Capítulo 28
Me desperté sonriendo tanto que me dolían las mejillas. Al voltearme, pasé la mano por el otro lado de la cama. Las sábanas estaban frías; ya no quedaba rastro de su cuerpo.
Me incorporé de golpe y miré por toda la habitación.
—¿Ryder?
Nada.
Salté de la cama mientras el pánico me oprimía el pecho. La puerta del armario estaba entreabierta y la del baño, abierta de par en par. No estaba en ningún sitio.
Tranquila, Luna .
Intenté calmarme. Me dije que seguro que había bajado a desayunar o había ido a ver a Cillian. Algo así. Fui a la mesilla y le envié un mensaje rápido. Me quedé mirando la pantalla, esperando que apareciera la burbuja azul que indicaba que estaba escribiendo.
Nada.
Lo llamé una vez. Luego otra. No contestaba.
Busqué el vínculo de Ryder dentro de mí. El octavo lazo había desaparecido.
Sentí un vacío en el pecho. ¿Y si Luxora lo tenía? Miré el cuarto en busca de señales de pelea, pero todo estaba en su sitio. No había muebles volcados, ni cristales, ni rastro de magia.
Entonces tuve otro pensamiento que me dejó sin aire: Ryder se arrepentía de lo que había pasado. No había tenido valor para decírmelo a la cara, así que se había ido. Pero ¿de verdad podía volver a hacerme algo así? Me vestí rápido y salí corriendo de su habitación.
Tenía que encontrarlo.
Después de buscar por todas las residencias del profesorado y el vestíbulo principal, subí las escaleras hacia el despacho de Cillian. Era el único sitio donde aún no había buscado.
Había evitado ir a propósito, porque me daba miedo enfrentarme a la mirada del director, pero no me quedaba otra opción. Encontré a Darby sentado tras su escritorio, trabajando. Sus diminutos ojos negruzcos me siguieron paso a paso conforme me acercaba.
—¿Está Cillian?
Asintió y me hizo un gesto distraído para que entrara.
Al pasar, miré el reloj que colgaba sobre la puerta. Cinder y yo salíamos hacia Draeko en una hora, y ni siquiera había empezado a hacer las maletas.
Cuando entré, vi a Cillian encorvado sobre el escritorio. Levantó la mirada hacia mí con una expresión de sorpresa. Cerré la puerta a mi espalda.
—Luna, ¿ocurre algo?
Ni siquiera había pasado por el baño para ver cómo tenía el aspecto. Debía de parecer un desastre para que reaccionara así al verme.
—Sí —murmuré, esperando que la forma en que lo había dicho sonara mejor en voz alta que en mi cabeza—. Quería saber si has visto a Ryder.
Cillian frunció el ceño. Por un momento, su expresión se volvió seria.
—No. No lo he visto desde anoche.
Entrelacé las manos delante de mí y bajé la mirada.
—Cuando me desperté esta mañana ya no estaba, y no responde a mis llamadas.
El director se apartó del escritorio enseguida y cogió el móvil que había dejado sobre el sofá, junto a la chimenea. Lo observé en silencio mientras llamaba. Cada vez fruncía más el ceño.
Tras unos segundos, se guardó el móvil en el bolsillo.
—A mí tampoco me responde.
Se acercó y me miró con atención.
—¿Anoche pasó algo que haga pensar que deberíamos preocuparnos?
Bajé la vista al suelo.
—No. Pero, después de todo lo que pasó con Luxora, es raro que desaparezca así.
—Sí, lo es —asintió Cillian—. Sobre todo cuando anoche insistió en no dejarte sola.
Me puse roja y me tapé un poco con el pelo, intentando esconderme.
—Bueno, creo que volveré a mi habitación y empezaré a hacer las maletas —murmuré mientras me acercaba a la puerta—. ¿Me avisarás si sabes algo de él?
—Por supuesto.
Cillian me acompañó hasta el vestíbulo. Darby se paseaba con el móvil pegado a la oreja.
—Sí, se lo diré al director enseguida. Gracias.
Darby colgó de repente y nos miró con los ojos muy abiertos.
—Han atacado uno de los pueblos feéricos cerca de la academia —dijo, visiblemente preocupado—. Hay decenas de feéricos muertos. Les han arrancado el alma.
Sentí el corazón en un puño. Me crucé de brazos y noté náuseas. ¿Sus almas? Todo empezó a oscurecerse a mi alrededor y tuve que apoyarme en el escritorio de Darby para no caerme.
—¿Están seguros?
Solo la voz grave de Cillian me mantuvo consciente.
—Sí, señor.
Sentí la mirada de Cillian fija en mí, pero no me atrevía a sostenerla. No podía ser Ryder. No.
—Vuelve a llamarlos y diles que voy para allá —dijo Cillian.
