Capítulo 9. El concilio de la traición
I. La celda secreta
E n lo más profundo de los pasadizos bajo la Basílica de San Pedro, tres figuras encapuchadas se reunían a la luz mortecina de una lámpara de aceite.
El frío se colaba por las rendijas de las losas de mármol, como un presagio de muerte.
Sobre una mesa de piedra había un atril con un códice abierto: era una copia mutilada de uno de los manuscritos de Judas de Damasco, el evangelio silenciado.
El Cardenal Bianchini, alto, de rostro pétreo y gesto severo, alzó la voz con eco grave: —El manuscrito original ha sido localizado —anunció—.
La periodista lo posee. Los otros dos “guardianes” asintieron en silencio.
Eran el Monseñor Caracciolo, responsable de los servicios de criptohistoria, y la hermana Eufemia, abadesa de una orden conventual que mantenía archivo propio en la Santa Sede.
—Si publica —continuó Bianchini—, no será un escándalo menor, demolerá la doctrina de mil años de sucesión apostólica. Por primera vez, la voz de un discípulo no canónico superaría la voz de Pedro.
Caracciolo palideció y miró a la hermana Eufemia: —¿Qué propones?
Eufemia, con voz silenciosa, casi con un susurro de muerte, respondió: —Que recuperemos el documento antes de que llegue a manos de la prensa y si la periodista se niega, debemos detenerla… por cualquier medio.
El cardenal Bianchini asintió con frialdad: —Ya hemos dado la orden, uno de nuestros agentes infiltrados actuará esta misma noche.
En ese instante, un escalofrío recorrió la cripta: la luz vaciló, y una ráfaga de viento imposible en esos túneles sopló el trébol del códice. —¿Qué ha sido eso? —preguntó Caracciolo, mirando a su alrededor con inquietud.
Eufemia apoyó la palma de la mano sobre la página central. Bajo la mancha de cera vio un pequeño símbolo: un pez inscrito en un círculo trenzado, idéntico al grabado que Isabel había visto en Montserrat y luego en las catacumbas de San Sebastián. —Es la marca del Guardián —murmuró—. Él está aquí.
Bianchini desvió la mirada. Hubo un silencio mortal. —Entonces no hay tiempo —dijo— El convoy de la periodista llegará a Roma esta madrugada. Preparaos.
II. La emboscada
Horas antes, en la plataforma 3 de la estación de Termini, un tren nocturno procedente de Jerusalén acababa de detenerse. Isabel, con el cabello recogido en un moño informal y vestida con chaqueta oscura, bajó del vagón con Gabriel a su lado. Ambos arrastraban discretos maletines de cuero.
—¿Estás segura de esto? —preguntó Gabriel, examinando el andén semivacío bajo la luz amarilla de las farolas.
—No hay otra alternativa —respondió ella, mirándolo con determinación—. El Vaticano está preparado para recibirnos con una ceremonia de silencio. Nosotros debemos adelantarnos.
Avanzaron por el andén, lejos de los taxis y del reloj luminoso que marcaba las 02:17.
En el interior de la estación, lo único vivo era el zumbido de las cámaras de seguridad y el eco de sus propias pisadas.
Sin embargo, al salir al vestíbulo, sintieron el choque de varias manos que los rodearon.
Dos hombres de traje oscuro salieron de la penumbra con guantes negros.
—Entrega el maletín —ordenó uno de ellos con voz ronca—.
Es una orden del Cardenal Bianchini. Isabel retrocedió, aferrando el maletín de cuero con ferocidad.
Gabriel sacó su serena voz —Ustedes no entienden lo que llevan entre manos. Esto es Historia.
El agente alzó el arma. La lámpara del techo tembló. Un tercer hombre apareció por la escalera interior, apuntando con un silenciador. —Por la fuerza, si es preciso —susurró—.
Isabel no dudó, con un empujón logró golpear al agente de frente y corrió hacia la salida de taxis. Gabriel la siguió mientras las alarmas silenciosas se activaban en los despachos de la Guardia Suiza.
El ladrido metálico de un disparo retumbó en el pasillo, pero la bala solo alcanzó la pared, mientras tanto, Isabel se deslizó entre los taxis hasta encontrar uno libre. —Rápido —dijo al conductor—. El motor rugió, y los guardaespaldas quedaron atrás, maldiciendo.
—¿Estás bien? —preguntó Gabriel en el asiento trasero—.
—Más o menos —contestó Isabel, paladeando la adrenalina—. Pero tenemos que moverlo, más lejos, más rápido.
III. El refugio improvisado
Un par de horas después, Isabel y Gabriel llegaron a un apartamento de una zona residencial en Prati, justo al lado del Tíber. Era un piso discreto, con persianas de madera y pocas ventanas. Allí guardaron el maletín en una caja fuerte improvisada en el armario.
