El enigma de El Cairo 36
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La broca con punta de diamante cortaba el granito con un fuerte chirrido. Xena llevaba gafas protectoras y había puesto el taladro a velocidad lenta para evitar que los fragmentos de granito atascaran la broca, pero eso ralentizaba el avance más de lo que esperaba. Y este era solo el primer agujero.

Uno de los obreros de Yacoub sujetaba el taladro.

Lo habían reclutado de una mina de oro que Yacoub poseía en el desierto de Nubia, en el sureste del país, cerca del mar Rojo.

Era solo la segunda mina de oro de Egipto, pero resultaba útil no solo por los ingresos que generaba, sino también por la calidad de los trabajadores leales que de allí salían.

El hombre mantenía la taladradora Bosch en vertical, hundiéndola directamente en la losa de granito del suelo.

Que la losa se hubiera movido indicaba que muy probablemente había un espacio debajo.

Que no tuvieran permiso para perforar no le preocupaba.

Disponían de unas horas para descubrir qué había bajo aquella piedra, antes de que el gobierno egipcio recuperara el control total de la cámara.

El primer agujero estaba en una esquina.

El plan consistía en perforar uno en cada esquina para debilitar el soporte que mantenía la piedra en su sitio.

Si hacía falta, harían más agujeros a lo largo de cada lado.

Luego aplicarían más presión a la losa. Necesitaban trabajar deprisa.

Y necesitaban distracciones en El Cairo para que nadie prestara atención a la Gran Pirámide.

Xena tocó el brazo del hombre que sujetaba el taladro y le habló en bedawi, el dialecto de los beduinos de la costa del mar Rojo, de donde él procedía.

Él sacó la broca del agujero. Ella cogió un aspirador manual Bosch y lo encendió.

El ruido era como el de una avioneta despegando.

Colocó el cabezal sobre el agujero. Se oyó un traqueteo cuando los fragmentos de granito fueron absorbidos hacia el tambor de acero de la parte trasera.

Pulsó el interruptor y lo apagó. El ruido en la Cámara del Rey cesó.

Se asomó al agujero. Tenía quince centímetros de profundidad.

Era hora de hacer otro agujero. Señaló la marca que había rayado en una de las otras esquinas.

También había dibujado una flecha en el centro del bloque.

No tenía manera de saber si el signo que le habían enseñado funcionaría con este bloque, pero era posible.

Había visto funcionar el símbolo, tanto para atraer buena suerte como para resolver enigmas como el que ahora tenía delante: cómo acceder a lo que había bajo esta losa.

Indicó que continuaran perforando con un gesto descendente del dedo índice.

La broca mordió el granito con un chirrido agudo. Saltaron esquirlas por el aire. Ella alargó la mano hacia el hombre que sujetaba el taladro y le agarró el brazo.

—Despacio, Mohammad. Ya casi hemos terminado.

Él retrocedió un poco y le sonrió.

Ella le devolvió la sonrisa y se inclinó hacia él.

Él arqueó las cejas y parpadeó complacido.

Xena sacó un cigarrillo, lo encendió y le sopló el humo en la cara. Era demasiado fácil conseguir que borregos como este hicieran lo que se les ordenaba. Muy pronto el mundo entero apreciaría el trabajo que estaba haciendo, los sacrificios que se habían hecho.

Yacoub facilitaría el regreso de la Diosa, con sus remedios para mujeres y sus productos antienvejecimiento.

El ruido del taladro cambió. La máquina vibró en la mano de él. Ella le tocó el brazo a Mohammad.

—Para —dijo en árabe—. Necesitamos brocas nuevas. Si las traes, te recompensaré.

Le sacó la lengua. Los ojos de él se abrieron expectantes. La mirada de Mohammad se deslizó hacia su escote.

—Cuando termines de mirarme, ve al edificio de Yacoub y tráeme el paquete que me espera en la caseta de seguridad.

Él negó con la cabeza mientras retrocedía. Había oído rumores sobre una jefa de seguridad diabólica que trabajaba para Yacoub, pero era la primera vez que la conocía en persona.