El Escudo de Cartago (Antes de Colón 1)
© inepub.com
Parte I. La Leyenda del Tiempo
¿Q ué es el tiempo? Gran pregunta, que ha intrigado a la humanidad a lo largo de toda su historia.
El tiempo es algo que nos rodea y nos acompaña en todo momento, es como el fluir de un río, siempre en movimiento, pero ¿cómo llegamos a medirlo tal como lo hacemos en la actualidad?
¿Por qué existen las horas y los días... meses y años?
Desde épocas remotas, los seres humanos hemos percibido como el sol, la luna y las estrellas, cambian de posición con el transcurrir de los días, estaciones y fases de la luna; fue así como nuestros antepasados comenzaron a observar estos cambios y a buscar formas de medirlos.
La siguiente leyenda quizás pueda explicar el origen de lo que llamamos tiempo, sentando las bases de como lo medimos hoy en día.
Capítulo I. Los Relojes de Ra y Anuket
Hace muchísimo tiempo, probablemente más de 5000 primaveras, inviernos o giros de la tierra alrededor del sol, existió un hombre sabio en la antigua civilización egipcia llamado Amunhotep, cuya familia se había dedicado, por varias generaciones, a la agricultura, en las fértiles tierras, a orillas del río Nilo.
Amunhotep ya era famoso en su comunidad por los canales y sistemas de riego que había diseñado y construido para las plantaciones de trigo, por lo que sus logros habían llegado incluso a oídos del mismísimo Faraón.
Una calurosa tarde, Amunhotep se preguntaba cómo podía medir con más precisión el paso del tiempo, por lo que decidió entonces construir algo especial para lograrlo; primero recogió una rama de acacia, tallándola cuidadosamente para luego cortarla en tres trozos y así formó una figura triangular que posteriormente colocó sobre la brillante arena del desierto.
Gracias a esto pudo observar cómo la sombra, de su artilugio, se movía según la posición del sol, en el cielo.
Los egipcios solían contar de 1 a 10, con los dedos de sus manos, por lo que Amunhotep, decidió inicialmente dividir esa sombra en 10 partes iguales, llamando cada fracción decimal “Hora”, en honor a Horus, hijo de Osiris y a su invento, el “reloj de Ra”, o reloj de sol, como le llamamos actualmente.
En el séptimo día del mes de Thot, durante la creciente del Nilo, la gente solía arrojar joyas y objetos preciosos al río, como ofrenda de acción de gratitud a Anuket, Diosa del agua, y a la vida que ella les suministraba, más Amunhotep a diferencia del resto, continuaba absorto en sus inventos...
Le trasnochaba el hecho de que su “reloj de Ra” solo funcionara de día, mientras podía verse la luz del sol y que sus divisiones, que había nombrado horas, aún eran imprecisas.
Amunhotep decidió entonces buscar otra forma de medir el tiempo, que se complementara con su reloj de Ra, pero su mente se encontraba en blanco y tras una ardua jornada de trabajo, empezó a llover, por lo que no alcanzó a llegar a su casa a tiempo y tuvo que refugiarse en el granero.
Esperando escampara, Amunhotep se quedó dormido sobre un pequeño montículo de paja y entre sueños empezó a escuchar la hermosa voz de la Diosa Anuket que irónicamente cuestionaba su devoción a Thot y al viejo Ra, reprochando su poco interés por el agua, que ella representaba.
Anuket: Amunhotep, Amunhotep, (decía entre llantos), solías ser el más fiel y devoto de mis hijos, pero hoy, justo en mi día, me has olvidado...
Reloj de Ra, crees que, con ese artilugio en honor a ese anciano, ¿vas a poder medir el tiempo?
¡Despierta! (exclamo Anuket tirando agua en su cara).
La única que ha podido comprender a Ra he sido yo, despierta ( repitió nuevamente, echándole más y más agua).
Despierta... escuchaba Amunhotep entre sueños, cuando de repente, al abrir sus ojos, vio como su cuerpo se encontraba completamente empapado, debido a una gotera, causada por un pequeño orificio en el tejado, sobre la paja, en la que estaba durmiendo.
¡Alabada seas Anuket, me has inspirado! Gritó el inventor con alegría, disculpa mi descuido, gran madre dadora de vida, juro por el mismo Ra que nunca volveré a fallaros...
Llenó entonces de agua una gran vasija, con un diminuto agujero en su parte inferior, por donde se vaciaba lentamente su contenido.
De esta forma, luego de ensayar con diferentes tamaños de vasijas y orificios, pudo realizar muchas comparaciones y mediciones del tiempo en que tardaba en desocuparse el contenido del recipiente, gestando así su nueva invención, que decidió nombrar “El Reloj de Anuket”, en honor a la Diosa que le había inspirado, esposa de Ra y madre de todos los Dioses.
Fue así, como los egipcios comenzaron a usar los relojes de agua para marcar intervalos de tiempo y medir con mayor precisión.
Por medio de los relojes de agua, Amunhotep comprobó que las noches en promedio, duraban casi lo mismo que los días.
Por lo que decidió que habría 10 horas en la noche, igual que en el día, de manera consistente.