—No pueden encontrarnos aquí —dijo Gabriel, colgando su abrigo sobre el perchero—.
—Lo sé —respondió ella—. Pero no me fiaría de la Guardia Suiza ni de los servicios vaticanos.
Revisaron el contenido: el manuscrito codificado en tablas de símbolos, la transcripción en griego y las notas del monje hereje.
Isabel desplegó las páginas y volvió a contemplar el pez trenzado estampado al margen.
—Este símbolo no lo he visto en ningún otro lado —comentó—.
Siempre ha aparecido donde está el Guardián.
—Podría ser su firma —sugirió Gabriel—. Un medio de identificarse a quien esté preparado para encontrarlas.
—Sí —asintió Isabel—. Pero ¿quién es?
Antes de que él respondiera, el móvil de Isabel vibró. Llegó un mensaje anónimo: “En la Capilla de San Fruitos encontrarás la siguiente pista, pero acude sola, nadie debe acompañarte.”
La Capilla de San Fruitos era un santuario pequeño, a orillas del Tíber, apartado de las rutas turísticas. Un lugar ideal para un engaño… o para una revelación.
—¿Solo yo? —preguntó Isabel, con el ceño fruncido.
—Parece peligroso —advirtió Gabriel—. Pero si es donde el guardián envía el mensaje… quizá no tengas más remedio.
Isabela guardó el móvil. —Vamos.
IV. La capilla en penumbra
Media hora después, Isabel caminaba por el sendero adoquinado que atravesaba un pequeño huerto junto al río. El cielo comenzaba a clarear, pero la capilla seguía en semioscuridad. Una campana distante anunció las 05:47. El silencio era absoluto, salvo por el murmullo del Tíber.
Empujó la puerta de madera, que chirrió en señal de bienvenida. Dentro, solo dos bancos de piedra y un altar sencillo. Sobre él, una caja metálica ornamentada con grabados góticos. —Aquí, susurró la voz del mensajero, proveniente de una sombra tras el altar.
Isabel tragó saliva y avanzó con cautela.
Al llegar al altar, vio la caja, la abrió.
Dentro, había un sobre con el sello del pez trenzado.
Lo rompió y sacó una hoja. Era un dibujo: un detalle de un fresco oculto en la Sala Clementina, dentro del Palacio Apostólico.
El boceto marcaba la posición exacta de un rostro camuflado en un fresco del papa Inocencio II, pintado en 1143.
—Examinó el plano trazado a mano y lo comparó con fotografías antiguas.
El fresco mostraba a Inocencio II frente a un concilio local, pero en la esquina inferior izquierda aparecía un rostro que nunca se mencionó en ningún libro de arte: un hombre de barba espesa, ataviado con hábitos monacales y una mirada firme, apenas esbozado, en su mano, sostenía un pergamino sellado con el símbolo del pez trenzado.
—Es él —susurró Isabel—. El Guardián ha estado entre los Papas.
V. La traición interna
Mientras tanto, en los pasillos vaticanos, la hermana Eufemia recibía un mensaje cifrado: “El Cardenal Marcellus ha decidido actuar por su cuenta. Quiere el manuscrito para pedir la renuncia del Papa y erigirse como Vicario. Ha preparado un asesinato dentro del concilio. Debéis apresuraros.”
Eufemia palideció. Marcellus era un hombre ambicioso, de ideas nacionalistas y estrechas relaciones políticas.
Si se filtraba la noticia de la herejía original, podría provocar un cisma…
y él aspiraba a convertirse en la “solución” .
Activó la señal de emergencia. Un laberinto de corredores secretamente vigilados se puso en alerta.
La Guardia Suiza redobló la seguridad, sin saber a ciencia cierta contra quién se protegía.
VI. La decisión decisiva
En Roma, Isabel y Gabriel volvieron al apartamento con el dibujo en la mano. Sabían que el siguiente paso era infiltrarse en el Palacio Apostólico durante el concilio que Bianchini había convocado para clausurar la fuga de documentos.
—Tenemos que entrar en la Sala Clementina esta misma noche —dijo Isabel, con la pauta marcada por el guardián—.
—Y arriesgarnos a enfrentarnos a la Guardia Suiza, a los agentes de Marcellus… y a lo que sea que nos espere —añadió Gabriel—.
Ella tomó aire. —Por la verdad.
Él asintió. —Por la verdad.
Y, mientras los primeros rayos del alba acariciaban la cúpula de San Pedro, comenzaron a trazar su plan: robar una copia intacta del manuscrito de Judas de Damasco, descifrarlo de una vez por todas y sacarlo a la luz…
antes de que los guardianes de la mentira tuvieran tiempo de silenciarlo para siempre.