12
Aire
—Rara vez vienes a estas cosas. ¿Qué ha cambiado?
—la mirada del amigo de Nolan se posó en mí con intención.
Desvié los ojos hacia cualquier punto que no fuera Hunter Stratt, solo para evitar su mirada penetrante.
Como algunas personas en esta sala, debía conocer a Aelin.
Aunque ella pasaba la mayor parte de su tiempo en Los Ángeles, parecía que había unas cuantas personas en esta gala benéfica que la habían conocido, y Hunter podía ser una de ellas.
No quería pasar más tiempo cerca de él. Pero como era amigo de Nolan, nos quedamos con él más de lo que yo deseaba.
Su mirada no dejaba de desviarse hacia mí, lo que me incomodaba.
—Asisto a este baile con regularidad —Nolan metió una mano en el bolsillo del pantalón con aire despreocupado—. Tú eres la anomalía.
Hunter se bebió la mitad de la copa de vino de un trago.
—Cierto. No sé cómo alguien soporta estas cosas. Mándame un correo lacrimógeno y te firmo un cheque encantado. No hace falta que me obligues a ponerme traje.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Hunter señaló a alguien detrás de nosotros.
—Porque la anfitriona es mi prima y se me han acabado las excusas.
Miré por encima del hombro para ver a quién se refería, y mis ojos se posaron en tres mujeres que conversaban formando un círculo.
Se me cayó el alma a los pies. Reconocí a una de las tres.
La hermosa mujer negra de piel clara, menuda y con largos rizos castaños, era Thalia.
A su lado había una morena alta y escultural que me resultaba vagamente familiar.
Estaba segura de haber visto su rostro en alguna valla publicitaria.
Las tres llevaban vestidos de noche brillantes en tonos joya, de diferentes colores y estilos, que las hacían destacar entre la multitud.
Junto a ellas había otra hermosa mujer de cabello negro azabache que no me resultaba familiar.
Hablaban animadamente y parecían amigas.
—Gemma puede ser persuasiva cuando lo decide —dijo Nolan—. Me nombró invitado de honor solo para que asistiera.
Las mujeres debieron de notar que las mirábamos, porque una de ellas, la alta, nos saludó con la mano y una sonrisa, y enseguida todo el grupo se dirigió hacia nosotros.
—Hugh dijo que no vendrías —dijo la morena alta—. Aposté cinco dólares a que no perderías la oportunidad de presumir de tu nueva esposa.
—Hola, Darcy —Nolan me atrajo hacia su lado, e intenté ignorar la reacción de mi cuerpo al sentir su mano en la cintura—. Aelin, te presento a Gemma —señaló a la mujer de cabello negro azabache—, la maravillosa organizadora de esta gala. No sé cómo lo logra ella sola, pero lo consigue siempre.
Gemma se rio.
—Eres un adulador —se volvió hacia mí—. No le hagas caso a tu marido. Hay todo un comité que contribuye a organizar esto.
—Darcy —hizo un gesto hacia la mujer alta—, una amiga de la familia. Aunque no estoy seguro de qué hace desde que se retiró del modelaje.
—Hace muchas cosas —dijo Darcy—, como ser anfitriona de este evento, entre otras. Hola, Aelin.
—Encantada de conocerte —dije.
Los ojos de Darcy se entornaron, y parecía que estaba a punto de decir algo, pero la interrumpió Nolan, ajeno a todo:
—Y por supuesto ya conoces a Thalia.
Solté un tímido «hola», preguntándome qué les habría contado Thalia a sus amigas sobre mí.
Darcy y Gemma no parecían estar al tanto de las revelaciones del brunch, y si lo estaban, tenían la educación suficiente para no demostrarlo.
Sin embargo, Darcy parecía muy interesada en mí.
Me miraba fijamente. Inquieta por su mirada escrutadora, la evité a propósito.
—Nos preguntábamos si no sería más fácil pedir directamente que te firmen un cheque —dijo Hunter—, en lugar de hacer —agitó la mano— todo esto.
—Eso es porque la mayoría de vosotros no soltaríais un duro si no os agasajáramos con vino y cena —Gemma dio una palmadita en el hombro de su primo—. Los multimillonarios podéis ser muy tacaños cuando alguien os viene a pedir.
—Necesitamos emborracharos y poneros contentos para que abráis la cartera —añadió Darcy.
Nolan puso los ojos en blanco.
—¿Por eso me nombraron invitado de honor?
—Te nombramos invitado de honor para que le quites la corona de mayor donante a Thalia. Le pesa mucho —dijo Darcy.
—¡Darcy! —exclamó Gemma—. Se suponía que eso era un secreto —bajó la voz para las últimas dos palabras. Darcy se encogió de hombros y dio un sorbo a su copa.
—Es su cuñada. Tiene que hacerlo por ella.
