27 Indy
VEINTISIETE
INDY
—¿Eso es lo mejor que se te ocurre? —me pincha Aiden mientras posa de una forma rarísima y nada elegante delante de la puerta de mi apartamento.
Resoplo y me obligo a sonreír cuando en realidad tengo ganas de echarme a llorar. No he hablado con Noah desde el jueves por la noche y hoy me arrepiento de no haber respondido a sus llamadas y mensajes.
Fue una estupidez por parte de mi corazón delirante pensar que quien llamaba a la puerta podía ser Noah.
Sobre todo cuando Aiden me había escrito diciendo que venía a buscarme para cenar.
—Llevo pañuelo de bolsillo. —Se señala el pecho, donde imagino que lleva una americana elegante debajo del abrigo de invierno.
Pongo los ojos en blanco y me giro para coger el abrigo y la bufanda del perchero.
—¿Qué te pasa? —pregunta Aiden.
La puerta se cierra detrás de él mientras me enrollo la bufanda al cuello.
—Nada —suspiro.
—No tenemos por qué salir esta noche. Pensé que te vendría bien despejarte un poco. Fue un detalle por parte del chico del hockey cedernos la reserva…
Me doy la vuelta y fulmino a mi mejor amigo con la mirada.
—Ah, así que el chico del hockey sí te interesa. —Sonríe de lado y resulta irritante de cojones.
—Se llama Noah.
—¿Y…?
—Y nada. —Me pongo el abrigo y me abrocho los botones.
Aiden se ríe por lo bajo.
—Sí, claro, Indy. Hay un montón de cosas que no me estás contando, pero no pasa nada… tenemos toda la cena para hablar de ello.
Le saco la lengua y paso por su lado. Él se ríe mientras cierra la puerta de mi apartamento con llave.
Durante todo el trayecto hacia The Ivy, mis pensamientos giran alrededor de Noah.
¿Por qué no luchó más por mí? ¿Por nosotros?
¿Por qué no le di oportunidad de opinar sobre nada?
¿Cómo se siente realmente con lo del embarazo?
Aiden masculla algo a mi lado y sé que está intentando averiguar qué coño me pasa.
Pero no tengo energía para ponerlo al día.
Ahora mismo estoy cansada. Emocionalmente agotada y físicamente hecha polvo.
Siento que podría echarme a llorar en cualquier momento, y eso me cabrea tanto que las lágrimas amenazan con salir todavía más fuerte.
Apoyo la frente en el cristal frío de la ventanilla y observo cómo cae la nieve al otro lado.
—¿Indy?
La voz de Aiden suena suave.
Su mano encuentra la mía y me aprieta los dedos.
—¿Todo este mal humor es por un tío o por algo del trabajo? ¿O es algo más serio?
Lo miro y sus ojos se clavan en los míos, llenos de preocupación.
—¿Te han hecho daño, Indy? —pregunta, y no se me escapa el quiebro de su voz.
Aiden siempre ha sido mi persona de referencia. Desde siempre. Incluso cuando éramos preadolescentes insoportables y todas las mierdas típicas de la pubertad explotaron entre nosotros, conseguimos superarlo.
Pero no sé cómo contarle esto.
No sé cómo contárselo a nadie aparte de Claire, porque cero juicios, y Noah, porque, bueno, es el padre.
Y mira lo increíblemente mal que salió eso.
—¿Necesitas ayuda? —insiste Aiden, apretándome más la mano.
La risa de antes ha desaparecido y ahora hay una seriedad desconocida marcándole el rostro normalmente amable.
—¿Podemos hablar cuando lleguemos a The Ivy? —pregunto con una vocecita que odio.
Odio sonar tan insegura.
Odio sentirme así de perdida.
—Claro, cariño. —Aiden me da un último apretón antes de soltarme la mano—. Lo que necesites.
Conducimos el resto del trayecto en silencio, pero en cuanto nos sentamos en el restaurante ridículamente moderno y rechazo el vino, Aiden sabe que pasa algo serio.
—¿Qué está pasando? —exige en cuanto la camarera se aleja con nuestra bebida.
Suspiro. Últimamente parece que es la única forma que tengo de expresar emociones.
Mis dedos juguetean con el borde de la servilleta de lino mientras me obligo a sostenerle la mirada.
—Necesito que mantengas la calma, ¿vale?
—¿Estás enferma? —suelta de golpe, palideciendo.
Niego con la cabeza.
—Jesús, Indy. Vale, sí, mantendré la calma —miente Aiden.
Le dedico una pequeña sonrisa para tranquilizarnos a los dos y susurro:
—Estoy embarazada.
Aiden se me queda mirando en shock durante dos segundos antes de romper a reír.
¡A reírse!
Se dobla hacia un lado y niega con la cabeza mientras su carcajada sonora hace que varias personas de las mesas cercanas se giren a mirarnos.
