19
Nolan
LEVI TENÍA una sonrisa de satisfacción mientras me miraba fijamente y untaba mantequilla en su tostada.
Me había estado observando como si llevara una pegatina de «Soy estúpido» en la frente sin saberlo.
Estábamos en el comedor desayunando, solo nosotros dos.
Aelin aún no había llegado. Seguía en la ducha cuando salí del dormitorio.
Me moría por unirme a ella, aunque ya me había duchado y cambiado.
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté tras darme por vencido en mi intento de ignorarlo.
—Creía que habías dicho que no te acostabas con ella.
Me contuve para no poner los ojos en blanco.
El día anterior, cuando estuvimos a solas, Levi me había preguntado por mi relación con Aelin.
No le conté gran cosa, solo que era puramente profesional y que no nos acostábamos juntos.
Podría haber dormido en mi estudio, pero algo en mí, un demonio posesivo, no quería que Levi y Aelin se encontraran en mitad de la noche mientras yo dormía.
¿Era irracional? Sí. ¿Quería indagar en el porqué? No. Las razones me aterraban.
Di un sorbo al café.
—¿Desde cuándo te interesa tanto mi vida amorosa?
—¿Vida amorosa , dices?
Cogí un bagel y se lo tiré. Levi soltó una risita mientras se agachaba para esquivarlo. El bollo pasó volando por encima de su cabeza y cayó de plano en el suelo, detrás de su silla.
—No me estoy acostando con ella.
—¿Ah, sí? ¿Y qué eran esos sonidos que salían de tu dormitorio? ¿Estabas viendo porno con el volumen alto?
—¿Cómo nos oíste?
—No deberías haber dejado la puerta abierta.
¿La puerta estaba cerrada cuando me desperté? ¿La había cerrado él?
—Fue cosa de una vez.
La había exorcizado de mi sistema. Era todo lo que necesitaba. Una noche con ella debería bastar, por buena que hubiera sido.
No recordaba la última vez que había tenido sexo tan bueno.
De hecho, no creo que hubiera tenido sexo tan demoledor en mi vida.
Había en ella una falta de artificio que resultaba adictiva.
Despertaba algo en mí: un depravado que quería hacerle de todo.
Follármela hasta dejarla sin sentido. Correrme dentro de ella.
Y repetir. Volver a caer sería un error.
La noche anterior había estado tan embelesado con ella que casi olvidé ponerme condón.
Algo con lo que debería tener cuidado, teniendo en cuenta la clase de persona que era.
—¿Estás seguro de eso? —Levi le dio un mordisco a la tostada antes de añadir—: Al fin y al cabo, es tu esposa. No tienes por qué vivir como un monje durante tu matrimonio, entre comillas. Aunque tampoco lo has hecho, ¿verdad?
—Créeme, lo de anoche fue la primera y la última vez. No pienso tocarla ni con un palo.
Levi arqueó las cejas.
—Eh... Nolan.
—Vete a saber cuántas enfermedades tiene. Sería un milagro que ninguna hubiera traspasado el condón que me puse anoche.
—¡Buenos días, cuñadita!
Aelin pasó por mi lado y se sentó en una silla entre Levi y yo. Me entraron ganas de estamparme la taza de café en la cabeza. Lo mínimo que podría haber hecho Levi era avisarme. Lo fulminé con la mirada. Él frunció el ceño como diciendo: «Lo intenté».
Aelin se acomodó en su silla. Estaba aún más hermosa a la luz de la mañana. Su rostro recién lavado, con apenas maquillaje, le daba un aire inocente que me hizo sentir como un idiota por mi metedura de pata.
—Aelin...
—No tienes de qué preocuparte, Nolan. Me hice los análisis antes de casarme contigo. Si quieres que te mande los resultados, lo haré.
—Ael...
—¿Tú puedes decir lo mismo?
Los ojos de Levi iban y venían entre nosotros como los de un espectador en un partido de tenis. Lo ignoré.
—Siento lo que has oído. No debería haber hablado así de ti.
Me dedicó una sonrisa tensa.
—No te preocupes por mí. Ya soy mayorcita.
Levi soltó una carcajada.
