29. Adriano
ADRIANO
Camino por la trastienda del taller de Vito, observando cómo el mecánico suda mientras recita lo que sabe sobre los movimientos de la Bratva en su territorio.
Le tiemblan las manos manchadas de grasa. La mayoría de nuestros socios no se mean encima, pero Vito está en mi lista negra, así que tiene motivos para estar nervioso.
Por suerte para él, me creo lo que me está contando.
—Han estado usando la parte trasera del restaurante de Sokolov para sus reuniones —comparte—. Cuatro, tal vez cinco coches pasando después de medianoche, quedándose durante horas.
Asiento, grabando los detalles en mi memoria. —¿Y los cargamentos?
—Dos veces al mes. Siempre los martes.
—¿Qué has oído sobre su entrada en territorio Dante?
Traga saliva. —Han estado intentando entrar en Cavendale’s —dice refiriéndose a un club de caballeros—. Drogas y chicas. —Sus ojos se desvían hacia los dos hombres que me flanquean—. Por favor, señor Dante, se lo he dicho todo.
Le creo. Deslizo un sobre con dinero por la mesa y veo cómo el alivio inunda sus facciones. —Nunca nos has visto.
Por primera vez en mucho tiempo, siento que los astros se han alineado y mi vida va por el buen camino. No es que antes fuera mal, pero todo era trabajo. Con Eva y Mirabella, tengo todo lo que podría desear. Claro que esa pizca de duda sobre lo que ella oculta todavía me carcome por dentro.
Y se me da muy bien obtener información. Si entro en un establecimiento sin cita previa, la gente tiembla en sus botas.
Tengo fama de extraer siempre la información que necesito.
Y ahora mismo, necesito averiguar qué trama la Bratva.
Si pudiera entrar en su mundo y matarlos a todos, lo haría. Y entonces mi vida sería jodidamente perfecta.
No necesitaría saber por qué Ivan quería a Eva porque él estaría muerto.
Mi teléfono vibra en mi bolsillo.
Lo silencio.
Las interrupciones rompen la concentración, y la concentración nos mantiene vivos.
Pero vuelve a zumbar inmediatamente.
Luego una tercera vez.
Algo va mal.
Pido disculpas y salgo al callejón oscuro.
Tres llamadas perdidas del jefe de seguridad del complejo.
Se me encoge el estómago cuando devuelvo la llamada. —¿Qué pasa?
—Señor. —La voz del hombre está cargada de tensión—. Ha habido un ataque.
Se me hiela la sangre.
—Dos hombres caídos. La Bratva. Se han llevado a la señorita Santoro y a la niña, pero han dejado a la niña en la puerta.
Ya me estoy dirigiendo hacia mi coche con el teléfono pegado a la oreja. —¿Cómo cojones han entrado en el complejo?
Después de que la Bratva entrara para intentar matar a Luca y Katerina hace casi dos años, la seguridad ha sido impenetrable… bueno… excepto cuando Eva escapó.
—No han asaltado el complejo —explica—. Estaban en una clínica en Shore Road.
¿Qué cojones está pasando? —¿Mirabella? ¿Dónde está?
—La Bratva la ha dejado en la puerta principal hace quince minutos. Está con Sophia ahora, pero está aterrorizada. No deja de llorar.
No alcanzo a comprender lo que me está diciendo. —¿Qué ha pasado exactamente?
—Una emboscada en el aparcamiento del pediatra. Dos de nuestros hombres están heridos. Dos están muertos. Se han llevado a la señorita Santoro, pero han traído a la niña aquí.
Mi mente repasa las posibilidades, cada una peor que la anterior. —¿Ivan?
—Un testigo lo ha visto en el vehículo.
Mi cerebro va a mil por hora.
Se las han llevado a las dos, pero han traído a Mirabella a casa.
¿Lo ha organizado Eva o es que Ivan no quería las molestias de una niña?
—Quiero a todos los hombres disponibles buscándolas. Revisad cada propiedad conocida de la Bratva. Pedid favores, corred la voz por la calle. Quiero ubicaciones antes de una hora.
