21
Le aparté la mano de un golpe. Él la retiró como si se hubiera quemado.
—Solo intenta ser amable —dijo el taxista en tono enfadado.
Cerré el puño.
—Si me toca, gritaré.
Tenía la boca seca y me temblaba la mano.
El taxista soltó algo en árabe y me fulminó con la mirada.
—¿Quieres ayuda o no?
—¿Cómo puede ayudarme?
—Vio a tu marido. ¿No es suficiente?
—¿Cómo sé que dice la verdad?
El conductor suspiró.
—¿Por qué crees que estamos hablando aquí y no en tu hotel?
Miré por la ventanilla. Los hombres se habían alejado del coche.
Uno vigilaba hacia un lado de la calle; el otro, hacia el lado contrario.
No tenía ni idea de si hacían guardia para que nadie interfiriera mientras me timaban o por algún otro peligro.
Las alarmas sonaban tan fuerte en mi cabeza que me preguntaba si todos a mi alrededor podían oírlas.
—No estoy convencida.
Abrió la guantera y sacó la foto de Sean, ahora doblada y arrugada. Se la pasó al hombre de atrás, que me miraba como si fuera una serpiente a punto de morderle.
—Vi al hombre —dijo. Cogió la foto de Sean, la miró y me la mostró con la mano temblorosa.
Después miró por la ventanilla trasera. Tenía una expresión de animal acorralado.
Busqué mi bolso.
El hombre negó con la cabeza.
—No dinero.
Parecía ofendido.
Así que por eso el taxista quería que le pagara por adelantado. Miré al conductor. Se encogió de hombros y me sonrió.
—A mí me pagas por encontrar a este —dijo.
Volví a mirar al hombre que tenía al lado. Contemplaba fijamente la foto de Sean.
—Lo vi. Lo metieron en ambulancia especial. Nunca volví a verlo.
Algo se rompió dentro de mí. Una oleada de emoción me llenó el pecho. Apreté los labios con fuerza mientras el alivio me inundaba, como si me hubieran dado agua tras semanas en el desierto.
Pero tenía que tener cuidado. Tenía que estar segura.
—¿Cómo estaba?
—Mal.
Me miró con una tristeza profunda en los ojos.
—¿Cómo de mal?
Un nuevo miedo surgió en mi interior. ¿Y si llegaba demasiado tarde? ¿Y si lo habían traído a El Cairo, pero había muerto?
El hombre negó con la cabeza, lentamente.
—Mal —repitió.
Otra oleada de emoción me recorrió el cuerpo. Esta me hizo parpadear para contener las lágrimas.
—¿Adónde lo llevaban?
Miró al conductor. El conductor lo miraba fijamente, con los ojos muy abiertos, como si le advirtiera de algo.
El hombre agarró la manija de la puerta. Al salir, dijo una sola cosa.
—Vi el pájaro.
Y cerró de un portazo.
El taxista extendió la mano hacia mí. Sonrió. Sentí una sombra en la ventanilla. Uno de sus amigos estaba apoyado contra mi puerta, impidiéndome salir con su cuerpo.
El otro hombre apareció en la otra puerta. Apoyado contra ella. Estaba atrapada. Pero sabía lo que querían.