28 Noah #2
—Que la cagué y lo siento. Pero desde la primera vez que te besé, Indy, has sido mía. Mi chica. —Mi mano baja hasta su vientre, todavía plano—. Nuestro bebé. Somos una familia ahora. Y no pienso dejar que ningún miembro de mi familia ande tonteando…
—¿Tonteando? —arquea una ceja, con los ojos brillando.
—...con otro hombres —termino, devolviéndole la mirada.
Su expresión se suaviza y sus manos descansan sobre mis biceps.
—Odio que me apartaras de ti, Noah.
—Lo sé. No volverá a pasar.
—¿Y cómo sé eso?
Suspiro, sabiendo que necesito demostrarle lo que siento. Mi hermano tenía razón: tengo que espabilar. No puedo limitarme a hablar bonito sin respaldarlo con hechos. La abrazo más fuerte.
—Dame tiempo para demostrártelo, cariño.
Lo nuestro fue muy rápido. Nos saltamos un montón de pasos y ahora estamos aquí.
No puedo cambiar el pasado, pero sí puedo demostrarte de ahora en adelante que soy tuyo.
Que vamos a resolver esto juntos. Que no es pero que abandones tu carrera ni tus sueños por mi trabajo.
Somos un equipo, Indy. Solo necesitamos comunicarnos major.
Ella asiente contra mi pecho, con el tejido de mi chaqueta rozándole la barbilla.
—Entonces, ¿no vas a decir nada cuando haga la mochila y me lleve ocho niños al sur de Asia dentro de tres semanas?
Hago una mueca. Joder, había olvidado lo del viaje. Una punzada de preocupación me recorre el cuerpo. ¿Cómo se supone que voy a dejar que mi chica embarazada se vaya a un país en vías de desarrollo durante su primer trimester?
—¿Noah? —insiste.
—No, voy a decir muchísimas cosas, Indy. —La noto tensarse entre mis brazos, pero la sujeto aún más fuerte—. Pero confío en ti. Solo…vayamos antes al doctor, para asegurarnos de que tienes todo lo que necesitas antes del viaje y preparémonos para cualquier imprevisto, ¿vale?
Ella se mueve entre mis brazos hasta que aflojo un poco el abrazo. Levanta la barbilla y sus ojos se encuentran con los míos.
—¿Lo dices en serio?
—Siempre hablo en serio cuando se trata de ti. ¿Cómo coño crees que hemos acabado metidos en este lío?
—¿No vas a intentar convencerme de que cancele el viaje?
—No. Pero sí voy a llevarte al médico, ayudarte a hacer la maleta y conseguirte una SIM internacional para que puedas llamarme todos los días estés donde estés.
Ella sonríe y parte de la preocupación desaparece de su cara.
—Vale.
—¿Vale?
Asiente.
—Y vamos a hablar de todo. De dónde vamos a vivir, del cuidado del bebé…
Claro que quiero que tus padres formen parte de esto.
Pero no se te ocurra pensar ni por un segundo que no voy a estar presente de forma activa en la vida de mi hijo.
Quiero levantarme de madrugada para cambiar pañales, preparar biberones, lo que haga falta.
Quiero esto contigo. Y lo quería contigo incluso antes de que me dijeras que estabas embarazada.
Solo estaba demasiado acojonado por la posibilidad de decepcionarte.
Sus ojos se abren de par en par y la boca se le queda entreabierta.
—¿Lo dices completamente en serio?
—¿Qué acabo de decirte?
Se humedece el labio inferior mientras me estudia.
—Pero… pero no podemos irnos a vivir juntos solo porque vayamos a tener un bebé.
—No. Vamos a vivir juntos porque queremos estar juntos y porque nuestra relación ha pasado al siguiente nivel. Varios niveles de golpe. —Me detengo un instante, intentando descifrar todas las emociones que le cruzan los ojos—. Al menos yo quiero eso. Quiero estar contigo. Solo contigo.
—Yo también quiero eso.
La respuesta le sale automática, sin una sola duda.
Y me hace sonreír.
Inclino la cabeza y le rozo los labios con un beso suave.
—Bien. Entonces estamos de acuerdo. Podemos vivir donde tú quieras, cariño.
Ella mira a su alrededor.
—Incluso me mudaría aquí si eso te hace sentir más cómoda.
Levanta la cabeza de golpe hacia mí.
—¿Lo harías?
Me encojo de hombros.
—Me da igual dónde vivir mientras me duerma y me despierte a tu lado. Quiero estar contigo todas las noches que pueda, por si necesitas algo. Aunque ese algo sea yo.
Sus ojos brillan mientras se muerde el labio inferior.
—Noah Scotch, jamás te habría tomado por un romántico.
Me río entre dientes y bajo las manos hasta su cintura para apretarla suavemente.
—Tengo muchísimo que compensar, Pequeña Indy.
Ella echa la cabeza hacia atrás.
—Pues puedes empezar ahora mismo.
Resoplo una risa, pero Indy no se está riendo. Se pone de puntillas y tira de mí para besarme.
Un beso caliente, apasionado, desesperado.
Uno que me arranca un gruñido y a ella un suspiro.
Mis brazos rodean su cintura mientras ella se arquea contra mí. Sus dedos se enredan en mi nuca. Su boca se funde con la mía y me pierdo por completo en su beso.
—Te he echado de menos, Noah.
—Yo más, cariño. —La hago retroceder hasta que llegamos al marco de la puerta de su habitación—. ¿Indy?
Ella levanta la vista hacia mí, con los labios rojos e hinchados por mis besos.
—Te quiero.
Sonríe y toda su expresión se abre. Sus ojos brillan con fuerza.
—Yo también te quiero, Noah. Desde hace bastante tiempo.
Vuelvo a besarla durante un largo instante. Ella se remueve entre mis brazos y tira de mí hacia dentro de la habitación.
—Espera. —Rompo el beso y miro la cama—. ¿Seguro que es…? —Bajo la vista hacia su vientre—. ¿Seguro que estarás bien?
Ella sonríe y pone los ojos en blanco.
—Bueno, ya sabemos qué tipo de padre vas a ser.
Retrocede mientras se quita el jersey por la cabeza y yo me bajo la cremallera de la chaqueta antes de dejarla caer al suelo.
—¿Y qué tipo es ese? —pregunto mientras me quito también la camiseta.
Indy se deja caer sobre la cama y me dedica una sonrisa traviesa.
—El tipo sobreprotector.
Me río y niego con la cabeza, pero al segundo dejo de hacerlo.
Porque ver a Indiana Merrick tumbada sobre la cama con unos vaqueros ajustados y un sujetador negro de encaje hace que una oleada de protección me atraviese el pecho.
Tiene razón.
Haría cualquier cosa por ella. Por nuestro bebé. Por mi familia.
Camino hasta la cama y me inclino sobre su cuerpo hasta que ella queda tumbada boca arriba. Me dejo caer a su lado, le giro la cara hacia mí y deposito un beso suave en la punta de la nariz, en las mejillas, en su boca dulce.
—Tal vez tengas razón.
Ella se ríe y pasa una pierna por encima de mis caderas, atrayéndome hacia ella.
—Siempre tengo razón, Noah Scotch.
Asiento antes de volver a perderme entre sus brazos, dejando que sus besos, sus caricias y toda su luz me envuelvan.
—Siempre —murmuro.