El esposo de la doctora Capítulo Seis — Lo que no se dice
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Capítulo Seis — Lo que no se dice

CAPÍTULO SEIS

Lo que no se dice

Los estudios llegaron perfectos, cosa que Patricia no esperaba que la sorprendiera y la sorprendió de todas formas.

Hemoglobina, coagulación, química sanguínea, electrocardiograma: todo dentro de rangos óptimos.

No era raro en alguien de treinta y dos años sin comorbilidades y con doce punto tres de grasa corporal, pero había pacientes que llegaban con ese perfil físico y tenían la química de alguien que vivía diferente de como se veía.

Mateo Rivas vivía exactamente como se veía. Eso también era un dato.

La segunda consulta estaba programada para las cinco. A las cuatro y media, Mariana Gamboa asomó la cabeza al consultorio con el expediente en la mano y esa expresión suya de quien ya leyó todo y tiene opiniones.

—Tu influencer llegó —dijo.

—Mi paciente —corrigió Patricia sin levantar la vista.

—Sí. —Mariana entró, cerró la puerta, se sentó sin que la invitaran, que era su costumbre de doce años—. Oye, está muy bien.

—Tiene estudios excelentes.

—No hablo de los estudios.

Patricia levantó la vista.

Mariana le sostuvo la mirada con la cara completamente seria durante aproximadamente un segundo y medio. Luego se rió.

—Relájate. Estoy hablando como anestesióloga. Es un candidato limpio, sin riesgo cardiovascular, sin alergias documentadas, sin nada que me complique la vida. —Abrió el expediente, lo hojeó—. Lo que sí me llama la atención es que preguntó por ti.

—Los pacientes preguntan por el cirujano. Es normal.

—No así. —Mariana cerró el expediente—. Le estaba explicando el protocolo de ayuno y de la nada me preguntó si llevabas mucho tiempo en Mérida.

Le dije que sí. Me preguntó si tenías consultorio propio o trabajabas en hospital.

Le dije las dos cosas. Y luego —aquí Mariana hizo una pausa que Patricia reconoció como deliberada— me preguntó si eras casada.

Silencio.

—¿Y? —dijo Patricia.

—Y titubé. —Mariana la miró con una serenidad quirúrgica—. No sé por qué titubé. Pero titubé. Y luego le dije que sí.

Patricia abrió el expediente que tenía enfrente. Lo miró sin leer nada.

—Hizo bien en preguntar —dijo—. Los pacientes a veces quieren saber con quién tratan. Es parte de la confianza.

—Ajá. —Mariana apoyó los codos en el escritorio—. Mira, Paty. Ese hombre no preguntó si eras casada para generar confianza médico-paciente. Preguntó porque le interesas. Y tú lo sabes.

—Mariana.

—No te estoy juzgando. Te estoy diciendo lo que vi. —Una pausa—. Y lo que vi es que a ti tampoco te disgusta del todo.

—Es mi paciente.

—Lo sé.

—No voy a permitir ningún tipo de…

—Lo sé, lo sé. —Mariana levantó una mano—.

Pero escúchame. No tienes veinte años. Eres una mujer de cuarenta y uno que lleva meses llegando a casa a las nueve de la noche y durmiendo de espaldas a su marido.

Si un hombre guapo te mira como aparentemente te está mirando ese, darte cuenta no es un crimen.

Coquetear un poco tampoco mataría a nadie.

Patricia la miró.

—No voy a coquetear con un paciente.

—¿Con un paciente? —Mariana repitió las palabras despacio, con una precisión que no era inocente—. ¿Eso es lo que no vas a hacer? ¿Coquetear con un paciente ?

—Sí.

—No con un hombre que no es tu marido. Con un paciente .

Silencio.

Mariana se recostó en la silla con una sonrisa que Patricia conocía de doce años de quirófano: la sonrisa de cuando Mariana había encontrado exactamente lo que buscaba y no tenía ninguna prisa.

—Entonces porque eres su doctora —dijo Mariana, despacio—. No porque eres casada. Zorra. —Y se rió, fuerte, con la carcajada limpia de alguien que puede permitírselo porque lleva doce años siendo la persona más honesta en la sala.

Patricia intentó no reírse.

No lo logró del todo.

—Sal de mi consultorio —dijo, pero ya sin el filo necesario para que funcionara.

—Salgo. —Mariana se levantó, recogió el expediente—. Pero piénsalo. No digo que hagas nada. Digo que al menos te permitas saber lo que sientes. Eso no le hace daño a nadie.

—Mariana.

—Ya me voy. —En la puerta se detuvo—. Ah, y Patricia. Que te pregunte si eres casada y que aun así siga aquí, con sus estudios perfectos y sus expectativas realistas y su millón y medio de seguidores... eso también es un dato.

