CAPÍTULO 31
La celebración en Darby Abbey se había desvanecido como el eco de una música lejana.
Los pasillos, antes vibrantes de risas y brindis, descansaban ahora bajo un silencio cómplice.
La condesa viuda y el barón se habían retirado, dejando tras de sí una estela de alivio y triunfo.
Pero en la habitación nupcial, el tiempo parecía haber cobrado una textura distinta, más espesa, más vibrante.
Meryl estaba de pie junto al ventanal gótico.
La luna de abril se filtraba entre las nubes, bañando su figura en una luz de plata líquida.
Se había despojado de la seda pesada del vestido de novia, y ahora solo vestía un camisón de lino finísimo que caía sobre su piel con la delicadeza de una caricia.
Sus pies descalzos se hundían en la densa alfombra persa, y su cabello, finalmente libre de horquillas y flores, caía en una cascada castaña que le llegaba a la cintura.
Respiraba hondo, tratando de asimilar el peso de su nuevo nombre. Meryl Crossman. La palabra vibraba en su pecho como una campana.
El clic de la puerta fue casi imperceptible, pero resonó en su columna como una descarga.
Joel entró. No era el conde imponente del altar; era el hombre que le pertenecía.
Se había quitado la casaca y el chaleco; la camisa blanca estaba abierta en el cuello, revelando la línea fuerte de su garganta, y las mangas remangadas mostraban los antebrazos que tantas veces ella había imaginado sosteniéndola.
Se detuvo al verla. La luz de una sola lámpara de aceite bailaba en sus ojos, volviéndolos oscuros, casi negros, de una intensidad que la dejó sin aliento.
—Hola —dijo él.
Su voz era un barítono bajo, cargado de una vibración que Meryl sintió en la boca del estómago.
—Hola —respondió ella, y el simple saludo sonó como una confesión.
Joel cerró la puerta con una lentitud deliberada, como si estuviera dejando fuera al resto del mundo para siempre.
Caminó hacia ella, y cada paso acortaba una distancia que ya no era física, sino espiritual.
Se detuvo justo antes de tocarla, permitiendo que el calor de sus cuerpos empezara a mezclarse en el aire frío de la noche.
—¿Estás bien, amor mío? —preguntó él. Sus ojos recorrieron su rostro, deteniéndose en sus labios con una fijeza que hizo que el pulso de Meryl se acelerara—. Pareces… una aparición en mitad de este salón.
Meryl soltó una risa temblorosa, una pequeña grieta de humanidad en la tensión.
—Estoy abrumada, Joel. Esta habitación es tan grande… y este título pesa tanto… y yo… solo soy Meryl.
Joel dio el paso definitivo. Ya no había aire entre ellos.
—No quiero que esta noche sea un protocolo, Meryl.
—Su voz bajó un octavo, volviéndose una caricia ronca—.
No quiero que sea lo que los libros de etiqueta dicen que debe ocurrir.
Quiero que sea lo que tú necesites. Si necesitas silencio, te daré silencio.
Si necesitas tiempo, te daré mi vida entera para que lo tomes.
Meryl levantó la mirada, encontrando en él una sinceridad que le dolió de puro hermosa.
—¿Y qué necesitas tú? —susurró ella.
—A ti. —La palabra fue un latido—. Pero no de la forma en que el mundo piensa. Te necesito aquí, conmigo, sabiendo que no tienes que esconderte nunca más. Te necesito sin el miedo que te ha perseguido desde que nos besamos por primera vez.
—Tengo miedo —admitió ella, y su voz fue un suspiro contra el pecho de él.
Joel se inclinó, su rostro a milímetros del suyo.
—Yo también —confesó, y la vulnerabilidad en el conde de Darby fue el afrodisíaco más potente que Meryl había conocido—. Nunca he hecho esto con alguien que posea mi alma de esta manera. Nunca he estado así ante una mujer a la que amo con cada fibra de mi ser.
Joel levantó la mano. Sus dedos, largos y callosos, rozaron la mandíbula de Meryl con una reverencia casi religiosa. El contacto fue intenso; ella cerró los ojos, inclinándose hacia su toque.
—Eres el milagro de mi vida, Meryl —susurró él, y sus dedos se perdieron en la seda de su cabello—. Todo lo que hice antes de ti fue solo preparación para este momento.
—No sé qué hacer —admitió ella, abriendo los ojos, que brillaban con lágrimas de una felicidad abrumadora—. No sé cómo ser tuya.
Joel sonrió, y fue una sonrisa que borró siglos de soledad.
—Solo estate conmigo. —La atrajo hacia sí, y cuando Meryl apoyó la cabeza en su pecho, pudo oír el corazón de Joel galopando tan salvajemente como el suyo—.
Siente esto. No es un conde y una condesa.
No es un escándalo que el pueblo recordará.
Somos dos personas que se han encontrado en mitad de un naufragio.
Se quedaron así un tiempo infinito, meciéndose apenas, mientras el aroma a limpio y a noche de primavera los envolvía. Joel la rodeó con una firmeza que prometía protección eterna, y Meryl se aferró a su camisa, sintiendo la solidez del hombre que lo había dado todo por ella.
—¿Quieres que me quede? —preguntó él, su aliento rozándole la oreja, provocándole un escalofrío que la recorrió por completo.
—Quédate —respondió ella, levantando el rostro—. Quédate siempre.
Joel la tomó de la mano y la llevó hacia la cama. No hubo prisa, no hubo la urgencia torpe de un deseo ciego. Se sentaron juntos, piel contra piel, y en esa penumbra empezaron a entregarse lo más íntimo que poseían: sus palabras.
Hablaron durante horas. Confesaron los miedos que habían callado bajo la lluvia, las dudas que tuvieron cuando Ashcombe los miraba, y los sueños que empezaban a florecer ahora que la tormenta había pasado.
Joel le habló de la carga de su hermano, y Meryl le habló del vacío que sentía cuando pensaba que nunca volvería a enseñar.
—Enseñaremos juntos —prometió él, besándole los nudillos, la mano, el antebrazzo—. Cambiaremos este condado, Meryl. Tú y yo.
Cuando el cansancio finalmente los reclamó, no hubo despojo de ropas ni la pasión carnal que el mundo esperaba.
Se deslizaron bajo las sábanas de seda, abrazados, con las piernas entrelazadas y los corazones sincronizados.
Meryl apoyó su espalda contra el pecho de Joel, y él la rodeó con sus brazos, sellando el espacio entre ellos.
Esa noche no fue la entrega de sus cuerpos, sino la fusión de sus almas. Fue el pacto silencioso de dos guerreros que bajaban las armas para convertirse en refugio.
Y mientras el primer rayo de sol empezaba a asomarse por el horizonte de Derbyshire, Meryl Robins —ahora Meryl Crossman— se durmió sabiendo que el escándalo no los había destruido. Los había forjado.
Eran libres. Eran uno. Para siempre.