El elixir de la pasión de una duquesa
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Capítulo 1
Lady Melissa Belmont, duquesa de Twinton, estaba sentada plácidamente en su salón, como de costumbre, escribiendo en su diario médico y disfrutando de la paz.
Lo único que la perturbaba eran los ladridos que llegaban desde la puerta que daba al jardín, donde su springer spaniel corría y brincaba persiguiendo pájaros, abejas y prácticamente cualquier cosa que creyera poder atrapar entre sus fauces.
De vez en cuando levantaba la vista para observarlo, con una sonrisa como la que dedicaría a un hijo, dichosa en su aislamiento en la campiña de Oxfordshire.
Mientras garabateaba y dibujaba en su diario, apenas oyó la aldaba de latón resonar por toda la gran casa.
A lo lejos, escuchó los pasos del mayordomo sobre el suelo de madera camino a abrir la puerta.
Cuando el mayordomo llamó a la puerta del salón, supo que quien había venido no era un simple repartidor ni un mensajero. Dejó su diario abierto sobre el escritorio para que la tinta se secara y colocó con cuidado un trozo de papel encima para ocultarlo de la visita.
—¿Sí, Winston? ¿Quién es? —preguntó con una sonrisa. El anciano mayordomo era como un segundo padre para ella; había servido a su padre antes que a ella, y siempre tenía una sonrisa para él.
—Lady Daisy Melbourne, condesa de Fenchurch, milady —respondió Winston con una breve reverencia, siempre empeñado en anunciar a los invitados por sus títulos completos, aunque fueran amigas tan íntimas como lady Daisy.
—¡Oh! Pues hazla pasar, Winston —dijo Melissa, poniéndose de pie y despidiéndolo con un gesto de la mano.
—Por supuesto, milady.
Dicho esto, se marchó y regresó un momento después con Daisy pisándole los talones. Lucía como siempre: el cabello castaño recogido con esmero, los ojos avellana brillantes, menuda, impecable y elegante, con una sonrisa afable.
—Buenos días, Daisy. ¿A qué debo el placer? —preguntó Melissa, abrazando a su amiga y besándola en ambas mejillas.
—Oh, ¿acaso una dama no puede simplemente querer visitar a una amiga? —preguntó Daisy mientras se separaban.
—Por supuesto —respondió Melissa con una sonrisa pícara—. Pero ambas sabemos que nunca vas a ningún sitio sin un motivo.
Daisy fingió sorpresa por un momento, llevándose las yemas de los dedos a la boca abierta como para ocultarla. Luego soltó una risita y puso los ojos en blanco.
—Tienes razón.
—Entonces siéntate y cuéntamelo todo —insistió Melissa, señalando el sillón más cercano antes de ocupar el de enfrente—. Winston, ¿podrías pedirle a Betty que suba con el té?
—Por supuesto, milady.
Dicho esto, quedaron a solas, y Daisy pareció visiblemente aliviada. Fuera lo que fuese lo que la inquietaba, estaba claro que no quería que hubiera demasiados oídos escuchando.
—¿Qué ocurre, Daisy? —preguntó Melissa, sintiendo un nudo de preocupación en el estómago. No era habitual ver a su amiga tan abatida.
Antes de que pudiera responder, Flit, el spaniel, irrumpió en el salón como si acabara de percatarse de que tenían visita. Y antes de que Melissa pudiera impedirlo, empezó a saltar con las patas embarradas sobre el fino vestido color melocotón de Daisy.
—¡Oh, no! ¡Flit, baja! —lo regañó Melissa, agarrándolo por el pellejo del cuello y apartándolo mientras Daisy reía e intentaba quitárselo de encima—. Daisy, lo siento muchísimo. ¡Tienes que perdonarlo!
—Vamos, Mel, las dos sabemos que solo está emocionado de verme —dijo Daisy mientras se sacudía el barro seco de las faldas—. Ojalá mi marido se alegrara tanto de verme cuando vuelve de Londres.
El profundo suspiro que exhaló Daisy le confirmó a Melissa que el motivo de su visita probablemente tenía que ver con su marido, lord Anthony Melbourne, conde de Fenchurch.
Melissa apretó los dientes solo de pensarlo.
Habían estado tan enamorados en otro tiempo, inseparables y radiantes en compañía del otro.
Llevaban casados apenas tres años, y Melissa veía cómo su felicidad se desvanecía poco a poco a medida que se distanciaban.
Le partía el corazón por más de una razón, y le hacía añorar a su propio querido y difunto esposo, el doctor Thomas Belmont.
—Sabes, Mel, a veces te envidio —dijo Daisy con otro hondo suspiro, abarcando con un gesto el salón pintado en tonos pastel—. Duquesa por derecho propio, con todo lo que podrías desear, y sin ningún hombre cerca que te haga desdichada.
—Sí, es maravilloso no tener marido ni padre que me diga qué hacer —dijo Melissa con sarcasmo, y el arrepentimiento asomó de inmediato al rostro de Daisy.
—Oh, Mel, perdóname —suplicó Daisy, y esta vez el gesto de llevarse la mano a la boca fue de genuino asombro—. He hablado sin pensar.
Melissa negó con la cabeza y le sonrió a su amiga para tranquilizarla.
