Capítulo 18. Los muros del conclave
I. Roma, amanecer.
L a ciudad eterna despertaba con la pesadez de un presagio.
El cielo estaba encapotado, las cúpulas brillaban en silencio bajo una luz cenicienta, y en las estrechas callejuelas del Trastevere, un hombre con abrigo gris caminaba a paso firme, con los ojos hundidos por las noches sin sueño. Era Gabriel.
Tras su huida de Petra y el viaje clandestino que los había llevado a Italia, Isabel y él se habían refugiado en una casa discreta a las afueras del Vaticano, en un apartamento facilitado por un viejo amigo suyo, el padre Stefano, un teólogo retirado que vivía entre códices polvorientos y silencios sagrados.
El códice, envuelto en un relicario metálico que habían protegido con su vida, descansaba ahora sobre una mesa de roble.
Era un objeto modesto a la vista, pero su contenido vibraba con una potencia que parecía emanar desde los siglos: palabras selladas, ocultas, sepultadas por la historia… y listas para hablar.
—Están aquí —murmuró Isabel, asomada por la ventana con gesto tenso. Gabriel se acercó. Tres figuras descendían de un coche negro, no era la policía, no era la prensa: era algo peor; eran hombres del cardenal Romero.
—Ya nos han encontrado —dijo él—. Y eso solo significa una cosa: vamos por el buen camino.
II. Los pasillos del Vaticano.
Romero observaba las noticias en una pantalla sin volumen.
Su rostro era piedra. Las imágenes mostraban disturbios en Jerusalén, tensiones en Roma, y teorías en internet sobre un evangelio desaparecido que algunos llamaban "la quinta llama" , un texto que revelaría que Cristo nunca instituyó una jerarquía sacerdotal.
—Están acelerando —le dijo su secretario, un joven sacerdote suizo con ojos inquietos.
—Ellos no entienden lo que está en juego. Si ese evangelio sale a la luz, todo se colapsará: el poder, la estructura, el dogma. Lo que no destruyeron los cátaros, lo hará una periodista con una grabadora.
—¿Y la periodista?
—Irá a donde siempre fue la verdad: al corazón de la mentira.
Romero se giró y señaló un tapiz que cubría una antigua puerta.—Prepara el cónclave. Antes de que el Papa muera, debo asegurarme de que su sucesor no ceda ni un ápice.
III. La huida.
Gabriel no podía correr con facilidad. Su brazo herido en Petra no se lo permitía, pero se negó a quedarse atrás. —No soy un mártir —le dijo a Isabel—, pero no dejaré que nos separen ahora.
—Nos están siguiendo —gritó Isabel desde la esquina—. ¡Entremos ahí! La puerta era estrecha, oculta entre dos columnas. Con esfuerzo, lograron cerrarla tras ellos y bajar por unas escaleras en espiral.
—¿Adónde vamos? —preguntó Gabriel, aun jadeando.
—Al subsuelo —respondió Isabel—. A las catacumbas, a donde los primeros cristianos enterraban sus muertos… y escondían sus verdades.
Pasaron por túneles oscuros, con frescos desvanecidos y cruces talladas en la piedra. Allí, en una sala húmeda, Gabriel encendió una lámpara de aceite y abrió una compuerta oxidada. —Esto nos lleva a la cripta bajo San Pedro.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi mentor, el padre Bertrand, murió aquí. Me enseñó estos pasajes antes de ser silenciado, lo mataron por saber demasiado.
Isabel, con lágrimas en los ojos, murmuró: —Entonces es justo que volvamos a donde todo comenzó.
IV. La sombra de Pedro.
En la cripta vaticana, la tensión era densa como el incienso. Avanzaban entre tumbas papales. Las losas rezaban nombres que Gabriel conocía de memoria: Urbano VIII, Pío IX, Inocencio III. —Aquí está —dijo, deteniéndose frente a una inscripción que solo decía: “ Petrus” .
—¿La tumba de San Pedro? —preguntó Isabel, conteniendo la respiración.
—O lo que queda de él. Lo importante no es el cuerpo, sino lo que oculta. Gabriel extrajo una llave antigua que colgaba de su cuello y la introdujo en una grieta apenas visible. La piedra se movió con un crujido y dejó al descubierto una cavidad secreta; dentro, otro manuscrito.
