Capítulo 6
Esa noche, Elijah se sentó en silencio a la cabecera de la mesa del comedor, con la mirada fija en el plato de comida que tenía delante.
Aunque la porción no tenía nada de especial, le aterraba la idea de no poder comer gran cosa.
El estómago le había estado doliendo todo el día con creciente intensidad, y supuso que después de unos pocos bocados, ya no podría soportarlo más.
—¿Todo va bien, primo? —preguntó Harold desde su asiento, un poco más abajo en la mesa, mientras daba buena cuenta del auténtico festín que la cocinera había preparado para ellos.
De hecho, a Elijah le sorprendía bastante cuánto podía comer aquel hombre, teniendo en cuenta lo menudo y enjuto que era.
—Sí, sí, es solo que esta noche tengo poco apetito —explicó Elijah, esforzándose al menos en pinchar un trozo de carne con el tenedor y tragárselo a la fuerza.
Tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no escupirlo.
Podría haber sido el trozo de carne más delicioso del mundo entero, y aun así le habría costado tragarlo.
Menos mal que la cocinera no estaba allí para ver el desprecio que le estaba haciendo a su comida.
Harold enarcó una ceja y, con el rabillo del ojo, siguió observando a Elijah, prestando mucha menos atención a su propia comida de lo que al vizconde le habría gustado.
Y cuando Elijah sintió el dolor familiar en el estómago y el cosquilleo en la garganta que anunciaba otro ataque de tos, sacó el pañuelo del bolsillo del pecho para prepararse.
Después de forzarse a tragar varios bocados más y acompañarlos con un buen trago de vino, tosió lo más discretamente que pudo en el pañuelo antes de decirle a su primo:
—Me temo que debo retirarme a mi estudio para ocuparme de algunos asuntos.
—¿Estás seguro de que has comido suficiente? —preguntó Harold.
—¿Qué eres? ¿Mi madre? —espetó Elijah con cierta irritación.
Durante los últimos días, tenía la sensación de que Harold lo observaba cada vez más de cerca.
Por supuesto, probablemente eran imaginaciones suyas, pero la sensación estaba ahí, y no conseguía quitársela de encima por mucho que lo intentara.
Después de haber sido desterrado al campo por su padre, incapaz de obligarse a admitir la verdad, ya bastantes dificultades tenía sin que su primo metiera baza.
Sin embargo, por el bien de su madre, lo toleraría, especialmente si eso significaba quitarse a su padre de encima.
—Perdóname, Harold. Creo que he tomado demasiado sol en el jardín esta tarde —dijo al ver la expresión de sorpresa en el rostro de su primo.
Harold sonrió ligeramente y negó con la cabeza.
—No te disculpes. Lo entiendo. Adelante. Le pediré a Greaves que guarde algo de esta comida para más tarde, por si te entra hambre.
—Gracias —respondió Elijah, sintiéndose aún más culpable por haberle espetado a su primo. Harold estaba siendo considerado, mientras que Elijah solo era capaz de sentir desprecio por su presencia allí.
Antes de poder decir algo más de lo que pudiera arrepentirse, se levantó de la silla, cogió la copa de vino y apuró lo que quedaba antes de alejarse de la mesa.
Se detuvo en el umbral para añadir:
—Por favor, dile a Greaves cuando vuelva de la cocina que no necesitaré su ayuda en lo que queda de noche, y que puede retirarse antes.
Harold asintió y siguió con su comida, visiblemente satisfecho de quedarse solo en la mesa del comedor para variar. Elijah no podía imaginar que hubiera sido muy buena compañía últimamente, así que dejó a su primo a lo suyo sin remordimientos.
No tenía mucho trabajo pendiente, pero la mentira era mejor que la verdad, así que se escabulló a su estudio y cerró la puerta con firmeza tras de sí.
No quería que su primo ni ninguno de los sirvientes supieran lo que estaba a punto de hacer.
Al fin y al cabo, si algún sirviente compartía la opinión que su primo tenía de Lady Belmont, se disgustarían mucho con él.
Ya tenía bastante de qué preocuparse sin tener que lidiar además con su desdén. Además, no le gustaba la idea de que su primo le escribiera a su madre solo para darle falsas esperanzas de que quizás por fin había encontrado algo.
Se sentó a su escritorio y sacó del cajón superior el frasco que Lady Belmont le había regalado en los jardines ese mismo día.
A la tenue luz del estudio, iluminado apenas por unas velas y la chimenea que luchaba contra el frío vespertino propio de habitaciones con techos tan altos, el líquido de dentro parecía más oscuro que nunca.
De hecho, era casi negro, y los trozos sólidos de materia que flotaban en él parecían más grandes que nunca, lo que hizo que Elijah sintiera cierta ansiedad ante la idea de tomarlo.
Con cierto desánimo, cayó en la cuenta de que no le había preguntado a Lady Belmont nada sobre la dosis que debería tomar.
No deberías tomarlo en absoluto, dijo una vocecilla en el fondo de su mente, pero la apartó. ¿Qué le quedaba por perder? Aunque el brebaje de Lady Belmont solo consiguiera hacerle sentir peor, merecía la pena intentarlo por si acaso servía de algo.