La rabia casi me ciega al imaginar el terror de Mirabella.
Solo tiene tres años.
No debería tener que soportar que la arranquen de los brazos de su madre.
Y Eva… ¿Qué le estarán haciendo ahora mismo?
Me salto todos los límites de velocidad en el trayecto de vuelta. Las puertas del complejo apenas se abren a tiempo cuando entro derrapando. Subo de dos en dos los escalones hacia la casa principal. Alguien de la Bratva va a morir esta noche. Más vale que sea Ivan.
—¿Dónde está Mirabella? —exijo en cuanto cruzo la puerta.
—Arriba con Sophia —dice Alessandro, saliendo de su despacho con expresión sombría—. Adriano…
No espero a escuchar cualquier juicio que tenga preparado. Subo las escaleras corriendo y sigo el sonido de los llantos ahogados hasta que llego a ella.
Mirabella está acurrucada contra el costado de Sophia, con su cuerpecito temblando.
Cuando me ve, se lanza a través de la habitación.
—¡Papi!
La atrapo, apretándola contra mi pecho, inhalando su aroma. Sus bracitos se envuelven alrededor de mi cuello.
—Estás a salvo. —Me siento en el borde de su cama y la mezo suavemente—. Ya te tengo.
Su cuerpo se sacude con sollozos entrecortados. —Los hombres malos se han llevado a mami.
—Lo sé, pequeña. —Le acaricio el pelo, luchando por mantenerme fuerte por ella—. Pero ya estás en casa.
Asiento hacia Sophia. —¿Qué ha pasado?
—Necesitaba un médico. —Sophia señala las medicinas en la mesilla de noche de Mirabella—. Una infección de oído. La farmacia acaba de traerlas.
Sigo sin asimilarlo del todo.
Tenemos un médico.
Pero también sé que cualquier decisión que se tomara para salir de la casa no fue tomada por ella.
Beso la frente de Mirabella y siento el calor de la fiebre. —Necesita descansar. —Hago ademán de acostarla en su cama.
—¡No! —Mirabella se aferra con más fuerza—. ¡No me dejes!
—Volveré enseguida, princesa. Sophia se quedará contigo hasta entonces.
Con cuidado, se la paso a Sophia en lugar de dejarla en la cama.
Ella sorbe por la nariz. —¿Vas a salvar a mami de los hombres malos?
—Sí. Te lo prometo. —Incluso mientras lo digo, sé que podría ser una mentira. Puede que Eva ya esté muerta, conociendo a Ivan. La Bratva no toma prisioneros con la intención de liberarlos.
Bajo rápidamente las escaleras y entro de golpe en el despacho de Alessandro, encontrándolo ya interrogando a los hombres supervivientes de la emboscada. Sus rostros están cenicientos y todavía se ve sangre en sus ropas.
—¿Qué demonios ha pasado? —Agarro a Nico, el único que podría haber dado el visto bueno para sacar a Eva y Mirabella del recinto, y lo empujo contra la pared—. ¿Por qué habéis salido del complejo? Sabíais que ella no debía ir a ninguna parte con mi hija.
A su favor hay que decir que no intenta apartarme. Lo acepta como si supiera que se lo merece. —La niña estaba ardiendo, señor. La señorita Santoro estaba desesperada. Insistió en que nuestro médico no estaba cualificado para tratar a una niña enferma.
—¿Te convenció ella o simplemente no seguiste las órdenes? —Mi voz baja peligrosamente de tono.
—Argumentó que usted querría los mejores cuidados para su hija.
—Suéltalo —me dice Alessandro.
Lo hago, porque entiendo que pensaran que yo aprobaría cualquier medida que tuviera que ver con la salud de Mirabella. Pero sigo cabreado. ¿Por qué nadie me llamó, por qué no consultaron conmigo?
Nico se alisa la camisa. —Llevamos a cuatro hombres. Mantuvimos el protocolo, incluyendo estar en la sala de consulta con la señorita Santoro, la niña y el médico. El médico confirmó que la niña tenía una infección de oído y fiebre. Organizamos la entrega de las medicinas.