—Yo también quiero ir —dije con la voz temblorosa.
Cillian me agarró por los hombros y negó con la cabeza.
—Lo siento, pero no puedes. Quédate y prepara la maleta. Te visitaré antes de que te vayas.
Quise discutir, pero la tensión en su mandíbula dejaba claro que no iba a cambiar de opinión.
Salí del vestíbulo tras él. La ansiedad me consumía por dentro. Volví a la residencia como en una nube, convenciéndome de que no podía haber sido Ryder. ¿Por qué iba a serlo?
—¡Eh! Ahí estás.
Cinder apareció por el pasillo del séptimo piso con la mochila al hombro.
—¿Ya tienes la maleta lista?
Sus ojos dorados me recorrieron y se quedó quieta.
—¿Qué te pasa?
—Todo.
Los ojos se me inundaron de lágrimas; sabía que en cualquier momento explotaría a llorar. Cogí la mano de Cider y la llevé a mi habitación. Por suerte, Scarlett seguía fuera desde la noche anterior. Al parecer, se lo había pasado muy bien con su vampiro después del baile.
Me dejé caer en la cama y le conté todo mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas. Cillian había logrado mantener lo de mi secuestro en secreto y nadie se había enterado.
Cinder me abrazó mientras yo sollozaba sin parar.
—Lo siento mucho, Luna; no me lo creo. Quizá no sea Ryder. Podría ser una coincidencia.
—Entonces ¿dónde está?
Cinder negó con la cabeza y apretó los labios.
—No lo sé, pero seguro que Cillian lo encontrará.
—¿Y si fue por lo que pasó entre nosotros? ¿Y si fue culpa mía? Él siempre dice que tiene que controlar a su demonio. Quizá hicimos que algo se desatara.
—No, eso no puede ser. Los dioses no serían tan crueles.
Me apartó un mechón de la cara y me acarició el pelo.
—Ya verás, todo saldrá bien —dijo.
Cinder me ayudó a hacer las maletas, pero yo estaba como en automático.
No dejaba de pensar en Ryder. Miré el móvil una y otra vez.
Le mandé mensajes. Lo llamé. Nada. Era como si hubiera desaparecido.
Seguía sin sentir el vínculo en mi corazón y el lazo que nos unía parecía estar roto.
Cuando metí toda la ropa en dos bolsas de viaje, Cinder miró el reloj.
—Fenix vendrá a recogernos dentro de poco. ¿Tú qué vas a hacer?
—No puedo irme hasta encontrarlo, Cin.
Asintió despacio.
—Lo sé.
Entonces sonaron tres golpes y corrí a abrir. Era Cillian, ocupando todo el marco. Tenía los labios como tensos y me dio mala espina. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué ha pasado? —murmuré, aunque su cara ya me lo decía todo.
—Ha sido Ryder, Luna. Lo siento.
Las piernas me fallaron, pero Cinder me sujetó firmemente antes de que cayera.
—¿Estás seguro?
Cillian asintió. Sus ojos, antes brillantes, ahora parecían apagados.
—Los cuerpos tenían su marca demoníaca.
La mente me daba vueltas. No sabía ni qué decir.
—Pero ¿por qué? —pregunté al fin, en voz baja.
—No lo sé.
Me apretó la mano sin apartar la mirada.
—Ryder lleva mucho tiempo luchando contra su parte demoníaca. A veces, algo lo hace salir y pierde el control —dijo—. No es la primera vez, y me temo que tampoco será la última.
Me apoyé en Cinder para no desvanecerme.
—¿Y ahora qué va a pasar?
—Voy a pedirle a Logan que mande un equipo a buscarlo —dijo Cillian—. Yo también iré.
—Quiero ir con vosotros.
El brazo de Cinder me apretó la cintura.
—No puedes, Luna. Si el demonio de Ryder ha salido de verdad, ya no es el mismo de antes. No estarías a salvo, y él no querría eso. Jamás permitiría que lo vieras así.
Noté que me salían lágrimas, pero me las limpié rápido. Ya había llorado suficiente por hoy.
—Entonces, ¿qué hago?
—Ir con Cinder a Draeko —dijo Cillian—. Allí estarás a salvo con Fenix, en Skye Lair. Te prometo que te avisaré en cuanto sepa algo.
—Pero no puedo irme y dejarlo así —murmuré.
—Eso no depende de ti, Luna.
Me soltó y caminó hacia la puerta.
—Lo encontraré —dijo, como despidiéndose—. Te lo prometo.
La puerta se cerró de golpe tras él. Solo quedó aquel sonido flotando en la habitación.
Unos segundos después, el móvil de Cinder pitó.
—Fenix está aquí —susurró—. Vamos, volvamos a casa.
¡Lee ahora el primer capítulo del Libro 3,
Demonios!