CAPÍTULO 32
La tarde londinense se filtraba a través de los ventanales de la mansión con una luz ambarina que parecía bendecir cada rincón.
El salón principal, decorado con el gusto impecable de una condesa que prefería los libros y la luz a la ostentación, exhalaba un aroma a madera de sándalo y lluvia fresca.
Meryl estaba sumergida en el sillón, sintiendo por primera vez en su vida una paz absoluta.
Su vientre, ese pequeño universo donde crecía el futuro de los Crossman, era un recordatorio constante de que la tormenta de Tintwistle había quedado atrás, dejando solo tierra fértil.
Al tocarlo, sintió una patada suave, una afirmación de vida que la hizo sonreír.
Cuando Joel entró, el aire pareció cargarse de esa energía protectora que él siempre traía consigo. No era el conde rígido de hace un año; era un hombre cuya mayor ambición ahora era asegurarse de que su esposa tuviera las galletas de limón adecuadas.
—Aquí tienes, mi vida —dijo Joel, dejando la bandeja con una delicadeza casi cómica en un hombre de su estatura—. Simone las envió en el carruaje de correo. Dice que si no comes bien, ella misma vendrá a Londres a «poner orden».
Meryl rio, un sonido que para Joel seguía siendo la mejor música del mundo.
—Simone, siempre tan sutil. Gracias, amor mío.
Joel se sentó a su lado, ocupando el espacio justo para que ella pudiera apoyarse en él. Colocó su mano sobre la de Meryl, cubriendo el relieve de su vientre. En ese contacto se produjo un silencio sagrado, el tipo de silencio que solo comparten quienes han sobrevivido juntos a un naufragio.
—¿Cómo están mis dos tesoros hoy? —preguntó él, con la voz volviéndose una caricia ronca.
—Hambrientos de galletas y sedientos de tu compañía —respondió ella, inclinando la cabeza para besar su mejilla—. Este niño tiene tu energía indomable, Joel. No deja de moverse.
—Tendrá que aprender que en esta casa la que manda eres tú —murmuró él, besando su sien—. Yo solo soy el que cumple las órdenes.
Pero el momento de intimidad fue interrumpido por un murmullo que venía del pasillo. Un sonido de risas contenidas y pasos pausados que no encajaba con el protocolo del servicio. Meryl arqueó una ceja, esa chispa de inteligencia brillando en sus ojos verdes.
—Joel... ¿ese es el bastón de mi padre?
Joel frunció el ceño. Se levantó y caminó hacia la puerta con la curiosidad de un cazador.
Lo que vio le obligó a aferrarse al pomo para no perder el equilibrio.
En el pasillo, bañados por el polvo dorado que flotaba en el aire, el barón Harington y la condesa Margaret caminaban del brazo.
No era un paseo de cortesía; él se inclinaba hacia ella con una galantería juvenil, y ella, la mujer que una vez congeló lagos con la mirada, reía con una suavidad que Joel no le conocía desde que era un niño.
Joel regresó al lado de Meryl con el rostro pálido de incredulidad.
—Meryl... —susurró—. Creo que el barón le acaba de dar un beso en la mano a mi madre... y ella no lo ha fulminado con la mirada. Al contrario, le ha sonreído como si fuera una debutante.
Meryl se echó a reír, una carcajada clara y liberadora.
—Oh, Joel... por fin te has dado cuenta. Llevan meses intercambiando cartas sobre filosofía y administración de tierras. ¿De verdad creías que Margaret iba al pueblo solo para ver cómo crecían las flores del jardín de padre?
—¡Es un escándalo! —exclamó Joel, aunque sus ojos brillaban de diversión—. ¡Mi madre y tu padre! ¿Qué dirá Londres?
Meryl le tomó la mano, obligándolo a arrodillarse frente a ella.
—Londres dirá lo que siempre dice: lo que quiera.
Pero nosotros sabemos la verdad. El amor que encontramos nosotros...
ese fuego que nos quemó y nos salvó... parece que ha saltado la chispa hacia ellos también.
¿No es maravilloso, Joel? Dos personas que se sentían solas y acabadas han encontrado un refugio el uno en el otro.
Joel suspiró, dejando caer la cabeza contra el regazo de Meryl, sintiendo las manos de ella acariciando su cabello.
—Tienes razón. Como siempre. Es solo que... tendré que acostumbrarme a ver al Barón en el desayuno más a menudo de lo previsto.
—Te acostumbrarás —sentenció ella con dulzura—. Porque nuestra familia, Joel, es un desastre hermoso. Un desastre que empezó con un beso prohibido en un jardín y que ahora va a llenar esta casa de risas, de abuelos enamorados y de un niño que sabrá que no hay reglas para el corazón.
Joel levantó la vista y la besó. Fue un beso que sabía a limón, a té y a un futuro que se extendía ante ellos como un horizonte infinito.
—Te amo, condesa —susurró él.
—Y yo a ti, mi conde —respondió ella—. Y a esta loca y maravillosa familia que hemos construido.
Fuera, la lluvia de Londres empezó a repicar contra los cristales, pero dentro de la mansión Crossman, el hogar estaba más cálido que nunca.
El pasado era solo una historia que contar, y el futuro...
el futuro estaba apenas a dos meses de distancia, pateando suavemente, listo para nacer en un mundo donde, por fin, el amor era la única ley.