—Sé muy bien que mi posición es envidiable, y me sienta de maravilla. Aunque a veces os envidio a vosotros vuestra familia.
Pensó por un momento en la madre que había perdido en el parto.
Aunque nunca tuvo la oportunidad de conocerla ni de saber cómo era, los retratos le recordaban que era su vivo retrato.
Pensó en su padre, el duque de Twinton, que se lo había dejado todo, incluso contra el consejo de sus abogados.
La había mimado desde que nació hasta el día de su muerte, que Melissa atribuía a un corazón roto.
Nunca se había recuperado del todo de la pérdida de su madre, y ella intuía que el amor que le profesaba era una de las razones por las que había aceptado su deseo de casarse con el doctor Melbourne, un hombre sin título alguno.
En el buen doctor prefería no pensar demasiado a menudo, aunque él la había convertido en lo que era hoy.
No solo era duquesa, sino sanadora, una mujer con medios para ayudar a los necesitados sin todas las tonterías que a la mayoría de los médicos les gustaba imponer a sus pacientes.
Y lo había amado con toda el alma. Había sido su mejor amigo.
Y le dolía oír hablar de los problemas de Daisy con su querido marido, aunque ya sospechaba cuál era la causa.
Daisy se inclinó en su silla y le tomó la mano a Melissa, apretándosela con suavidad.
—Para mí eres tan familia como cualquier otra persona.
Con una sonrisa agradecida, Melissa le devolvió el apretón.
—Y tú la mía.
Justo entonces llegó Betty con el té. La doncella, que servía a Melissa desde que esta era niña y apenas le llevaba un par de años, les hizo una reverencia antes de depositar la bandeja sobre la mesa entre ellas.
—¿Desea que sirva, milady? —preguntó con una sonrisa.
—Creo que puedo apañármelas, gracias, Betty.
Melissa esperó a que la morena se retirara a un rincón de la habitación antes de servir el té para su amiga y para ella. —¿Miel? —preguntó, sosteniendo el pequeño tarro de miel que había recolectado de sus colmenas en el fondo del huerto.
—¡Oh, sí, por favor!
Con una sonrisa, Melissa removió la miel en la infusión de hierbas que ella misma había preparado con plantas de su jardín y guardado en la despensa junto con todo lo demás.
Gracias a ella y a los granjeros que ocupaban su finca, todos eran prácticamente autosuficientes, lo que facilitaba aún más su feliz vida de casi total soledad.
Tras entregar una taza con su platillo a su amiga, tomó la suya y sopló suavemente sobre la superficie de la infusión antes de dar un delicado sorbo para asegurarse de haber puesto suficiente miel.
—Hmm... está delicioso como siempre —dijo Daisy, y dio un sorbo al suyo. Permanecieron en silencio durante varios momentos mientras Daisy bebía un poco más y Melissa la observaba, sin dejar de preguntarse qué hacía allí.
Entonces, cuando ya no pudo esperar más, preguntó: —No habrás hablado en serio antes sobre Anthony, ¿verdad? ¿Ha ocurrido algo entre vosotros dos?
Daisy suspiró y negó con la cabeza mientras dejaba la taza y el platillo sobre la mesa para poder pasarse las manos por las faldas, claramente incapaz de mirar a Melissa a los ojos.
—Con toda honestidad, Anthony es encantador y dulce y comprensivo y simplemente maravilloso, como siempre ha sido —admitió, jugueteando con un hilo suelto de su vestido—. El problema soy yo.
—Oh, estoy segura de que eso no es cierto —protestó Melissa. Tras dejar su taza y platillo frente a los de Daisy, se inclinó ligeramente hacia adelante en su asiento y volvió a tomar la mano de su amiga—. Dime, ¿qué ocurre?
Daisy miró sus manos entrelazadas antes de lanzar una mirada discreta por encima del hombro hacia Betty. Era evidente que le avergonzaba lo que tenía que decir.
—Puedes hablar libremente aquí, Daisy; lo sabes.
Como si percibiera la inquietud de la condesa, Betty se giró a medias con las manos entrelazadas a la espalda, como si deliberadamente no estuviera escuchando.
—Melissa, la razón por la que vine hoy es porque, bueno, Anthony y yo estamos pasando por dificultades —dijo Daisy, apretando los dedos de Melissa tan fuerte que casi le hacía daño—. Llevamos tanto tiempo intentándolo.
La desesperación en la voz de Daisy le arañó el corazón a Melissa, que apretó la mano de su amiga para hacerle saber que entendía perfectamente a qué se refería.
—Solo han sido unos pocos años —le dijo con suavidad, aunque las palabras sonaban un poco tontas incluso para ella.
No era ningún secreto que todas las parejas comenzaban a intentar tener hijos casi inmediatamente después de la boda, especialmente quienes encabezaban una familia y de quienes se esperaba que engendraran un heredero lo antes posible.
—Las damas Hennel, Cranmer y Burnington estaban todas encinta a los pocos meses de casarse —señaló Daisy, con la desesperación oscureciéndole la mirada avellana.
Melissa resopló levemente. Negó con la cabeza y señaló: —Daisy, todos escuchamos los rumores sobre Lady Cranmer. Probablemente ya estaba encinta antes de casarse.