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Xena se lanzó hacia delante, impulsándose con fuerza para meterse en el agujero todo lo que pudiera.
Aterrizó de costado y las costillas se le estrellaron contra el borde de piedra del agujero.
El golpe casi la dejó sin respiración, pero logró aferrarse al borde con las manos y quedó colgando sobre él, con la mitad del cuerpo dentro del túnel y la otra mitad suspendida sobre el pozo de las ratas.
Notó que resbalaba y se impulsó hacia delante, aunque percibía que el túnel en el que se adentraba estaba inclinado, como el pasaje que subía a la Cámara del Rey.
Solo que este no tenía listones de madera en el suelo para evitar resbalar. Ni ofrecía la tranquilidad de saber adónde irías a parar si bajabas de cabeza.
Xena extendió los brazos por delante y rezó a la Reina del Cielo. Ya se deslizaba, ganando velocidad, y con cada segundo que pasaba se reducían las posibilidades de volver a subir por la pendiente.
Pero lo que la dejó aturdida fue pensar que quizá era la primera persona en cinco mil años o más en pasar por allí.
El descenso parecía no acabar nunca. El corazón le latía desbocado y los codos y las rodillas se le raspaban contra las paredes y el suelo de granito del túnel; la piel se le iba arrancando hasta el punto de que sintió que pronto le quedarían los huesos al descubierto.
La cabeza le palpitaba como si se estuviera sumergiendo bajo el agua. De vez en cuando, el impulso la hacía atravesar telarañas. No quería pensar en las ratas flacas del desierto ni en los mortíferos escorpiones de patas amarillas que vivían en las dunas de arena de los alrededores de El Cairo.
De pronto cayó al vacío, sin paredes ni suelo, moviendo los brazos frenéticamente en busca de algo a lo que agarrarse, con la boca abierta y un grito que resonó un instante,
hasta que se estrelló contra un suelo de piedra con un impacto que le vació los pulmones y la dejó tendida sobre la piedra más fría y húmeda que había tocado en su vida.
Se dio la vuelta y miró a su alrededor. Todo estaba negro. Podía estar en un agujero diminuto o en una cámara enorme. Buscó la linterna en el bolsillo. Luego buscó en el otro. Había desaparecido.