rostro: habían salido al exterior, junto a una ladera que caía directamente hacia el lago Albano.
El viento les azotaba la cara. Abajo, el agua negra se agitaba bajo la tormenta.
Gabriel miró hacia arriba: siluetas armadas se asomaban en la entrada del túnel. No había vuelta atrás. —Salta —dijo.
Isabel dudó. —¿Y si no salimos vivos?
Gabriel la miró fijamente. —Entonces, al menos no lo harán ellos con lo que hemos visto. Y juntos se lanzaron al vacío, tragados por la oscuridad y el rugido del agua.