¡De esta forma, un día completo tendría 20 horas en total, como si se sumaran los dedos de las manos y los pies!
La curiosidad y sed de conocimiento de Amunhotep eran insaciables, por lo que su obra no terminó ahí, notando que los días y las noches no eran siempre de la misma duración, especialmente en ciertas épocas del año, agregó dos divisiones más a su reloj, quedando finalmente 12 divisiones para el día y 12 en la noche, siendo así un total de 24 horas, tal y como medimos en la actualidad, la rotación completa de la tierra con respecto a su eje.
Capítulo II. “Thot” encarnado
Amunhotep, el hombre sabio, de aquel entonces en Egipto, había logrado un gran avance en la medición del tiempo, con la invención de sus relojes de sol y agua, por lo que su intelecto, astucia y dedicación, no pasaron desapercibidos por el Faraón y su corte, quienes no dudaron en reconocer sus logros con un premio digno de su mérito.
El Faraón, en solemne ceremonia, frente a la gran pirámide, convocó a Amunhotep y a los suyos y en medio de una multitud entusiasta, anunció: ¡Ra reconoce a sus hijos, es imposible que un simple mortal sea capaz de semejantes logros y contribuciones al conocimiento, Amunhotep, eres la viva encarnación de Thot, gran Dios de la sabiduría, escritura y medición del tiempo.
A partir de hoy serás renombrado y os llamaras “Thutmose”, “Hijo de Thot” y sobre esta colina del Hammam, ¡se erigirá vuestro templo y escuela para las futuras generaciones!
Thot era considerado un dios supremo del conocimiento y un patrón de los sabios, así que este nuevo nombre era un honor extraordinario, nunca antes dado a alguien fuera de la nobleza en ninguna de las dinastías anteriores del antiguo Egipto.
Thutmose y su familia quedaron abrumados por la emoción y la gratitud hacia el Faraón tras recibir tan alta distinción.
Desde entonces, Thutmose fue conocido por todos como el hijo de Thot, título que llenó de orgullo a su familia y comunidad agrícola, quienes le adoraban, pues habían prosperado gracias a sus inventos.
La fama de Thutmose y sus relojes se extendió más allá de las fronteras de su ciudad natal y del mismísimo Egipto. Viajeros, comerciantes y eruditos llegaron desde regiones remotas para aprender de su sabiduría y llevarse consigo alguno de sus ingeniosos dispositivos de medición del tiempo.
Thutmose se convirtió cada vez más en un respetado maestro y mentor para muchos jóvenes, incluyendo faraones que anhelaban seguir sus pasos, en el camino del conocimiento y a medida que pasó el tiempo, el "reloj de Ra" y el "reloj de Anuket" evolucionaron y perfeccionaron, gracias a los aportes de sus discípulos.
Siglos después, durante la XVIII dinastía, la época de mayor expansión del imperio nuevo, varios faraones llegaron incluso, a llevar el nombre de Thutmose, subrayando a Thutmose III como el más sobresaliente de todos estos, que según afirmaban los eruditos del templo, era descendiente, por vía materna, de su homónimo, ¡inventor de relojes!
Capítulo III. Akenatón
Con la llegada de Amenofis IV al poder, o Akenatón, como le llaman ahora, todo cambió drásticamente en el antiguo Egipto.
Akenatón, un faraón radical, decidió entonces imponer el culto a Aton como único Dios, en lugar de la tradicional adoración a los múltiples dioses, que representaban los diversos eventos físicos y naturales que hoy en día nos describe la ciencia, provocando así una profunda ruptura en la religión, conocimiento y cultura tradicional del imperio, que, a partir de ese momento, nunca volvería a ser el mismo, pues perdería para siempre el brillo y esplendor que antaño le habían caracterizado...
El templo de Thot, otrora lugar de sabiduría y conocimiento fue brutalmente saqueado y destruido por los seguidores del nuevo culto. Los sacerdotes y sabios, incluyendo algunos descendientes de Thutmose, fueron masacrados sin piedad y alevosía.
Solo unos pocos lograrían sobrevivir, entre ellos Sennefer de Menfis, fiel discípulo de Ptah y brillante alumno en la escuela de Thot, quien escaparía junto a los suyos, gracias a un viejo pasadizo que había descubierto en el templo, pocas semanas atrás, salvando así varios de sus compañeros y maestros, con quienes huiría posteriormente hacia el norte, buscando refugio en las tierras de Canaán.
En Canaán o Fenicia, como también era conocida, encontraron cobijo en el sabio rey de Tiro, quien, con compasión y empatía ante su infortunio, les recibió sin dudarlo, pues reconocía y apreciaba el valor de la sabiduría de estos exiliados, por lo que les ofreció protección y un lugar seguro para reconstruir sus vidas.
En gratitud por su generosidad, los sabios y sacerdotes se integraron plenamente a la sociedad de Tiro, compartiendo sus conocimientos y enriqueciendo así, la cultura de estos grandiosos navegantes que, por siglos, dominaron el comercio en el Mediterráneo.
Capítulo I III. Exilio en Tiro