—Quítame la corona, por favor. Me da vergüenza cada vez que veo mi nombre en ese tablero.
Dirigí la mirada a un gran tablero de madera que colgaba en la pared sur del salón de baile, con las palabras Corona de Platino: Thalia Hawthorne en letras doradas.
En las otras paredes había los nombres de otros poseedores de coronas: la corona de oro en la pared norte, la de plata en la este y la de bronce en la oeste.
¿Por qué no querría que su nombre estuviera ahí si era la poseedora de lo que yo suponía que era la mayor donación a una causa tan digna? Era una organización benéfica contra el cáncer, ¿no? No tuve que darle muchas vueltas, porque Thalia suspiró y dijo:
—No puedo creer que cometiera un error tan estúpido. Debería ser el nombre de Carey el que esté ahí arriba. Yo no hice nada.
—Lo siento —dijo Gemma—. Si hubiera puesto el nombre de Carey, la gente me habría llamado sexista por dar por hecho que fue el hombre quien donó, cuando todos te vieron poner tu nombre.
Y de todos modos no puedo. Carey dijo que si pongo su nombre ahí, demandará a la organización hasta llevarla a la bancarrota.
—Perdona. ¿Qué hiciste exactamente? —pregunté.
—Pensé que estaba donando dos mil dólares en lugar de dos millones. Y para empeorar las cosas, mi marido no me soportaba en ese momento, y estaba segura de que iba a humillarme obligándome a admitir el error delante de todos.
—Pero él pagó e hizo que todos pensaran que había sido ella quien donó —dijo Darcy con voz melosa—. Porque estuvo enamorado de ella desde el principio.
—Carey parece buen tipo —comenté.
—Tiene sus momentos, mi hermano —dijo Nolan a mi lado.
—Gracias una vez más, Nolan —dijo Thalia.
Un Hawthorne cuidando de otro Hawthorne.
Incluso de un Hawthorne por matrimonio. Se protegían entre ellos tal como mi abuelo había dicho.
Me pregunté si me ofrecerían la misma protección a mí.
Probablemente no. Él me arrojaría a los lobos encantado si pudiera.
Volví la mirada hacia mi marido. Con un esmoquin negro impecable y pajarita, era la viva imagen de un hombre apuesto.
El corazón me dio un vuelco cuando salí de mi habitación y lo vi esperándome. Todavía no me he recuperado.
—¿Y tú qué, Aelin?
Darcy me sacó de mi ensimismamiento. Me miraba boquiabierta, esperando una respuesta.
—¿Eh?
Darcy repitió su pregunta. —¿Irás al lago Trenwood? No te lo perdías nunca, ¿verdad? Excepto el año pasado, claro.
El corazón me dio un vuelco, y no era por el hombre que tenía la mano en mi cintura. Mierda. Darcy conocía a Aelin. ¿Y qué demonios era el lago Trenwood? No recordaba nada de eso en mis archivos sobre Aelin.
—Es genial desconectar de vez en cuando. Debería probarlo alguna vez —dijo Hunter.
Gemma suspiró. —El lago Trenwood es increíble. Darcy me lo descubrió el año pasado y estoy deseando volver.
—¿Y bien? —Darcy arqueó las cejas—. ¿Deberíamos esperarte este año?
Se me pegó la lengua al paladar. No tenía ni idea de qué decir ni cuál sería la respuesta correcta. ¿Sí o no?
La mano de Nolan se tensó alrededor de mi cintura. —Aelin y yo estaremos en otro sitio.
Reprimí un suspiro de alivio, pero Darcy entrecerró los ojos. Algo me decía que había evitado caer en una trampa al no responder la pregunta.
—¿Qué tal Nueva York? Sé que no somos tan divertidos como Los Ángeles —preguntó Gemma.
Técnicamente, había vivido en Nueva York toda mi vida. —Es encantadora.
—Si buscas algo en lo que ocupar el tiempo, podrías unirte a nuestra fundación —dijo Darcy con voz dulce, pero yo no era ingenua. Mantenerme lo más lejos posible de Darcy debería ser mi prioridad mientras me moviera en sus círculos.
A Gemma se le abrieron los ojos como platos. —¡Es una idea estupenda!
—Harías un gran trabajo. Hemos contribuido a que la investigación del cáncer avance enormemente —añadió Darcy.
Todas las miradas se volvieron hacia mí. Todos esperaban mi respuesta. —Claro, ¿por qué no? —No podía negarme a algo así, tratándose de curar el cáncer.
—Maravilloso —dijo Gemma—. Dame tu número. —Sacó el teléfono del bolso de mano y se metió este bajo el brazo—. Te enviaré los detalles.
Justo cuando estaba introduciendo mi número en el móvil de Gemma, sonó un gong y comenzó el evento. Darcy, Gemma y Thalia desaparecieron mientras Hunter, Nolan y yo nos dirigíamos a nuestra mesa.