—¿Y la emboscada? —insisto.
—Profesional. Esperando en el aparcamiento.
Me paso ambas manos por el pelo. —¿Cómo sabían que estaríais allí? —reflexiono en voz alta.
Alessandro se aclara la garganta y sé lo que va a decir antes de que pronuncie una palabra.
—Ella no lo haría —digo.
—No puedes descartarlo. ¿La niña se pone enferma, Eva insiste en salir del complejo y la Bratva casualmente está esperando?
—¿Estás diciendo que puso enferma a Mirabella para salir del complejo?
—No. Digo que lo usó como una oportunidad. De alguna manera, estableció contacto.
Nico niega con la cabeza. —No sé cómo, señor. No la perdí de vista ni un momento desde que salimos.
—Eva hizo creer a dos sindicatos del crimen organizado que estaba muerta. Escapó de la Bratva y de nosotros. Yo no subestimaría su capacidad para contactar con Ivan.
—¿Te estás escuchando? —De verdad que me entran ganas de pegarle a mi hermano—. ¿Por qué iba a contactar con la gente de la que ha estado huyendo hasta que la encontré? Y no hay forma de que arriesgara la vida de Mirabella.
—Pero no lo hizo. A ella la dejaron…
—¡Aceptando el puto tiroteo! —grito—. Dos hombres muertos. Esa podría haber sido mi hija.
—Señor —interrumpe Leo, otro de mis hombres, el que probablemente los llevó—. La niña estaba realmente enferma. Y la señorita Santoro intentó escapar, incluso peleó. No se fue por su propia voluntad.
Nico asiente, pero Alessandro sigue sin convencerse. —Entonces, ¿por qué devolver a la niña? Ivan no es conocido por su compasión. La única explicación es que ella hizo un trato. El regreso seguro de la niña a cambio de su cooperación.
Aprieto los puños y hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que le suelte uno en toda la cara a mi hermano. —Has estado esperando una excusa para condenarla desde que llegó.
—Y tú has estado cegado por tus sentimientos —rebate él—. La enfermedad le dio la oportunidad perfecta.
Quiero negarlo, pero la duda se desliza en mi interior.
Las constantes evasivas de Eva sobre la Bratva.
Su renuencia a explicar por qué la persiguen.
Los mensajes de texto. Ivan sabiendo que ella estaba en el médico.
¿Y si Alessandro tiene razón?
Hago una señal para que los hombres nos dejen solos.
Cuando se cierra la puerta, me encaro con mi hermano.
—Necesito gente en cada tapadera de la Bratva que conozcamos. Ya. —No solo mis hombres, sino también los suyos.
Alessandro arquea una ceja. —¿Para qué molestarse? Probablemente estén tomando notas de todo lo que Eva les esté contando sobre nuestras operaciones.
—¡Ella no sabe nada! —Golpeo su escritorio con el puño. No es su cara, pero ayuda a canalizar parte de mi furia—. No tiene nada que ofrecer a Ivan. Lo sabes. No ha visto ni oído nada de lo que ocurre en nuestros negocios.
Él se encoge de hombros. —Quizás. Quizás no. Es astuta, Adriano. Ya te ha engañado antes. Piensa con la cabeza, no con la polla.
—No la conoces.
—Tú tampoco. —Me mira con lástima—. Ese es el problema.
Me doy la vuelta, incapaz de afrontar la verdad en sus palabras. Porque bajo mi rabia arde el temor enfermizo de que pueda tener razón.
—Ivan la matará —digo.
—Sobreviviste la última vez que murió. Sobrevivirás de nuevo.
Algo en mi interior se rompe.
Mi puño impacta contra su mandíbula antes de que me dé cuenta de que me he movido.
Alessandro se tambalea hacia atrás, apoyándose contra el escritorio mientras la sangre gotea de su labio partido.
