El enigma de El Cairo 96
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Acerqué el oído a la boca de Sean. Su respiración era superficial, pero había algo más que quería comprobar. Le busqué la rodilla y le di un golpe seco con los nudillos a través del fino pantalón de algodón azul del hospital que le habían puesto.

Sean llevaba mucho tiempo con las rodillas sensibles. No tenía ni idea de si era genético o una señal de que se hacía mayor. Pronto cumpliría cuarenta años, si Dios quería. Volví a golpear.

No hubo reacción. Esperaba que tomara aire, aunque fuera levemente, algo que indicara que estaba consciente de algún modo, aunque fuera medio dormido. Pero nada.

Oí un gemido a mi espalda. Me giré. El guardia al que el otro había disparado se arrastraba hacia mí por el suelo de piedra, dejando un reguero de sangre tras de sí.

Avanzaba sobre los codos, con los ojos desorbitados de dolor.

La pistola del otro guardia estaba a pocos metros de él, a unos veinte de mí.

La pistola que le había quitado al guardia estaba al extremo de la camilla donde yacía Sean. Alargué la mano hacia ella. El guardia soltó otro gemido. Toqué la pistola y la atraje hacia mí. Mientras la agarraba, vi algo extraño, reluciente, casi mágico, surgir de la entrada de la cueva.

Una sombra negra se derramaba por la abertura. Cubría el suelo, como si algo bloqueara la luz. Y avanzaba hacia mí.

Mi cerebro tardó unos segundos más en reaccionar. No era una sombra ni nada mágico: eran las hormigas.

El guardia soltó un rugido. Me volví hacia él. Había alcanzado la pistola. La levantaba mientras gritaba:

—Allahu Akbar, Allahu Akbar.

Agaché la cabeza; el corazón me latía desbocado.

Si soltaba una ráfaga de balas, tanto Sean como yo podríamos estar muertos en cuestión de segundos.

Instintivamente levanté las piernas y me impulsé hacia delante hasta cubrir el cuerpo de Sean con el mío.

Los rebotes me alcanzarían a mí, no a él.

Era lo único que podía hacer para protegerlo.

Casi dejé de respirar. Temblaba como si estuviera enferma. Un estruendo de disparos, repiqueteos y golpes retumbó por toda la sala. Me llevé las manos a la cara, convencida de que estaban mojadas. Pero no era sangre. Las cubría el sudor.

—Allahu Akbar, Allahu Akbar.

Los gritos eran ahora más agudos, como si algo estuviera atacando al guardia. Entonces cesó el sonido de las balas. Me obligué a mirar.

Solo vi una masa negra retorciéndose en el suelo.

Miré debajo de la camilla. Las hormigas se separaban ante las ruedas de acero y fluían hacia el guardia.

Algunas intentaban trepar por las ruedas; el caucho estaba negro de tantas como se amontonaban unas sobre otras, pero las patas de acero eran demasiado lisas.

Subían dos o tres centímetros por encima de las ruedas y volvían a caer en pequeñas oleadas.

El guardia no tuvo tanta suerte. Todavía se golpeaba frenéticamente con las manos, pero las tenía rojas de sangre.

—Allahu Akbar, Allahu Akbar.

Más gritos resonaron en la sala. Miré hacia las escaleras. Cuatro hombres vestidos de negro, con AK-47, se habían detenido cerca del último peldaño. Contemplaban boquiabiertos la alfombra negra que casi cubría toda la sala.

Uno de ellos se rio. Bajó un peldaño y empezó a disparar a las hormigas, como si fueran una sola criatura.

Quizás lo eran, porque lo siguiente que vi fue una oleada de hormigas que subía por las escaleras, trepando primero por las piernas de aquel hombre y persiguiendo después a los demás mientras retrocedían a trompicones.

Las oleadas de hormigas negras se alejaban escaleras arriba, persiguiendo a los hombres. De los guardias solo quedaban montículos de huesos y carne, como en un matadero.

Fue entonces cuando me llegó el olor. Era repugnante, a carne podrida. Gemí, me aferré a Sean y pegué el oído a su pecho. El corazón le latía, pero tan débilmente como el viento entre la hierba.

Algo me tocó en la parte baja de la espalda.

—Ahora es el momento de rezar, Isabel Ryan —dijo una voz.

Reconocí la voz. Giré la cabeza lentamente, esperando encontrarme con el cañón de una pistola apuntándome.

Pero no era el cañón de una pistola. Era un rostro que me miraba desde arriba, con los labios apretados, polvo en el pelo y una mano tendida hacia nosotros.

¿Iba Xena a tirarnos de la camilla y dejarnos a merced de las hormigas?