El diario de Lucía
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N adie tocó la libreta durante varios segundos. El viento agitaba las ramas del viejo roble, arrancando hojas que caían lentamente sobre la cubierta de cuero ennegrecida por el tiempo.
Bellini rompió el silencio.
—No la abriremos aquí.
Elena levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque quien la ha dejado sabía que la encontraríamos. Y probablemente esperaba ver nuestra reacción.
Miró alrededor. El bosque parecía vacío. Pero Bellini ya había aprendido una lección. Los lugares silenciosos eran los más peligrosos.
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La libreta fue introducida en una bolsa de conservación y trasladada a la comisaría de Alba. Durante todo el trayecto nadie habló. Cada uno estaba atrapado en sus propios pensamientos.
El padre Angelo observaba el paisaje con la mirada perdida. Elena no dejaba de pensar en una pregunta. Si Lucía había escrito aquel diario… ¿Por qué había permanecido oculto durante ochenta años? Y, sobre todo… ¿Por qué aparecía precisamente ahora?
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Dos horas después, el laboratorio documental había terminado el primer examen. La cubierta era auténtica. El papel también. La tinta pertenecía a mediados de los años cuarenta. No existía ninguna señal de falsificación.
Bellini respiró despacio.
—Entonces empecemos.
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Elena abrió cuidadosamente la primera página. No encontró una fecha. Ni una presentación. Solo una frase.
“Si estás leyendo esto, significa que alguien ha decidido que ya no merece la pena seguir mintiendo.”
El silencio fue absoluto. Aquella mujer escribía como si conociera el futuro.
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Pasó la página. La siguiente comenzaba con una fecha. 12 de abril de 1945.
Hoy he discutido con Andrea otra vez. Dice que la guerra terminará antes de un mes. Yo le he respondido que las guerras nunca terminan cuando callan las armas. Solo cambian de rostro.
Elena sonrió levemente. No era un informe. Era una voz. Una mujer de carne y hueso.
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Continuó leyendo.
Vittorio sigue creyendo que podremos entregar La Carga cuando todo termine. No comprende que precisamente cuando todo termine comenzará el verdadero peligro.
Bellini levantó la cabeza. Era la primera vez que Vittorio aparecía descrito como un hombre joven. No como el anciano al que ellos habían conocido.
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Varias páginas después encontraron un párrafo subrayado.
Hoy he dicho que no firmaré ningún juramento. No pienso entregar mi conciencia a un papel. Si algún día protegemos algo, deberá ser porque seguimos creyendo en ello… no porque una firma nos obligue.
Elena dejó el diario sobre la mesa. Miró a Bellini.
—Ya lo tenemos.
—¿El qué?
—La explicación del roble. “El quinto guardián nunca juró.” No era una acusación. Era una descripción. Lucía nunca firmó. Nunca aceptó formar parte oficialmente del grupo. Y, sin embargo… Fue quien más hizo por protegerlo.
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El padre Angelo tenía los ojos cerrados. Una lágrima resbaló lentamente por su mejilla.
—Siempre fue la más valiente. Murmuró. Nosotros necesitábamos juramentos. Ella solo necesitaba su palabra.
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Elena pasó varias páginas más. Entonces encontró algo inesperado. Un pliego doblado cuidadosamente. No pertenecía al diario. Era una carta. Dirigida a una única persona. En el sobre solo aparecía un nombre.
Andrea.
Bellini miró al sacerdote.
—¿La abrimos?
Angelo tardó unos segundos en responder. Finalmente asintió.
—Ha esperado ochenta años. Puede esperar diez segundos más.
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Elena rompió con cuidado el viejo sello de cera. Desplegó la carta. La letra era la misma. Comenzó a leer en voz alta.
“Andrea: Si alguna vez desaparezco, no permitas que me conviertan en una mártir. Los mártires sirven para escribir libros. Pero nunca para contar la verdad.”
Elena hizo una pausa. Continuó.
“Prométeme otra cosa. Si algún día tienes un hijo… No le hables de mí. No heredes esta carga. Déjalo vivir libre.”
El padre Angelo bajó la cabeza. Como si acabara de comprender el verdadero sentido de aquellas palabras.
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Bellini observó la carta. Después el diario. Después la fotografía de Lucía. Y dijo algo que nadie esperaba.
—Creo que todos nos hemos equivocado.
Elena levantó la vista.
—¿En qué?
El inspector apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Llevamos media investigación creyendo que Lucía era una guardiana.
Negó despacio.
—No. Lucía era la única que intentó impedir que los Guardianes existieran.
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En ese mismo instante sonó el teléfono de la comisaría. Marta respondió. Escuchó apenas unos segundos. Su expresión cambió por completo. Miró a Bellini.
—Inspector… Han encontrado un cadáver.
Bellini cerró lentamente el diario.
—¿Quién?
Marta tragó saliva.
—Carlo Ferrero. El anciano que habló de la mujer de negro. Lo han encontrado muerto… junto al Robledal Norte.
Y sobre su pecho alguien ha dejado una quinta medalla.