—Thalia tiene competencia. Puede que seas mi cuñada favorita.
Aelin se apartó el pelo de la cara y cogió la cafetera para servirse un poco en una taza.
La observé mientras fruncía los labios y sorbía lentamente la bebida caliente.
Mi mente regresó a la noche anterior, cuando esos labios besaban los míos en lugar de aquella taza.
Mis defensas se desmoronaban poco a poco.
Lástima que nunca volvería a estar con ella.
Solo una vez, ¿verdad? Noté la mirada de Levi clavada en mí y lo ignoré.
El muy cabrón estaba disfrutando de mi hipocresía.
El resto del desayuno transcurrió en silencio, y cuando Levi terminó, anunció que tenía una reunión con su agente literario y que se marchaba.
—Puede que me vaya a Yale, ya que tanto te molesta que esté aquí —añadió—. Así vosotros, tortolitos, podéis tener el sitio para vosotros solos.
—No tienes por qué irte.
Aelin parecía sinceramente apenada.
—Estaba disfrutando de tu compañía.
—Yo también, cuñadita. Pero, ay, tengo que irme antes de que mi hermano me rete a un duelo.
Resoplé.
—Por cierto, Carey quiere que vayas a su debut en la regata. Ya te he mandado los detalles.
A Levi se le cayeron los hombros.
—¿Tengo que ir?
—Hace tiempo que no ves a la familia. Te echamos de menos.
Levi pareció ligeramente ofendido.
—¡Pero si os hablo todo el rato!
—Por teléfono. Desde el otro lado del charco. No es lo mismo que verte en carne y hueso.
—Bueno, si lo pones así, supongo que no me queda otra. Pero solo lo hago porque me dejaste quedarme aquí.
Levi apuró el café de un trago, se levantó y fue a darle un beso a Aelin en la mejilla.
Apreté la taza con fuerza, conteniendo el impulso de cogerlo en volandas y echarlo del edificio.
Era mi hermano, y sabía que aquel beso era platónico, pero la parte irracional de mi cerebro era difícil de dominar.
Entonces ella sonrió. Joder, le sonrió mientras le decía algo que no pude oír por el rugido de la sangre en mis oídos.
—¿No vas a llegar tarde?
Ambos volvieron la cabeza hacia mí. Levi levantó las manos en fingida rendición. —Vale, vale. —Le lanzó un beso para rematar y se marchó.
—Podrías intentar no babear tanto mientras le miras el culo a mi hermano —dije cuando Aelin y yo volvimos a quedarnos solos.
Me miró incrédula. —¡No es verdad!
—Puede que sea más joven que yo y tenga una edad más cercana a la tuya, pero créeme, no está disponible. Emocionalmente, al menos.
Se encogió de hombros. —Me da igual. Solo busco un buen polvo. Y tampoco es que tú vayas a estar disponible para eso. Lo de anoche fue cosa de una vez, ¿recuerdas?
La rabia me hirvió por dentro. —¿Vas a por mi hermano porque no quise acostarme contigo?
—¿Por qué no? —Alzó la barbilla con altivez—. Una mujer tiene necesidades.
—Si estás tan necesitada, solo tienes que acudir a mí. Pero mantente alejada de mi familia.
—¿Qué? —ronroneó—. ¿Tienes miedo de que me los trague a todos con mi coño como una súcubo?
—Ugh... mantente alejada de mi familia.
Hizo una pausa. El silencio en la habitación era tan tenso que se podía cortar con un cuchillo. Entornó los ojos. Me escrutó con tal intensidad que me sentí desnudo. Luego dejó caer los hombros. —Vale, vale, oso grandote. Solo era broma. No quiero acostarme con tu hermano.
Me sentía demasiado expuesto como para no reaccionar de forma exagerada, así que intenté volver a mi desayuno, que ya se había enfriado.
El beicon se había endurecido y costaba cortarlo.
Por eso, cuando dije: —Quizás una noche no fue suficiente para ti —, parecí enfadado en lugar de indiferente, que era lo que pretendía.
—No fue suficiente para ti, querrás decir.
—Quizás deberíamos seguir con nuestro acuerdo hasta que uno de los dos se aburra —dije.