—¿Otro códice?
—No. Este es un comentario, un texto escrito por un monje del siglo IX, anónimo, que tuvo acceso al evangelio perdido y lo estudió; lo llamó “el testimonio del discípulo ausente”.
Isabel abrió la primera página y leyó en voz alta: “No se alza uno sobre los otros, porque el que está arriba debe lavar los pies de los que están abajo. El Reino no es de jerarquías, sino de corazones.” Isabel se persignó. —Es la condena del poder.
V. En el cónclave.
Romero entró al aula del cónclave con paso firme del que sabe que controla las cartas.
Aunque el Papa aún vivía, ya se preparaban los mecanismos para su sucesión.
El Santo Padre había enfermado de forma repentina tras su última audiencia pública.
Una parálisis inexplicable. Solo Romero tenía acceso al medicamento que mantenía su débil pulso estable.
—Los tiempos oscuros exigen decisiones firmes —declaró Romero ante los cardenales reunidos—.
Y no podemos permitir que herejías disfrazadas de arqueología destruyan nuestra fe.
Unos aplaudieron, otros callaron. —Nos enfrentamos a un ataque sin precedentes —prosiguió—.
Una mujer, periodista, hereje, pretende convencernos de que Cristo abolió nuestra institución.
¿Qué vendrá después? ¿La abolición de los sacramentos? ¿La negación de la Eucaristía?
Un cardenal alemán alzó la mano. —¿Y si lo que trae no es una herejía, sino una advertencia? Romero lo fulminó con la mirada. —Entonces estamos todos condenados.
VI. Un traidor inesperado.
Mientras Gabriel e Isabel se refugiaban en la sacristía de una iglesia abandonada cerca del Vaticano, un coche oscuro se detuvo frente a una reja lateral. Bajó un hombre: sotana roja, rostro familiar.
—Padre Stefano —murmuró Gabriel—. Pero tú…
—Sí. Lo sé, me creíste fiel; pero ya no.
Gabriel retrocedió. —¿Estás con Romero?
—No. Estoy con la verdad y la verdad es que no puedes luchar contra una estructura de siglos con manuscritos; necesitas más. Stefano les entregó un sobre lacrado. —Esto es del Papa, me pidió que os lo entregara, ya que piensa que no saldrá con vida del hospital del Vaticano.
Isabel lo abrió. Dentro había una carta con su puño y letra: *“A quien reciba este mensaje: El evangelio que buscas existe. Yo lo he leído, he intentado protegerlo, pero el poder dentro del Vaticano es más fuerte de lo que imaginaba. No confíes en Romero, lleva el mensaje al mundo. P.”*
Gabriel cerró los ojos. —El Papa lo sabía, siempre lo supo.
VII. En la noche romana.
Las campanas de San Pedro repicaban con solemnidad. Una multitud comenzaba a reunirse. Se rumoreaba que el Papa estaba muy enfermo. Romero apareció en el balcón con el rostro grave.
—Queridos fieles —anunció─, debemos rezar por la gravísima enfermedad de nuestro Santo Padre. Pero el Espíritu Santo guía a su Iglesia. No temáis, si se produjera ese fatal desenlace, Dios no lo quiera, pronto elegiremos a su sucesor.
Gabriel e Isabel, ocultos entre la gente, sabían que el Papa estaba secuestrado, silenciado y el cónclave era una farsa cuidadosamente coreografiada. Isabel apretó la mano de Gabriel. Gabriel la miró, en sus ojos había fuego. —Ahora empieza la guerra por la verdad.
VIII. Un nuevo aliado.
Entre la multitud, un hombre de barba blanca y sombrero se acercó a ellos. Susurró: —Soy un enviado del patriarca de Jerusalén, sabemos lo que tenéis y no estáis solos. Gabriel asintió. —¿Dónde nos veremos?
—En Castel Gandolfo. Allí encontraréis lo que el Vaticano no quiere mostrar: la otra mitad del evangelio.
Isabel se giró, asombrada. —¿Otra mitad?
El hombre sonrió. —El manuscrito de Petra… solo era el principio.