—Joder, Indiana. Esa ha sido buena. Buenísima. De verdad me la habías colado. Dios mío, no te metías tanto en un papel desde que interpretaste a Scarlett O’Hara en segundo en…
—Lo digo en serio, Aid —lo corto, irritada de que piense que me inventaría algo así. Que me inventaría un bebé.
Se aprieta el puente de la nariz y su risa se apaga poco a poco.
Me aclaro la garganta.
Un silencio incómodo cae sobre la mesa, roto únicamente por el timing perfecto de nuestra camarera.
—¿Tenéis alguna duda sobre la carta o estáis listos para pedir?
—Necesitamos unos minutos más —responde Aiden sin apartar los ojos de mí.
En cuanto ella se aleja lo suficiente, sisea:
—¿Hablas puto en serio?
Asiento mientras estrujo la servilleta entre los dedos.
Aiden fija la vista en el gesto y suelta un largo suspiro.
—¿Quién es?
—¿Quién?
—El padre. —Me lanza una mirada impaciente—. Te juro por Dios, Indiana, que si algún gilipollas te ha dejado tirada, voy a…
—Es Noah.
—¿El chico del hockey?
Asiento y Aiden abre la boca, atónito.
—Espera un momento. —Levanta una mano—. ¿Me estás diciendo que tú y el chico del hockey…
—Noah.
—…tuvisteis un rollo de una noche y luego lo invitaste a la cena de Acción de Gracias en casa de tus padres?
Me aclaro la garganta.
—No fue un rollo de una noche.
—¿Estás saliendo con él?
—No diría exactamente saliendo —rectifico.
—Indiana, deja de hacerte la misteriosa. ¿Qué coño está pasando? —exige Aiden mientras recupera algo de color en la cara.
—Nos hemos estado viendo. De manera casual —explico.
—¿Lo de casual hasta qué punto llega?
Arrugo la nariz. ¿Qué clase de pregunta es esa? Decido responder con cautela.
—Nivel medio.
Aiden entrecierra los ojos.
—No hay quien te entienda.
—Tú tampoco tienes mucho sentido.
Niega con la cabeza.
—Entonces ¿por qué coño nos dio su reserva? Por un momento parecía que intentaba emparejarnos. Espera un segundo… —Los ojos se le abren de golpe—. ¿Está intentando encasquetaros a ti y al bebé?
—Muchas gracias —resoplo, molesta ahora porque Aiden piense que soy alguien a quien se puede encasquetar. Y con un hijo, nada menos.
—¿Él sabe lo del bebé? —se pregunta en voz alta.
—¿Habéis tenido tiempo de mirar la carta? —La camarera vuelve a aparecer.
Suelto una risita y Aiden me fulmina con la mirada antes de pedir dos filetes.
—Eso sí puedes comerlo, ¿no? —me pregunta, y asiento.
—No puedo creerme que estemos cenando aquí y ni siquiera haya mirado la carta —masculla.
—Podías haberlo hecho. —Le acerco la carta de vinos con un empujoncito.
Pone los ojos en blanco y vuelve a mirarme fijamente.
—Quiero la historia completa, Indy. Desde el principio. Quiero saber qué está pasando y luego quiero que me digas exactamente qué necesitas.
Su sinceridad me llena los ojos de lágrimas y su expresión cambia inmediatamente a puro horror.
—Son las hormonas —explico mientras me seco los ojos con la servilleta de tela.
Respiro hondo y me lanzo.
Le cuento a Aiden todo lo de Noah y nuestro acuerdo. Cómo nuestra amistad acabó convirtiéndose en algo más. Lo bien que lo pasábamos haciendo de turistas por Boston. Las noches en Taps. Luego, lo raro que estuvo en Acción de Gracias y cómo intentó emparejarme con Aiden.
—¡Lo sabía! —Aiden señala el aire con el dedo.
—Sí, no fue precisamente sutil —admito.
—¿Pero por qué haría eso? ¿Intentar colocarte conmigo? ¿Por qué no rompió contigo directamente?
Me encojo de hombros, aunque llevo días dándole vueltas a los motivos de Noah. Especialmente estos últimos días.
—Sabe que no queremos lo mismo. Creo que cuando te conoció y vio toda la historia que tenemos juntos, pensó que estaría mejor con alguien como tú.
Aiden me sostiene la mirada durante un largo segundo antes de que ambos estallemos en carcajadas.
—¿Y se supone que este tío te conoce? —dice entre risas—. Te morirías de aburrimiento con un tío como yo.
—¿Verdad? Y tú acabarías desesperado con una chica como yo.
—¿Alguien organizándome el cajón de los calcetines? Me convertiría en el cabrón más pasivo-agresivo del planeta.
Nos reímos y pongo los ojos en blanco mientras me limpio una lágrima rebelde.
Pero de pronto, la expresión de Aiden vuelve a ponerse seria.
—Entonces ¿qué pasó después?
—Se lo dije —murmuro mientras desmigajo un panecillo.
Aiden me observa con curiosidad, sin interrumpirme por primera vez en toda su vida. Me tranquiliza y me irrita al mismo tiempo.