Cerró los ojos un momento y aún pudo ver su hermoso rostro mientras le entregaba el frasco, aquella expresión de seguridad y ternura que le había transmitido que solo intentaba ayudar.
Al recordar sus tormentosos ojos gris azulados y cómo había insistido en que era una especie de regalo de bienvenida, Elijah decidió que sería de mala educación no probarlo al menos.
Así pues, cogió el abrecartas y usó el borde afilado para romper el sello de cera que sujetaba el corcho.
En cuanto abrió el frasco, un intenso aroma herbal le inundó las fosas nasales.
Al principio pensó que olía bien, pero cuando se acercó la botella a la nariz, se dio cuenta de que era todo lo contrario.
El aroma se le atascó en la garganta y lo hizo toser tan violentamente que pensó que iba a escupir un pulmón. Contuvo la respiración, se tapó la nariz y volcó el frasco contra los labios, dejando que una pequeña cantidad del contenido le cayera en la lengua antes de retirarlo rápidamente.
Con la misma rapidez, volvió a tapar la botella y se levantó del asiento para dirigirse a toda prisa hacia el mueble bar en el otro extremo de la habitación.
Mientras luchaba por contener la respiración, ya notando el vil amargor de las hierbas del brebaje, Elijah agarró la botella de alcohol más cercana y bebió directamente de ella.
La sensación de ardor que siguió al repugnante elixir fue un alivio bienvenido, y por fin pudo respirar con un suspiro, dando otro trago a la botella antes de dejarla de golpe sobre el mueble.
Aquello era quizás lo más repugnante que había probado en su vida, y eso que lo habían obligado a tragar muchas cosas mientras intentaba curar su enfermedad.
Nada de eso le había hecho ningún bien; algunas cosas le habían provocado urticaria o incluso vómitos durante días.
Pero tragar algo repugnante era mucho mejor y más rápido que soportar todas aquellas sanguijuelas que los médicos de Londres habían insistido en ponerle por los brazos y a veces por las piernas.
Se estremecía cada vez que pensaba en ellas, y a veces incluso tenía pesadillas con aquellas pequeñas criaturas negras y viscosas que se le pegaban al cuerpo y le chupaban las pocas fuerzas que le quedaban cuando peor se encontraba.
Mereció la pena intentarlo, pensó Elijah mientras se apretaba el estómago con la mano, con la esperanza de notar el elixir surtiendo efecto. Al no sentir nada, suspiró y decidió que probablemente se había hecho demasiadas ilusiones.
Volvió a la silla y se dejó caer en ella para revisar las cartas que había recibido desde su llegada a Oxfordshire.
Había recibido varias invitaciones a bailes, fiestas y almuerzos por toda la comarca, todas de madres de debutantes casaderas que probablemente habían oído que era el soltero más rico de la zona y habían decidido pasar por alto su turbio pasado a cambio de la posibilidad de que su hija obtuviera algún día el título de duquesa.
Mejor no pensar en ello, ni en aceptar semejantes invitaciones.
Ya se había metido en suficientes líos últimamente, y probablemente era hora de dejarlo estar, aunque se hubiera prometido divertirse todo lo posible mientras aún pudiera.
Ahora ya no le parecía que valiera la pena, al pensar en el recuerdo que dejaría a su familia.
Las expresiones de decepción y horror en los rostros de sus padres la última vez que los vio bastaban para disuadirlo de más andanzas.
Decidió escribirles una breve carta a ambos y se enfrascó en la tarea.
Cuando por fin terminó, vio que era mucho más tarde de lo que esperaba.
Con un profundo bostezo, selló las dos cartas y las llevó a la mesa junto a la puerta principal.
Hasta un mayordomo joven como Greaves sabría qué hacer con dos cartas recién escritas dirigidas a sus padres cuando las encontrara por la mañana.
Tras eso, subió a acostarse, y solo cuando pisó el escalón de la mitad de la escalera percibió algo milagroso.
Normalmente, cuando subía las escaleras, el estómago le empeoraba hasta dejarlo sin aliento por el dolor. Pero esa noche solo sentía una leve punzada. Resultaba incómodo, pero nada doloroso, no como solía serlo cuando se avecinaba uno de sus peores episodios de enfermedad.
Se detuvo en las escaleras, se agarró a la barandilla con una mano y se sujetó el abdomen con la otra, presionándolo con bastante firmeza hasta comprobar que no estaba ni mucho menos tan sensible como de costumbre.
Se esforzó por doblarse hacia un lado y hacia otro, y una y otra vez comprobó que el brebaje de lady Belmont había funcionado de verdad.
Y con ese pensamiento decidió que a primera hora de la mañana tenía que visitarla para saber más sobre su trabajo. Si lo único que ella podía hacer era controlarle el dolor hasta que llegara el final, estaba dispuesto a aceptar su ayuda.
Por supuesto, tampoco le molestaba que ella fuera mucho más hermosa que cualquiera de los médicos varones que su madre lo había obligado a ver en Londres, empeñada y desesperada en que se curara.
Mientras seguía subiendo las escaleras hacia su dormitorio, pensó: «Quizás al final tenga algo bueno que contarles».