60
Xena cayó sobre la arena con un golpe que le sacudió hasta los huesos. Sintió como si cada articulación y cavidad de su cuerpo se hubiera abierto y cerrado. Había caído en posición agachada, y sus dedos habían pasado tan cerca de las paredes a cada lado que las sintió pasar veloces junto a ella.
Le llevó unos minutos recuperarse de la conmoción. Se revisó cada extremidad, el pecho y la cabeza en busca de la reveladora humedad de la sangre o el dolor de algo roto. Había tenido suerte. Le dolían los huesos y los músculos, pero no había daños graves.
Luego presionó una mano en la arena bajo ella. Era profunda, cedía al presionar. Miró hacia arriba. No podía ver de dónde había venido, pero la caída no había sido tan larga como esperaba.
¿Era deliberado?
¿Era el pozo una prueba de fe?
Si las paredes se estrechaban gradualmente a lo largo de unos metros, parecería que el pozo era mucho más profundo de lo que realmente era. Sin embargo, su alivio quedaba empañado por el pensamiento de que aún no sabía cómo salir de aquel agujero. Tanteó las paredes.
Esperaba que una de ellas tuviera un túnel que condujera a una salida, pero cuando sus manos recorrieron la última pared, el corazón casi le dejó de latir.
La pared era de piedra. Todas las paredes eran de piedra.
No había salida. Estaba atrapada, peor aún que en la cámara de arriba.
Apenas podía dar un paso en cualquier dirección antes de toparse con losas de piedra.
Volvió a mirar hacia arriba. ¿Podría trepar para salir?
¿Dónde estaba la linterna que había dejado caer? ¿Y de dónde venía esa brisa?
Si tan solo pudiera ver a qué distancia estaba la parte de arriba y si había algún asidero, tendría una oportunidad. Se arrodilló y tanteó por todas partes. No encontraba la linterna. Pasó los dedos por la arena. ¿Habría caído encima de ella? ¿La habría movido en los últimos minutos?
Se detuvo, respiró hondo y comenzó a remover la arena de manera más metódica, desde una esquina.
Y entonces la sintió. Solo el borde, hundido en la arena. Debía de haber empujado la arena encima de ella cuando buscaba la primera vez. Mientras extendía la mano hacia el interruptor para encenderla, rezó una oración.