El Espíritu de la Muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 11) Capítulo 30
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Capítulo 30

D aba igual las veces que convocaran a Tomek al despacho de Nick, ya fuera para una charla informal o una breve puesta al día; siempre sentía que estaban a punto de reprenderle por algo, de castigarle por una decisión o, lo que era más probable, por una omisión durante una investigación.

Esa sensación no hacía más que agudizarse ahora que era el jefe de investigación en funciones. Con su cabeza en juego, cualquier error del equipo era responsabilidad suya, culpa suya.

Siguió a Nick al interior del despacho con los hombros tensos y la mente acelerada, repasando todos los elementos pendientes, las piezas del puzle perdidas, o aquellas que aún no se habían descubierto. Todos los cabos sueltos que todavía rodeaban la muerte de Jason Wong.

Nick no dijo nada mientras dejaba entrar a Tomek y luego cerraba la puerta.

Permaneció en silencio mientras se dirigía a su escritorio y se dejaba caer pesadamente en la silla.

Tomek intuyó de inmediato que algo iba mal, aunque dedujo por la expresión de Nick que no estaba relacionado del todo con el trabajo; que había algo más que preocupaba al inspector jefe.

—¿Qué pasa, encanto? —preguntó Tomek con sorna—. ¿Alguien te ha estrujado las pelotas esta mañana?

—Me alegro de que saques el tema, la verdad. Por eso te he hecho venir.

Tomek levantó una mano.

—Lo que sea que pase en el dormitorio entre Maggie y tú, la verdad es que prefiero no saberlo. Sé que, cuando se llega a cierta edad, hay que intentar mantener la chispa, pero preferiría que hablásemos de otra cosa.

—Bien. —Nick se inclinó hacia delante y apoyó los codos en el borde del escritorio—. Yo también lo prefiero.

Entonces Tomek recordó la conversación que habían mantenido él y Nick sobre los problemas matrimoniales del inspector jefe.

Y cómo, considerándolo todo, hacer una broma sobre su vida sexual probablemente no había sido la idea más inteligente.

En fin, ya era tarde para disculparse; el daño ya estaba hecho.

—Esta mañana he recibido un correo —empezó Nick.

—Vaya, por fin algo que hacer.

Nick lo ignoró y continuó:

—Era un correo de alguien de quien no he oído hablar ni a quien conozco, pero es de alguien a quien creo, en contra de mi buen juicio, que debemos prestar atención.

—¿Es que el rey ha conseguido tu correo? ¿Te está mandando vídeos graciosos de gatos para pasar el rato mientras no hace absolutamente nada en todo el santo día?

—Sigue así y el que no va a hacer absolutamente nada en todo el santo día vas a ser tú.

—¿Dónde hay que firmar? —Tomek cruzó las piernas—. Pero, ahora en serio, ¿quién es el remitente misterioso?

Nick movió el ratón de su ordenador, activó la pantalla e inició sesión.

—Un tal Mitchell Cameron. ¿Te suena de algo ese nombre?

Tomek se detuvo un momento, pensativo, repasando el nombre en el tarjetero de su mente. Al no obtener respuesta, negó con la cabeza.

—Es del Ministerio del Interior.

—¿Eh? ¿Y qué hace un funcionario mandándote un correo a ti?

—No lo sé, pero, como te he dicho, deberíamos hacerle caso.

Tomek se inclinó hacia delante, intrigado.

—¿Por qué? ¿Qué dice?

Nick se giró hacia la pantalla y empezó a leer:

—«Buenos días, inspector jefe»… Ese soy yo.

—No me digas, Sherlock.

Nick lo fulminó con la mirada y continuó:

—«Espero que se encuentre usted bien al recibir este correo».

—Un comienzo educado.

— Ha llegado a nuestro conocimiento que recientemente ha tenido lugar una muerte en Basildon que involucra a un cazador de fantasmas.

También ha llegado a nuestro conocimiento que dicho incidente ha provocado un gran revuelo en internet, especialmente entre la comunidad de cazadores de fantasmas y conspiranoicos.

Si bien el primer ministro ha estado siguiendo la situación de lejos y se nos ha pedido en numerosas ocasiones que hagamos declaraciones públicas, somos reacios a hacerlo, ya que no deseamos echar más leña al fuego de la desinformación y la polémica.