El evento estuvo bien. Tenían a un famoso presentador de talk shows como maestro de ceremonias.
Hubo una actuación de danza contemporánea.
Nolan se levantó, dio un discurso y prometió donar cinco millones de dólares, lo que provocó exclamaciones de asombro y un murmullo de aplausos entre la multitud.
A continuación, una legendaria cantante pop interpretó versiones acústicas de sus éxitos, y el evento concluyó con una subasta silenciosa.
La subasta fue un poco aburrida, y después de estar sentada en la misma posición demasiado tiempo, necesitaba estirar las piernas.
—Voy al tocador —le dije a Nolan, que estaba absorto en su teléfono.
No levantó la vista, pero asintió casi imperceptiblemente.
Me levanté y me dirigí hacia las puertas en la esquina del salón.
El tocador estaba vacío, lo que me permitió relajarme un poco. Necesitaba un momento a solas sin tener que fingir ser otra persona todo el rato.
Abrí el grifo y dejé correr el agua sobre mi mano. El frescor me calmó. Pero antes de que pudiera relajarme del todo, los pasos y el murmullo de conversación se hicieron más fuertes. Alguien se acercaba al baño. A medida que las voces se aproximaban, se volvieron reconocibles. ¡Darcy y Thalia!
Me metí corriendo en un cubículo y cerré la puerta. No sé por qué; simplemente no quería enfrentarme a ellas en ese momento. Para asegurarme de que no me vieran, bajé la tapa del inodoro y me encaramé encima.
—He oído que pasó algo en el brunch —dijo Darcy al entrar.
—Fue bastante incómodo —respondió Thalia, y procedió a relatar el desastre del brunch mientras el tintineo de polveras y el chasquido de tapas de pintalabios servían de fondo sonoro a la historia.
—No sé por qué se casó con ella —dijo Darcy cuando Thalia terminó.
—Lo hizo por el negocio, según Carey.
—¿Tu cuñado sabe que Hawthorne no lo es todo?
Thalia suspiró. —Se toma el trabajo demasiado en serio.
—Demasiado en serio si cree que tiene que casarse precisamente con Aelin para conseguir una empresa. ¿Sabías que intentó matar a su novio?
—Yo no me creo los chismes de los tabloides. Ese novio suyo era turbio. Dicen que no hay furia como la de una mujer despechada, pero ¿los hombres? Son capaces de matarte o arruinarte la reputación solo por dejarlos.
—Cierto —dijo Darcy—. Pero estamos hablando de Aelin Burgess. No me extrañaría nada viniendo de ella.
El asiento del inodoro sobre el que me equilibraba era resbaladizo y, por desgracia, el tacón me resbaló y el zapato cayó al suelo con el ruido suficiente como para que ambas mujeres me oyeran. El silencio que siguió lo confirmó.
Me habían pillado. Mejor dar la cara. Además, ¿no había llegado yo primero? No es que estuviera haciendo nada malo. Me levanté, me alisé el vestido, me puse el zapato, tiré de la cadena y salí.
Mi aparición sorprendió a Thalia, pero no a Darcy. Era como si yo fuera exactamente la persona que esperaba ver salir del cubículo.
—Hola —dijo Darcy.
—Hola —respondí con naturalidad mientras me acercaba a un lavabo para lavarme las manos. Las dos mujeres me fulminaban con la mirada.
—¿Es verdad?
Miré a Darcy. —¿El qué?
—Lo que estábamos comentando.
Tenía que admirar su franqueza. La gente que no se escondía tras un velo de cortesía era mejor que la que sí lo hacía. —¿Lo de mi novio? No, no intenté matarlo. Como ha dicho Thalia, hay hombres capaces de matar a una mujer, o al menos de arruinarle la reputación, solo por dejarlos.
—Lo sentimos —dijo Thalia, con gesto arrepentido—. No pretendíamos cotillear.
—Yo sí —la cortó Darcy—. Hay algo raro en ti, Aelin. ¿Qué ha cambiado?
—No soy quien crees, Darcy. Sí, tuve mi época de niña mimada, pero esa era yo antes. Ahora soy otra persona.
—Chorradas.
—Cree lo que quieras, pero es la verdad.
Darcy resopló.
—¿Por qué te casaste con él?
—Mi abuelo se negó a darme la herencia a menos que lo hiciera.
Se acercaba lo bastante a la verdad como para no parecer una mentira.
El rostro de Thalia se suavizó con compasión.
—Nolan no es tan mal partido como marido.
Darcy entornó los ojos.
—Sí. Es un buen tipo y buen amigo mío.
Se cruzó de brazos.
—Por eso me preocupo por él.
Me encogí de hombros y salí del baño, dejando a las dos mujeres atrás. Darcy me había calado. Solo que aún no lo sabía. Mejor mantenerme lo más lejos posible de ella.