—Y no salió bien —añado.
—¿Qué pasó?
—Se largó hecho una furia. Eso pasó.
En un instante, el rostro de Aiden se enrojece y entrecierra los ojos.
—Voy a buscar a ese…
—No fue así. Creo que… creo que lo cabreé.
—¿Por llevar a su hijo dentro? —Aiden suelta una carcajada incrédula, claramente enfadado por los dos.
—Al principio estaba bien. Preguntándome cómo estaba y si necesitaba algo… —Niego con la cabeza, frunciendo el ceño—. Pero en cuanto mencioné que no esperaba nada de él y que no iba a ir siguiéndolo por todo el país, que mi vida está aquí, se frustró.
—Espera. —Aiden niega con la cabeza—. ¿Qué fue exactamente lo que le dijiste a Scotch?
—Sabía que te sabías su nombre. —Sonrío.
Después le resumo la conversación de hace dos noches y Aiden se va tensando más y más con cada frase que sale de mi boca.
—Y entonces se fue.
—Pues claro que se fue, Indiana —me reprende Aiden—. ¿De verdad me estás diciendo que, si alguien con quien fueras a tener un bebé te soltase exactamente cómo iba a ser todo y te dejara claro que no te necesita para nada, tú no te cabrearías?
—No fue así…
Aiden arquea una ceja.
—Estaba procesándolo. Intentando entenderlo todo. —Me mantengo firme.
—¿Y le diste a él la oportunidad de entenderlo?
—Se fue.
Aiden me lanza una mirada de esas que dicen muchísimo.
—¿Te ha llamado?
—Cuatro veces —admito.
—¿Y?
—Todavía no estoy preparada para hablar.
Aiden silba por lo bajo.
—Joder, había olvidado lo rencorosa que puedes llegar a ser.
—No es rencor. Es solo que… tengo demasiadas cosas en la cabeza ahora mismo, ¿vale?
Aiden inclina la barbilla hacia mí y su expresión se suaviza. Se estira sobre la mesa y me agarra la muñeca.
—Ya lo sé. Dios, Indiana… Lo estás llevando increíblemente bien y vas a ser una madre alucinante.
Pero tienes que hablar con Scotch. Tienes que arreglar las cosas con él y dejar que forme parte de esto.
Aunque lo vuestro empezara siendo algo divertido y sin más, ahora es mucho más que eso.
Da igual que estéis juntos o no, vais a tener un bebé juntos.
Siempre vais a formar parte de la vida del otro.
Siempre vais a estar conectados de alguna manera.
No quieres empezar la vida de este niño con dos padres incapaces de comunicarse entre sí.
Me muerdo el labio inferior y doy las gracias a la camarera con un gesto cuando deja nuestros platos sobre la mesa. Después de explicarnos qué lleva cada uno y moler pimienta negra fresca sobre el puré de patatas de Aiden, murmuro:
—Tienes razón.
—Ya lo sé. —Me sonríe.
—Tengo miedo —admito.
—Lo sé. Pero puedes con esto, Indy. Vas a ser una madre de la hostia. Y necesites lo que necesites, sabes que siempre voy a estar de tu lado.
—Lo sé.
—Solo espero no estar presente cuando se lo digas a Jemmy. —Me señala con el tenedor y resoplo una risa.
—Nah, será mejor decírselo a mamá y papá con Noah delante, ¿no crees?
—Sí, eso creo. —Aiden corta un trozo de filete y se lo mete en la boca. Gime al instante—. Jesucristo, Indy. Tu chico tiene buen gusto, eso sí. Este filete está increíble.
—No es mi chico.
Aiden levanta la copa de vino hacia mí antes de dar un largo trago.
—Lo será.
Frunzo el ceño.
—Hazme caso, Indiana. Ese hombre estaba intentando emparejarte conmigo. —Vuelve a reírse mientras niega con la cabeza—. Le importas muchísimo más de lo que dejó ver y ahora que estás embarazada…
Hago una mueca.
La sonrisa de Aiden se ensancha todavía más.
—Bueno, no hay ni una posibilidad de que te deje escapar sin luchar. Y resulta que sé que los jugadores de hockey, especialmente el tuyo, saben pelear cuando hace falta.
Pongo los ojos en blanco, pero me descubro devolviéndole la sonrisa.
—¿De verdad crees que voy a estar bien?
—Lo sé. —Empuja mi plato un poco hacia mí—. Ahora come. Necesitas mantener la energía. Además, sin ánimo de ofender, tienes una cara de mierda importante. Supongo que el famoso brillo del embarazo todavía no te ha llegado, ¿eh?
Le levanto el dedo corazón y él se echa a reír.
Pero cuando pruebo un bocado del filete más increíble del mundo, perdono a Aiden.
Y a Noah.
Porque la comida está espectacular y, ahora mismo, no siento que vaya a vomitar hasta las tripas, así que de repente la vida vuelve a ser maravillosa.