—No te atrevas a…
—Me lo merecía. —Alessandro se endereza, limpiándose la sangre de la boca—. Pero no creas que se te permitirá pegarme otra vez.
Nuestras miradas se cruzan en un enfrentamiento. Nos hemos peleado antes, como hacen los hermanos, pero nunca así. Jamás el ejecutor contra el Don.
—Voy a ir a por ella —digo finalmente—. Con o sin tu ayuda.
—¿Y si te lo prohíbo?
—Que te jodan. —Me dirijo hacia la puerta—. La familia lo es todo. Eso es lo que nos enseñó nuestro padre. Eva y Mirabella son mías.
Necesito planear cómo voy a salvar a Eva, pero mientras tanto, tengo que ver cómo está Mirabella.
Abro la puerta.
Sophia está sentada junto a la cama, refrescando la frente de Mirabella con un paño frío.
El rostro de mi hija está encendido por la fiebre, tiene los ojos enrojecidos de llorar.
—¿Cómo está mi princesa? —pregunto, manteniendo la voz suave.
El labio inferior de Mirabella tiembla. —Los hombres malos se han llevado a mami.
Asiento hacia Sophia, que sale silenciosamente de la habitación. Ocupando su lugar, retiro el pelo húmedo de la frente de Mirabella. —Lo sé, pero voy a traerla de vuelta.
Nuevas lágrimas caen por sus mejillas. —Van a hacerle daño como se lo hicieron al nonno.
¿Su nonno? Me doy cuenta de que Mirabella puede tener información que me ayude a entender qué quiere Ivan y tal vez cómo puedo salvar a Eva.
Sin embargo, me parece mal buscar respuestas en una niña de tres años.
Pero si alguien sabe de qué ha estado huyendo Eva, es la única persona que ha estado con ella estos últimos tres años.
—¿Tu abuelo? ¿El padre de tu mami?
Ella asiente, abrazando su unicornio de peluche. —Mami dijo que hicieron que se fuera para siempre. —Se encoge más, como si intentara esconderse de lo que sabe—. Fueron malos con él.
Trato de atar cabos. Eva desapareció y, no mucho después, su padre apareció muerto.
—¿Sabes por qué los hombres malos quieren a tu mami?
Ella niega con la cabeza. —No me gustan.
—A mí tampoco. —Debería parar. Probablemente la estoy traumatizando. Además de un fondo para la universidad, voy a tener que ahorrar para pagarle psicólogos de por vida.
—Hacen que mami diga cosas.
—¿Que diga cosas? ¿Como qué?
Ella sorbe por la nariz. —Sobre ti.
Algo frío se asienta en mi estómago. ¿Le está dando Eva información sobre mí a la Bratva? ¿Sobre mi familia?
—¿Mami les contó cosas sobre mí?
Ella se encoge de hombros. —Les dijo que me dejaran ir.
Podría interpretar eso de muchas maneras.
En el pasado, Eva siempre ha tenido a Mirabella con ella.
Esta vez, hizo que trajeran a Mirabella a casa.
¿Fingió que tenía información para salvar a su hija?
¿O lo organizó de antemano como sospecha Alessandro, pero solo a condición de que Mirabella se quedara fuera de ello, sabiendo que estaría más segura conmigo que con Ivan?
—Mami dijo «rayo de sol».
Frunzo el ceño. —¿Qué significa eso?
—Es una palabra especial. Tengo que correr.
Cierro los ojos al darme cuenta de hasta qué punto ha llegado Eva para mantenerse alejada de la Bratva y de nosotros. Cómo ha criado a Mirabella para actuar en situaciones peligrosas.
—¿Cuándo vendrá mami a casa?
Le doy un beso en la frente. —Pronto, princesa.
Mientras Mirabella se queda dormida, las piezas empiezan a moverse en mi mente, pero no consigo que encajen.
Una cosa es segura.
Cuando traiga a Eva a casa, no dudaré en descubrir la verdad. No puedo permitirme que Ivan vaya un paso por delante de mí.
Ni que mi hija tenga que vivir siguiendo palabras clave para estar a salvo.