30. Eva
EVA
La conciencia me llega en oleadas. Siento los párpados pesados, casi imposibles de abrir.
¿Dónde estoy?
Intento incorporarme, pero me late la cabeza. Miro alrededor de la habitación, observando las pesadas cortinas que no dejan pasar ni un hilo de luz.
No hay más muebles que la cama y una pequeña mesa con una silla. No es el complejo. No es ningún lugar que reconozca.
Saco las piernas de la cama, pero flaquean cuando intento ponerme en pie. Me hundo de nuevo en el colchón.
Me froto las sienes, intentando desenterrar los recuerdos de cómo he llegado hasta aquí.
El aparcamiento del médico. Disparos. Hombres en todoterrenos negros.
La sonrisa fría de Ivan mientras me agarra del brazo.
Mirabella gritando, intentando alcanzarme mientras la arrancan de mis brazos.
La promesa de compartir información que no tengo.
Haciendo un mayor esfuerzo esta vez, me arrastro hasta la puerta y tiro del pomo. Cerrada. Golpeo la madera maciza.
—¡Dejadme salir!
No hay respuesta.
Examino la habitación buscando una vía de escape. Me acerco a la ventana y descorro las pesadas cortinas. Las ventanas tienen rejas de hierro forjado.
Estoy atrapada.
Me siento de nuevo en la cama mientras el último recuerdo encaja en su lugar. Soy mujer muerta.
No tengo información que ofrecerle a Ivan. Ningún dato de inteligencia valioso sobre los Dante. Nada por lo que valga la pena mantenerme con vida. Por supuesto, aunque lo tuviera, no se lo diría.
Soy un cabo suelto que hay que atar, una venganza por negarme a seguir trabajando para ellos.
Al menos Mirabella está a salvo.
Adriano la protegerá.
Mi hija crecerá querida, segura, con todas las comodidades que una niña pueda necesitar.
La puerta se abre de golpe e Ivan Vasiliev entra pavoneándose como si fuera el centro del universo. No me levanto para recibirlo. Apenas lo miro.
—Eva Santoro —ronronea, abriendo mucho los brazos—. Qué alegría tenerte por fin de vuelta. Confío en que tu alojamiento sea cómodo.
—Mi puerta se ha atascado —suelto con sorna.
Su sonrisa es de diversión. —Podría haberte puesto en el sótano. Estoy intentando ser cordial.
Sostengo su mirada, viendo cómo sus ojos se parecen a los de su hermano, de un azul gélido y frío, pero donde los de Maksim albergaban crueldad y astucia, los de Ivan arden con algo más desesperado.
Como si fuera un hombre con algo que demostrar.
De hecho, me recuerda a Alessandro, de quien ahora sé que ha luchado por hacerse un hueco en el negocio familiar desde la muerte de su padre.
—¿Cómo encaja el dejarme inconsciente en eso de ser cordial?
—Vaya, vaya. Me estabas atacando. —Entorna los ojos, que se vuelven letales—. Podría haberte matado y haber dejado tu cadáver en la carretera, delante de tu hija. Pero no tiene por qué ser así.
—¿Por qué estoy aquí, Ivan?
—Cuánta hostilidad. —Niega con la cabeza y se sienta en una silla cerca de la ventana—. Me ves como el villano de tu historia, ¿verdad? Tal como los Dante pintaron a mi hermano.
—Me habéis secuestrado a mí y a mi hija. ¿Cómo se supone que tengo que verte?
—Te devolví a tu hija sana y salva. Algo que los Dante quizá no habrían hecho en mi lugar. Lo sabes.
Lo peor es que puede que tenga razón, pero me niego a darle la satisfacción de estar de acuerdo.
—Si cooperas, Eva, las cosas pueden ser mucho más agradables. —Su voz se suaviza hasta alcanzar un tono casi seductor—. Podrías dejar esta habitación, tener una suite de verdad. Ropa limpia, un baño caliente. Incluso podríamos discutir las cosas durante la cena en lugar de usar... otros métodos.
Sé lo que significan esos «otros métodos» en su mundo. Veo mi oportunidad, por pequeña que sea, y la aprovecho.
—Está bien.
La victoria brilla en sus ojos. —Excelente elección. —Se levanta de la silla—. Ven, te enseñaré otra habitación. Pero no pienses que mi clemencia te da la oportunidad de escapar. Si lo intentas, te mataré.
La habitación que me ofrece tiene colores y una atmósfera más luminosa. Es algo que ofrecería a un invitado. Pero no me hago ilusiones sobre mi estancia. Soy una prisionera.
Me quito con una ducha el sudor y la mugre del secuestro y me pongo los pantalones y la blusa que me ha dejado. A pesar de su advertencia, busco rutas de escape o armas, pero Ivan sabe lo que hace.
Resignada a que estoy atrapada, me escoltan hasta el opulento comedor, que rebosa de un lujo del viejo mundo construido con dinero manchado de sangre. Lámparas de cristal de roca, una mesa de comedor larga probablemente hecha de madera carísima.