Cerró la puerta.

Patricia se quedó sola.

Abrió el expediente de Mateo Rivas. Esta vez sí lo leyó. Leyó cada número, cada resultado, cada línea del formulario de valoración preoperatoria con una concentración que era, entre otras cosas, una forma de no pensar en lo que acababa de decir Mariana.

Entonces porque eres su doctora. No porque eres casada.

Cerró el expediente.

Llamó a Lucía para que hiciera pasar al paciente.

* * *

Mateo llegó puntual, como la primera vez. Traía una camiseta diferente —gris esta vez, el mismo corte— y el mismo teléfono guardado en el bolsillo en cuanto la vio. Ese detalle, guardarlo cuando la veía, Patricia decidió no analizarlo.

La consulta siguió el protocolo de siempre: revisión de estudios, explicación detallada del procedimiento —la lipoescultura de alta definición y la lipotransferencia glútea con la que daría proporción al resultado—, discusión de riesgos, consentimiento informado.

Patricia habló con la voz que usaba siempre en segunda consulta —más técnica, más precisa, menos cálida que la primera vez— y Mateo escuchó con la atención de alguien que había llegado preparado.

Mariana entró a la mitad para la valoración anestésica, hizo sus preguntas con una profesionalidad impecable, tomó sus notas, y no miró a Patricia ni una sola vez de la manera en que Patricia sabía que podría haberla mirado. Eso también era un dato.

Cuando Mariana salió, Mateo firmó el consentimiento. Patricia revisó la firma, fechó el documento, lo puso en la carpeta.

—Entonces el veintiocho de julio —dijo.

—El veintiocho de julio —confirmó él.

Un silencio breve. El tipo de silencio que en una consulta normal no existía porque siempre había algo más que decir, algún pendiente, alguna instrucción. Este no tenía nada adentro excepto los dos en el consultorio con el expediente cerrado entre ellos.

—Doctora Ochoa —dijo Mateo.

—Dígame.

—Gracias. —Lo dijo con una sencillez que no tenía el peso de lo que la primera consulta había tenido, sin la sonrisa calibrada, sin el tono de alguien que sabe que lo están viendo. Solo eso: gracias—. No es fácil encontrar a alguien que entienda exactamente lo que uno busca.

Patricia lo miró un momento.

—Para eso estamos —dijo, y se quedó detrás del escritorio.

Mateo salió solo.

* * *

Llegó a casa a las ocho y cuarto.

La mesa estaba recogida.

Jorge estaba en la sala con un libro abierto en el regazo que claramente no estaba leyendo. Junto al libro estaban todavía las llaves del coche, como si él también acabara de llegar de alguna parte; Patricia no lo registró. Levantó la vista cuando ella entró, la miró un segundo, volvió al libro.

—Había propuesto cenar juntos —dijo, sin tono, sin acusación, de la manera en que se dice un hecho.

Patricia se detuvo en el pasillo.

Tenía razón. El viernes. Lo habían hablado el lunes, o el martes —Jorge había dicho que reservaba en el Apoala, que necesitaban una noche sin los niños, sin teléfonos, sin trabajo.

Ella había dicho que sí. Y luego había llegado la segunda consulta de Mateo, que se había extendido más de lo planeado, y el Apoala había quedado en algún lugar entre el consultorio y el coche y había desaparecido.

—Se me fue —dijo Patricia.

—Ya sé. —Jorge cerró el libro—. Calenté algo. Está en la estufa si quieres.

No había enojo en su voz. Eso era lo más difícil: cuando Jorge no peleaba, cuando simplemente registraba el hecho y lo guardaba en algún lugar donde Patricia no podía verlo. El enojo ella sabía manejarlo. El silencio ordenado no.

—Jorge, lo siento. La consulta se extendió y…

—No tienes que explicarme. —Se levantó, dejó el libro en el sillón—. Ya sé cómo funciona.

Subió al cuarto.

Patricia se quedó en el pasillo.

Desde el cuarto de Alberto llegaba música, el tipo de música con graves que él ponía cuando no quería escuchar nada de afuera. Desde el cuarto de Lena, silencio —ya debería estar dormida a esa hora.

Fue a la cocina. Destapó lo que Jorge había dejado en la estufa —arroz, frijoles, un poco de pollo— y se sirvió sin hambre real, porque comer era algo que hacer, una forma de ocupar los siguientes veinte minutos antes de subir al cuarto donde Jorge estaría dormido o fingiría estarlo.

Comió sola en la cocina con la luz de la campana encendida, que era la luz más pequeña y más triste de la casa.

* * *

El vaper lo encontró Jorge esa misma noche.

Estaba buscando el cargador de su tableta en el cuarto de Alberto —había prestado el suyo y Alberto nunca devolvía nada— y lo encontró detrás de los libros del segundo estante, empujado hacia atrás con la esperanza de que nadie mirara tan lejos.

