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Xena retrocedió. Lo que hubiera bajo la arena avanzaba hacia el extremo opuesto de la piscina. ¿Estaría llena de serpientes? Se dio la vuelta y regresó deprisa a la zona central de la sala.
Llegó a la estatua de Isis unos minutos después. Era más grande de lo que parecía desde lejos, de unos cinco metros de altura, y estaba tallada en arenisca roja, como tantas otras estatuas colosales de Egipto.
Tenía una base ancha. Se sentó en ella y apagó la linterna. Quería comprobar si se filtraba algún rayo de luz, algún indicio de que la sala tuviese salida al exterior.
Pero la oscuridad cayó como un manto. No se veía nada en ninguna dirección. Volvió a encender la linterna. Las sombras a su alrededor se replegaron de golpe, como si estuvieran vivas. La luz era más tenue que antes, pero por suerte aún funcionaba. Sin ella, jamás conseguiría salir de aquella sala.
Rodeó la estatua. Había jeroglíficos en la parte de atrás. Se subió a la base y los observó. Un recuerdo acudió a su memoria.
Los jeroglíficos eran el Himno Caníbal, el himno del Imperio Antiguo que sus madres le habían enseñado en secreto, como prueba de que tenían razón al enseñarle a matar. Pasó los dedos por un fragmento central que conocía de memoria y recitó las palabras en voz alta.
—Vive de los padres,
aliméntate de cada parte de la madre,
para que el toro del cielo
ruja en tu interior.
Vive del ser de cada uno,
come sus entrañas,
cuando vengan, cuerpos llenos de magia,
desde la Isla de la Llama.
Se detuvo. Era suficiente. Sintió una calidez familiar en su interior. Encontrar el himno allí significaba que las madres tenían razón. Arrebatar vidas para saciar los propios deseos era el modo en que actuaba todo gobernante. Quienes lo negaban eran necios.
Para alcanzar el poder, bastaba con hacer lo que decía el himno. Había que devorar a quienes se interpusieran en tu camino. Ese era el secreto que le otorgaba la fuerza para hacer cuanto fuera necesario sin cuestionarse jamás.
Dio unos pasos a la derecha, luego a la izquierda, escudriñando a su alrededor, pero no había nada más que ver en aquel extremo de la sala, así que decidió encaminarse hacia el otro lado, hacia la estatua de Osiris.
Mientras volvía sobre sus pasos, apagó la linterna varias veces para ahorrar batería. La última vez que lo hizo, al acercarse a la zona central de la sala y a la piscina, creyó ver algo que se movía por el suelo de piedra, algo oscuro y veloz.
Se detuvo, alzó la linterna, la encendió y esperó, con las piernas en tensión, lista para defenderse o salir corriendo.