Ivan preside la mesa, dejándome a su derecha, un puesto de honor, pero sé que todo es una farsa.
—Pareces recuperada —dice Ivan, levantando su copa de vino en señal de aprecio.
No toco mi vino. —Ahórrate el fingimiento de hospitalidad, Ivan. Ambos sabemos que no soy tu invitada.
Corta su filete mientras suelta una risita. —Cuánta hostilidad, Eva. Mi familia te ofreció una vida. Un santuario.
—¿Ofreció? Fui obligada y luego matasteis a mi padre.
—Fueron los Dante quienes destruyeron tu vida —rebate, señalándome con el cuchillo—. Yo simplemente estoy retomando las cosas donde las dejaron las circunstancias. Devolviéndote a tu lugar adecuado. Tu padre está muerto por culpa de los Dante.
—Los Dante no mataron a mi padre —le espeto, ante la desfachatez de este hombre.
La sonrisa de Ivan se vuelve fría. —No, eso fuiste tú, Eva.
Me quedo boquiabierta.
—Ellos te obligaron a huir, ¿no es así? Maksim le dio a tu padre todas las oportunidades para que te entregara, para que explicara a dónde habías ido.
—Bebe un sorbo pausadamente—. Es curioso que te unieras a nosotros para ayudarle pero, al final, dio su vida protegiéndote. .. no de nosotros, sino de Lorenzo.
—O tienes una memoria terrible o se te da de maravilla retorcer la verdad.
Él sonríe y se encoge de hombros. —Tengo que reconocértelo. La muerte que fingiste fue bastante convincente. El coche, el fuego, los registros dentales que de algún modo falsificaste. Un trabajo profesional.
Pero todo falló. De alguna manera, tras casi cuatro años viviendo discretamente en Boston, Ivan me había encontrado. ¿Por qué se molestó siquiera en buscar?
—Pero Maksim nunca se tragó tu muerte —dice Ivan—. Mi hermano estaba obsesionado con encontrarte. Yo pensaba que estaba loco, desperdiciando recursos en una chica muerta. Especialmente cuando estaba prometido con Valentina Dante.
¿Qué? Eso no puede ser verdad.
—Ella era su billete para arruinar a la familia Dante para siempre. —Ivan se limpia la boca con la servilleta—. Resulta que tenía razón después de todo. Estabas viva y coleando.
—No sé por qué le importaba a él, ni por qué te importa a ti, para el caso. Después de todo este tiempo, no tengo nada que ofrecer.
Arquea una ceja. —Tienes una penitencia que pagar.
Un escalofrío me recorre la espalda. —¿Qué quieres de mí, Ivan?
—Creo que es hora de que vuelvas a casa. Hora de elegir por fin un bando y ayudarnos a acabar con este conflicto.
Sostengo su mirada, armándome de valor. —No me necesitáis para acabar con vuestro conflicto.
—¿Necesitar? Quizá no. Pero me gusta tomar lo que Adriano cree que es suyo.
—Su rostro se contrae en una expresión de confusión—.
Debo admitir que me sorprende que no te haya matado él mismo.
Al fin y al cabo, estabas espiando para nosotros.
Lo único que tiene sentido es que no lo sepa. Pobre infeliz.
Solo puedo lanzarle una mirada de rabia.
—Ah, veo que tengo razón. Así que, ¿por qué no arreglarlo todo? Ven a trabajar para mí. ¿Qué sabes de su operación en los muelles? ¿Qué están planeando contra mí?
—No tengo ni idea. No discuten nada conmigo. Sospechan de mí.
Él entorna los ojos. —Creo que el trato era que yo liberaba a tu hija y tú me contabas lo que supieras.
Asiento. —Y te estoy diciendo que no sé nada. Si sirve de algo, no les he dicho nada sobre ti.
Él se ríe. —Bueno, no lo harías, ¿verdad? Eres una traidora. Así que, ¿por qué no vienes a trabajar para mí de nuevo?
—¿Trabajar para ti de nuevo? —pregunto incrédula. Es imposible que pueda acercarme a los Dante ahora que saben que estoy con Ivan. Alessandro vería mi regreso como lo que es: Ivan infiltrándome en la familia.
Ivan rellena su copa de vino. —No finjamos. Puede que vuestro acuerdo con Maksim terminara mal, pero tu talento sigue siendo valioso.
Aprieto los puños. —Tu hermano asesinó a mi padre. ¿Y ahora quieres ofrecerme un trabajo?
—Los negocios son los negocios, Eva. —Se encoge de hombros como si no estuviera discutiendo algo más importante que una pequeña disputa contractual—. Maksim reaccionó de forma exagerada cuando desapareciste. No lo negaré. Su temperamento siempre fue su debilidad. Yo soy mucho más controlado.
—Estás loco si crees que volvería a trabajar para la Bratva.