Consideramos que este asunto debe resolverse con rapidez y eficacia.

Esperamos que comprenda nuestra sinceridad al respecto. Gracias, Mitchell.

Durante un largo rato, Tomek no dijo nada, estupefacto y desconcertado. —Un momento… —dijo, esforzándose por atrapar todos los pensamientos y frases que revoloteaban por su mente—. Un momento, ¿están intentando que le pongamos fin a esta investigación?

—Es una forma de verlo —dijo Nick, mirando por la habitación con recelo.

—¿Por qué haces eso? ¿Crees que nos están escuchando? ¿Que el Gobierno y el GCHQ y todos los demás están escuchando esta conversación?

—Eh, eso lo dices tú. Por algo apagué mi Alexa en casa.

—La gente lagarto no existe, Nick. No controlan nuestros gobiernos, no controlan nuestros medios de comunicación.

—¿Entonces para qué tomarse la molestia de mandar un correo?

—Supongo que para que dejen de preguntarles por esta sarta de gilipolleces cada vez que se ponen delante de una cámara. ¿Has comprobado si es auténtico? Quiero decir, ¿quién es ese tal Mitchell Cameron? ¿Lo has buscado en LinkedIn?

Nick le lanzó una mirada despectiva. —Por supuesto que lo he verificado. La dirección de correo es genuina. El dominio es uno oficial del Gobierno. Y, según una búsqueda rápida en internet, Mitchell Cameron es un asesor político de nivel medio en el Ministerio del Interior, lleva allí un año.

Tomek descruzó las piernas y se inclinó hacia delante. —De acuerdo. O sea que solo es un lacayo al que le han dicho que presione un poco. No pasa nada. Puedo soportar que el primer ministro siga las cosas de lejos.

—¿Seguro? Te he visto ponerte un poco nervioso incluso cuando Victoria estaba al mando.

Tomek desestimó el comentario con un gesto de la mano. —Eso fue hace mucho tiempo. He crecido desde entonces. He madurado. He mejorado en mi trabajo.

—¿Seguro? Porque todavía no has descubierto qué le pasó a Jason Wong.

Tomek no sabía si sentirse ofendido o divertido por el comentario.

El tono de Nick no dejaba claro si bromeaba o hablaba en serio.

En cualquier caso, Tomek decidió ponerse profesional.

—Todavía no —dijo—. Pero seguimos en ello.

Y sigo convencido de que alguien le provocó un infarto.

Alguien estaba allí con él. Aún no puedo demostrarlo.

Pero lo creo, igual que tú crees que el responsable es un lagarto.

—Yo nunca he dicho que crea eso.

—El hecho de que estés mirando por todo el despacho, preocupado por si nos escuchan la conversación, me dice todo lo que necesito saber.

Nick lo miró un instante, perdiendo claramente la paciencia con la conversación, y luego dijo: —Hay una cosa más.

—Te escucho.

—Lauren Marsh.

Tomek soltó un gruñido. —No estoy buscando que me emparejen con nadie, si es eso lo que me ofreces.

—Menos mal, porque está muy por encima de tus posibilidades y es veinte años más joven que tú. Lo bastante joven como para ser tu hija. Piensa en eso un momento.

Tomek cerró los ojos, intentando apartar ese pensamiento de su mente.

—Ella ha sido el motor de la mayor parte del revuelo. El ángulo de Lucerta, lo del pozo, la repercusión nacional… mucho de eso coge aire gracias a ella.

—Así que quieres que vaya a hablar con ella.

—Podría ser una buena idea —dijo Nick—. Siéntate con ella y dale a entender sin ambages que está escribiendo sobre una investigación de asesinato en curso, y que hay ciertos límites, y que ahora mismo está muy cerca de varios de ellos, y que cruzarlos le creará problemas profesionales y legales que no le van a gustar nada. —Hizo una pausa—. Ese tipo de cosas.

—¿Y si no es de las que responden bien a que se les aconseje con firmeza?

—Entonces, usa tu criterio. Se te da bien la gente.

—Pero acabas de decir que no puedo acostarme con ella.

Nick soltó uno de sus tristemente famosos suspiros y señaló la puerta. —Pues busca otras formas creativas de conseguir que haga lo que queremos. Ahora sal de aquí y haz lo que te he dicho.