Desechable, azul, con un logotipo que Jorge no reconoció pero que no necesitaba reconocer.

Lo sostuvo en la mano durante un momento.

La primera vez que habían encontrado indicios, meses atrás, él había reaccionado con el pánico de quien no tiene protocolo: confrontación inmediata, castigo, la pelea con Patricia sobre si castigar era la estrategia correcta.

Esa noche Patricia había dicho que el castigo empujaba el comportamiento hacia adentro, que lo que Alberto necesitaba era conversación, no consecuencias.

Él había dicho que la conversación sin consecuencias era permiso disfrazado.

El argumento no lo resolvió ninguno, porque ninguno de los dos sabía realmente qué hacer, y esa era la verdad que los dos evitaban decirse.

Esta vez Jorge no fue al cuarto de Alberto.

Dejó el vaper exactamente donde lo había encontrado, detrás de los libros, empujado hacia atrás.

Tomó el cargador que había ido a buscar.

Apagó la luz.

Cerró la puerta.

Se dijo que lo hablaría con Patricia mañana, que era sábado, que habría tiempo. Sabía, mientras lo pensaba, que mañana Patricia tenía cirugía en la mañana y una revisión postoperatoria en la tarde, y que el sábado iba a parecerse mucho al viernes, que se había parecido mucho al jueves.

* * *

Estaba apagando la luz de la cocina cuando escuchó la voz de Lena desde las escaleras.

—Mamá.

Subió. Lena estaba sentada en la cama con el cabello revuelto y esa expresión suya de cuando había estado intentando dormirse sola y no había podido, que era una expresión que Patricia reconocía desde que la niña tenía dos años y que le apretaba algo en el pecho cada vez.

—¿Por qué no estás dormida?

—Te estaba esperando.

Patricia se sentó en el borde de la cama. Lena se recostó y se acomodó contra ella con el peso fácil de quien sabe que ahí hay espacio, que siempre ha habido espacio ahí. Patricia le pasó la mano por el cabello.

—Cuéntame.

—Nada. Solo quería que me durmieras tú.

—Aquí estoy.

Silencio. El ventilador del cuarto giraba despacio. Desde afuera llegaba el ruido lejano de la calle, un coche, un perro.

—Mamá.

—¿Mm?

—¿Tú y papá siempre van a estar juntos?

Patricia detuvo la mano en el cabello de su hija.

—¿Por qué me preguntas eso?

Lena tardó un momento. No era evasión —era la pausa de alguien que está buscando las palabras exactas, cosa que Lena hacía desde pequeña y que Jorge decía que había heredado de Patricia y Patricia decía que había heredado de Jorge.

—Porque casi no los veo quererse —dijo al fin—. Como los papás de Alicia.

—¿Los papás de Alicia?

—Sí. —Lena acomodó la mejilla contra el brazo de su madre—.

El papá de Alicia llega y le da un beso a la mamá aunque no pase nada especial.

Y a veces la abraza por atrás cuando ella está cocinando.

Y Alicia dice que a veces los escucha reírse solos en su cuarto, solo los dos, sin que nadie cuente un chiste.

—Una pausa—. Parecen de novela, mamá. Los papás de Alicia parecen de novela.

Patricia no dijo nada durante un momento.

Miró el techo del cuarto de su hija —las estrellas fosforescentes que Lena había pegado hacía tres años y que ya casi no brillaban, que necesitaban sol para cargar y nadie recordaba ponerlas al sol.

—Tu papá y yo nos queremos mucho —dijo. Y era verdad. Era completamente verdad y completamente insuficiente al mismo tiempo.

—Ya sé —dijo Lena—. Pero a veces no se nota.

Patricia no respondió.

Le siguió pasando la mano por el cabello, despacio, hasta que la respiración de Lena se fue acompasando, haciéndose más profunda, más lenta, hasta que fue el peso tranquilo de alguien que por fin encontró lo que necesitaba para dormirse.

Patricia se quedó ahí un rato más de lo necesario.

Luego apagó la luz, cerró la puerta con cuidado, y se quedó un momento en el pasillo oscuro entre el cuarto de su hija y el cuarto donde Jorge dormía o fingía dormir.

A veces no se nota.

Ocho años. Lena tenía ocho años y había visto exactamente lo que Jorge no se había atrevido a decirle en quince de matrimonio.

Entró al cuarto en silencio. Se metió a la cama. Jorge no se movió.

Patricia miró el techo en la oscuridad y pensó en los papás de Alicia, que se abrazaban sin que pasara nada especial, que se reían solos en su cuarto, que parecían de novela.

Pensó en eso durante mucho tiempo antes de dormirse.