La sonrisa de Ivan no flaquea. —Creo que no comprendes cuál es tu posición. Esto no es una negociación. Es una oportunidad. La única que vas a tener.
—Incluso si quisiera, no funcionaría. Alessandro nunca ha confiado en mí. Detectaría a una espía en un instante.
—¿Y Adriano? —rebate Ivan, con los ojos brillando de malicia—. ¿Él confía en ti, Eva? ¿Después de que le hayas mentido? Lo hace. Está tan encandilado que está ciego. Los hombres Dante siempre han tenido debilidad por los asuntos del corazón.
—No está ciego. A estas alturas ya saben que me has secuestrado. Si aparezco allí de nuevo milagrosamente, sabrán por qué.
Él descarta mi comentario con un gesto. —Eres una mujer astuta.
Lo has demostrado fingiendo tu muerte. Escapando de mis hombres.
Haciendo que Adriano te quiera a pesar de que todo en ti es una mentira.
—Me mira con fingida admiración—. Admiro tus habilidades.
¿Por qué no abrazas quién eres realmente? Trabaja conmigo.
La gente como Ivan da más miedo que su hermano.
Maksim siempre llevaba un aire de muerte a su alrededor.
Ivan actúa como si me estuviera cortejando para el trabajo perfecto.
Haciéndome un regalo. Oh, claro, sé que negarme significa la muerte, pero debo admitir que la calma con la que habla casi me arrulla hacia la complacencia.
—Dado mi pasado, no sé por qué confiarías en mí.
Él se encoge de hombros. —No fue a nosotros a quienes traicionaste.
Fue a los Dante. Primero dándonos información y luego marchándote.
Quiero decir, por supuesto que también nos dejaste a nosotros, pero el objetivo era escapar de Lorenzo, ¿verdad?
En serio, Eva, si hubieras acudido a nosotros, te habríamos ayudado. Y tu padre seguiría vivo.
Se inclina hacia delante, con los antebrazos apoyados en la mesa. —Así que ahora establecemos nuevos términos. Has demostrado tu valor infiltrándote en la familia Dante una vez. Hazlo de nuevo.
—No funcionará. Nunca volverán a confiar en mí.
—Oh, pero lo hacen. Adriano lo hace. Y eso es lo único que importa.
—Su sonrisa me recuerda a la del gato de Cheshire—.
Danos información sobre sus operaciones durante los próximos seis meses y serás libre.
Libre de verdad esta vez. Incluso te devolveré a tu hija y te ayudaré a desaparecer en una nueva vida.
Donde quieras. Con nuevas identidades y sin miedos a represalias de los Dante.
Las paredes parecen cerrarse sobre mí. Seis meses traicionando al hombre que amo, arriesgándome a que me descubran, viviendo con la certeza de que soy aquello que Adriano más desprecia.
La expresión de Ivan no cambia, pero sus ojos se vuelven gélidos. —Es la única manera de que salgas de aquí con vida.
¿Traicionar de nuevo al hombre que amo o perder la vida? La elección no es difícil, aunque me aterra.
—Prefiero morir antes que traicionarlo. Ya he hecho suficiente daño.
El rostro de Ivan se transforma ante mis ojos. Sus ojos se desorbitan, las venas pulsan en sus sienes mientras golpea la mesa con el puño, haciendo que las copas de cristal salten y el vino salpique. Se acabó el control.
—¡Eso se puede arreglar! —ruge.
Me sobresalto pero mantengo la mirada, negándome a acobardarme. Si este es mi fin, lo afrontaré.
Entonces, como si se hubiera accionado un interruptor, su expresión se suaviza. Se recuesta, tomando aire. Limpia el vino derramado con su servilleta.
—No —dice finalmente, con voz ahora calmada—. No te mataré todavía, Eva. Sería un desperdicio en esta etapa tan temprana.
La forma en que lo dice hace que el hielo me trepe por la columna.
Ivan me observa. —Aún tienes valor.
—¿De qué estás hablando?
Su sonrisa es escalofriante. —Adriano Dante es ferozmente protector con lo que considera suyo. Y a pesar de tus traiciones, todavía te considera suya.
Empiezo a comprender. —Vas a usarme como cebo.
—Chica lista. —Alarga la mano para tocarme la mejilla, y me cuesta todo mi autocontrol no retroceder—. El ejecutor de la familia Dante, lanzándose de cabeza al peligro para rescatar a la mujer que ama. Es casi poético.
—No vendrá solo —digo, intentando sonar segura—. Alessandro nunca lo permitiría...
—Alessandro no necesita dar su aprobación —interrumpe Ivan—. ¿Crees que Adriano esperará el permiso de su hermano cuando sepa que te tengo? ¿Cuando oiga lo que te estoy haciendo? —Sus dedos se aprietan en mi mandíbula—. Los hombres como él son predecibles en su caballerosidad. Será su perdición.
Sé que tiene razón. Adriano vendrá a por mí y caminará directo hacia la trampa de Ivan.