Epílogo
Nolan
—Sabes que no me gustan las sorpresas —traté de disimular la emoción en mi voz mientras dejaba que me guiara.
La corbata azul real que me había puesto como venda me impedía ver nada; sin embargo, como estaba en territorio conocido, tenía cierta idea de adónde me llevaba.
Por los rayos de sol que se colaban por encima y por debajo de la venda, y por los giros que dimos, deduje que habíamos salido del pasillo y estábamos ya en nuestro dormitorio.
—Es tu cumpleaños —dijo ella—. Quería hacer algo especial por ti.
El tono tembloroso de su voz revelaba su nerviosismo. Fuera lo que fuese, me prometí mostrar el mayor entusiasmo posible. Pero cuando se detuvo y me quitó la venda, no estaba preparado para lo que vi.
Sobre un caballete había una hermosa pintura que me dejó sin aliento de inmediato.
Era suya. Lo había pintado ella, pero era diferente a todo lo que había hecho antes.
A diferencia de los retratos abstractos que solía hacer, este era de un ojo con mucho detalle en el iris, el foco de la pintura.
Pero no parecía un ojo cualquiera. Parecía inyectado en sangre, aunque las venas, vistas de cerca, eran arroyos que conducían al centro del iris, donde aparecía yo acunando a nuestro hijo.
—Aire...
—No te gusta.
Se apresuró a quitar la pintura del caballete, pero extendí la mano, le agarré la suya y la detuve en seco.
—No.
—Aire, este es el regalo más hermoso que me han hecho en la vida.
Al mirar la pintura, entendí exactamente lo que significaba y lo que intentaba transmitir. Su amor por mí y por nuestro hijo. Había volcado todas sus emociones allí mismo, en el lienzo. Estaban en cada pincelada, en cada color que eligió. Todo era deliberado. Intencionado.
—¿De verdad?
Se le humedecieron los ojos mientras sonreía, y mi corazón se enterneció cuando su alegría me contagió. Asentí y la estreché entre mis brazos.
—Me encanta tu interpretación de Forrest y de mí —volví a mirar la pintura—. Una roca acunando un bosque.
—La niña de mis ojos —dijo ella.
—Te amo.
Soltó una risita justo antes de que le capturara los labios con los míos y la besara con todas las emociones que sentía. Alegría. Amor. Deseo. Respondió con el mismo fervor, atrayéndome aún más hacia ella. Cuando por fin salimos a tomar aire, tenía los ojos entornados de deseo.
—No sabía si te gustaría —dijo.
—Aire. Me encanta.
Se rio y soltó un suspiro profundo. Su sonrisa era contagiosa.
—Me alegro. He estado trabajando en esto desde... bueno, desde que llegué aquí.
Fruncí el ceño.
—¿Y Forrest?
—Al principio no sabía en qué estaba trabajando.
Me gusta dejar que mi mano me guíe cuando pinto.
Y cuanto más tiempo pasaba contigo, cuanto más te conocía, más cambiaba la pintura —inclinó la cabeza hacia un lado—.
Creo que empecé a pintarla pensando en ti, pero no me di cuenta.
Y luego, cuando me quedé embarazada, supongo que incorporé a Forrest también —una sonrisa asomó a sus labios—.
Vosotros dos sois en lo único que pienso.
—Te amo.
Mis palabras salieron como un susurro involuntario. Había algo en ella que me dejaba sin aliento.
—Yo también te amo.
Nuestros labios se encontraron de nuevo, y esta vez nuestro beso estaba lleno de un amor cómplice que nacía de lo más profundo de nuestros corazones.
Tiré de ella hacia mí mientras retrocedía, guiándola hacia la cama.
Cuando sentí el borde de la cama contra las piernas, me senté y la atraje a mi regazo.
Quería demostrarle cuánto la amaba, cuánto la apreciaba.
Nos quitamos la ropa el uno al otro y nos tumbamos en la cama, donde exploramos el cuerpo del otro.
—Eres tan hermosa —dije, pensando en voz alta.
Se sonrojó.
—Tus sonrojos son adorables.
—Me hacen parecer tan torpe —se encogió, cubriéndose los pechos.
Se los descubrí.
—Te hacen auténtica —besé un pezón—. Real —y besé el otro.
Hicimos el amor lentamente; quería mostrarle cuánto amaba estar con ella, estar dentro de ella. Cuando terminamos, la atraje entre mis brazos y nos acurrucamos mientras el crepúsculo caía sobre la ciudad.
—Yo también tengo un regalo —dije.
—No es mi cumpleaños.
—Da igual. Mereces recibir regalos todos los días, y he estado descuidando mis deberes.
Me solté de su abrazo, fui corriendo a la entrada donde había dejado el maletín y volví con la tarjeta de invitación.
Regresé a la cama, a su lado. Aire frunció el ceño confundida mientras le entregaba la tarjeta, y por un momento pensé que no le gustaría.
Pero entonces su mirada se suavizó y las lágrimas empezaron a brotar.
—¿Una exposición de arte para mí?
—Un amigo mío tiene contactos en el mundo del arte y me ayudó a organizarlo. La fecha es flexible. Puedes cambiarla si quieres.
—Nolan. Esta es una de las galerías de arte más grandes de la ciudad. ¿Sabes lo difícil que es conseguir una exposición allí? Y no digamos ya una exclusiva.
La atraje entre mis brazos y ella apoyó la cabeza en mi pecho, sin apartar la mirada de la tarjeta.
Sentí un gran alivio. Cuando se me ocurrió la idea, no estaba seguro de que le fuera a gustar.
Nunca había hablado explícitamente de exponer su obra, pero cada vez que íbamos a una exposición de arte, siempre intentaba conseguir el contacto del dueño de la galería.
—Tu obra merece ser vista —dije.
Alzó la cabeza y me besó en la mejilla.
—No tienes ni idea de lo mucho que esto significa para mí. Gracias.
—Haría cualquier cosa por ti.
—Gracias, no del todo marido.
—De nada, no del todo esposa.
Se rio.
—¿Y si lo hacemos real?
—¿Qué?
Jugueteaba con la tarjeta de invitación sobre mi pecho.
—Deberíamos hacerlo de verdad esta vez. Puedes tener una gran boda de cuento de hadas en el Rainbow Room, o en los Hamptons, o en algún destino exótico. Lo que tú quieras.
Aire se incorporó y se sentó frente a mí. —¿Lo dices en serio?
Le tomé la mano y me incorporé. —Aire Taylor. ¿Quieres casarte conmigo?
Aire me abrazó con fuerza. —Sí —susurró a mi oído—. Sí, quiero.
Cuando nos separamos, añadió: —Y quiero una boda en algún lugar exótico.
Me reí, sintiéndome el hombre más afortunado del mundo. —Lo que tú quieras.
Fin