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El polvo me llenó la boca. Tosí, inclinándome hacia delante. Alguien me dio unas palmadas en la espalda.
—Venga, hay una salida —dijo Asim.
Gritaba, pero me zumbaban los oídos por el eco de la explosión a nuestras espaldas.
Me giré: solo quedábamos él, uno de los otros hombres y yo en el corredor. Ambos estaban cubiertos de polvo. Me miré los brazos. Grises de polvo. Donde antes estaba el pasaje, ahora había una masa de escombros. Un crujido llegó desde el techo. Era hora de salir de allí.
Asim me agarró del codo. Me zafé de él y eché a andar. El corredor estaba iluminado por tubos fluorescentes separados unos quince metros entre sí. Que siguieran encendidos significaba, para mí, que se alimentaban desde el extremo hacia el que nos dirigíamos. Tenía que haber una salida.
Recordé un grito que resonó en el corredor cuando me alcanzó la onda de la explosión que Asim había provocado. ¿Cuántas vidas se habían cobrado sus acciones? Se me encogió el corazón al pensar en todas las familias esperando que un padre, un hijo o una hija volviera a casa.
¿Qué maldito derecho tenía Asim a causar tanto sufrimiento?
Caminé deprisa, con la rabia bullendo en mi interior.
Si se me presentaba la ocasión, recibiría el castigo que merecía.
Ya sé que ojo por ojo deja al mundo ciego, pero para ciertas personas, la muerte es un castigo justo. Cabrones como Asim merecían sufrir.
Sentí algo frío en la espalda, en la parte alta.
—No cometa errores, señora.
Me clavó la pistola con más fuerza. Tropecé. Aproveché el tropezón para apoyarme en la pared y agacharme, mirándolo desde abajo. Tenía que haber una forma de acabar con ese cabrón.
—¡Siga moviéndose! —gritó.
—¡Que te jodan! —Levanté el puño hacia su cara.
Se rio. Seguí caminando.
Había una puerta roja más adelante. Parecía de acero. Llegué primero y probé la reluciente manilla de acero. Estaba fría, y cuando la presioné, la puerta no se abrió.
Asim me apartó de un empujón. Apuntó la pistola a la cerradura. Me volví de costado. Una bala podía rebotar en cualquier dirección allí abajo.
Disparó. El impacto sordo de la bala retumbó en el corredor, seguido de otro cuando rebotó en una pared. Asim y su secuaz se habían quedado quietos, como si las balas no pudieran hacerles daño.
Asim soltó una carcajada, como si llevara el diablo dentro. Le dio una patada a la puerta y con un gesto indicó al otro hombre que pasara primero.
Pasé después. Estábamos en lo que parecía el garaje de la villa. Había tres coches: una limusina Mercedes blanca, un jeep rojo y un Renault azul. Al fondo había una persiana metálica. Junto a ella, un gran botón rojo.
Asim fue directo al botón y lo pulsó. Gritó algo en árabe. La persiana se abrió con un chirrido. Al otro lado, la luz de sodio de la calle. Parecía vacía.
Demasiado vacía.