El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 9. Adriano
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9. Adriano

ADRIANO

Empujo a Eva contra la pared, inmovilizándola con mi cuerpo mientras profundizo el beso.

Sabe exactamente como recuerdo, dulce con un toque de especia. Su suave jadeo vibra contra mis labios, avivando el fuego que me recorre las venas.

Mis manos encuentran su cintura y luego bajan más, aferrando sus caderas de forma posesiva. Cuatro años creyendo que estaba muerta, llorando lo que pudo haber sido, y ahora está aquí, real y cálida bajo mi tacto.

Dejo un rastro de besos por su cuello, aspirando su aroma mientras ella se arquea contra mí. Cuando me tira de la camisa, gruño en lo profundo de mi garganta.

El pasillo está demasiado expuesto. Podría pasar cualquiera: un guardia, mi hermano, un sirviente. Y necesito privacidad para lo que planeo hacerle.

Quiero devorarla entera, reclamar todo lo que me fue robado. La marcaré, la herraré, le recordaré que siempre fue mía.

Sujetaré sus muñecas por encima de su cabeza, veré cómo sus ojos se nublan de deseo mientras me tomo mi tiempo para follármela con una lentitud tortuosa, haciendo que me suplique antes de darle lo que ambos necesitamos.

La adoraré hasta que olvide que alguien más que yo ha llegado a tocarla.

Hasta que no pueda recordar por qué se fue.

Pero bajo este hambre voraz arde algo más profundo. Quiero castigarla por haberse ido, por ocultar a nuestra hija. Por romper al hombre que yo solía ser.

Me aparto de repente, el oxígeno me sube a la cabeza al romper el beso. Los ojos de Eva están muy abiertos, sus labios aún entreabiertos, la confusión cruzando su rostro.

¿Qué demonios estoy haciendo?

El calor de su tacto todavía arde en mi piel, pero ahora me inundan emociones más frías. Traición. Ira. Cuatro años de un duelo que no debería haber existido.

—¿Adriano? —Su voz es suave, insegura.

Doy un paso atrás, marcando distancias entre nosotros.—No.

Ella me dejó. Me hizo creer que estaba muerta. Me dejó llorarla mientras ella estaba por ahí, en algún lugar, criando a mi hija sin mí. Mi hija, que ni siquiera sabe que existo.

—Esto ha sido un error —digo.

—Lo siento. —En este momento, creo que lo siente, pero no voy a morder el anzuelo.

—¿Lo sientes? ¿De qué parte te arrepientes, Eva? ¿De la parte en la que fingiste tu muerte? ¿O quizá de la parte en la que me ocultaste a mi hija durante tres años?

Su expresión decae.—No tuve elección.

—Siempre hay una elección. —Mi voz es ahora dura como el acero—. Elegiste huir de mí. Seguirías huyendo si no te hubiera encontrado. Joder, huirías de mí ahora mismo si pudieras. —Eso también escuece. Después de todo, volvería a escabullirse.

Niego con la cabeza, retrocediendo más. El pulso me retumba en los oídos mientras reconstruyo los muros que empezaron a desmoronarse con un solo beso.

—Yo no quería⁠⁠—

—No puedo hacer esto, Eva. ¿Tienes idea de lo que me pasó cuando me enteré de que habías muerto?

Ella intenta alcanzarme, pero levanto una mano para detenerla.

—Te lloré. —Odio darle tanto poder sobre mí—. Seguí cada pista, torturé a cualquiera que pudiera tener información sobre lo que te ocurrió.

—Adriano—

Suelto una risa despectiva al darme cuenta de que mis sentimientos eran más fuertes que los suyos. Qué imbécil.—No permitiré que me atrape de nuevo lo que sea que es esto. Pero no te equivoques, no voy a perderme ni un solo día más como padre de Mirabella.

Se yergue, poniéndose a la defensiva.—Tu padre me echó. Me amenazó con matarme a mí y a nuestro bebé.

—¿Y no pudiste confiar en mí lo suficiente como para decírmelo? ¿Para dejar que te protegiera?

Sus hombros se hunden, la combatividad la abandona tan rápido como llegó—. Era joven y estaba asustada. Entiendo cómo te sientes. Yo también estaría furiosa. Y lo cierto es que no soy la misma mujer que conociste.

Estudio su rostro y veo un recelo que antes no estaba ahí.

Ahora es más dura, más precavida.

Hay algo afilado en ella ahora.

Huir y luchar por sobrevivir le hace eso a una persona.

Pero entonces se muerde el labio, un gesto tan familiar que me corta la respiración.

Y sé que se equivoca.

La mujer de la que me enamoré sigue ahí, y por eso tengo que tener cuidado.

Porque si no... volveré a caer.

De forma dura, rápida y total.

Igual que antes.

Asiento con aspereza.—Descansa un poco. Hablaremos más mañana.

Necesito salir de aquí antes de hacer otra cosa de la que me arrepienta, como volver a estrecharla entre mis brazos y fingir que nada de esto ha pasado.

Me doy la vuelta y me dirijo a mi habitación, mirando atrás solo cuando oigo el clic de su puerta al cerrarse.

Esa mujer tiene el poder de volver a destruirme.

Entro en mi dormitorio odiando que el sabor de ella permanezca en mis labios, haciéndome desear terminar lo que había empezado.

Joder.

Me quito la chaqueta, lanzándola sobre una silla, luego saco mi pistola de la funda y la dejo en la mesilla de noche.

Me tiemblan las manos.

Yo, Adriano Dante, el hombre que ha matado sin parpadear, que ha torturado sin remordimientos, temblando como un adolescente enamorado.

La ducha me reclama.

Quizá pueda lavarla y borrarla de mí.

El agua caliente golpea mi piel.

Cierro los ojos, dejando que la cabeza caiga hacia adelante mientras mis manos se apoyan contra la pared de azulejos.

Eva está viva.

No solo viva, sino aquí, bajo mi techo.

Eva con mi hija.

Tengo una hija.

Mirabella.

Tres años.

Tres malditos años que me he perdido.

Primeros pasos.

Primeras palabras.

Cumpleaños.

La ira regresa y me ofrece algo de consuelo. Es una emoción que conozco bien. He construido mi vida en torno a ella desde que Eva «murió».

Dejé que me consumiera, que me remodelara en algo más duro, más oscuro, más cruel.

A esto es a lo que tengo que aferrarme. No puedo dejar que se me meta bajo la piel, en el corazón.

Pero incluso mientras pienso eso, el recuerdo del beso de Eva se abre paso. La suavidad de sus labios, el pequeño jadeo que soltó cuando la empujé contra la puerta.

Lo perfectamente que sigue encajando contra mí, como si hubiera sido hecha solo para mis manos.

La sangre me arde, bajando rauda hacia mi polla.

—Maldita sea —gruño, golpeando la pared con la palma de la mano.

Estoy duro. Lo estoy desde que la besé, si soy sincero.

La rabia y el deseo se retuercen en algo peligroso, algo en lo que no debería complacerme.

Pero ahora estoy solo.

Mi mano baja, envolviendo mi miembro mientras vuelvo a cerrar los ojos.

En mi mente, Eva no se está alejando.

Está aquí, en esta ducha conmigo, su cuerpo desnudo apretado contra el mío mientras el agua se desliza entre nosotros.

Me acaricio lentamente al principio, recordando el sabor de su cuello, su tacto bajo mis manos. En mi fantasía, la levanto contra la pared de la ducha, con sus piernas rodeándome la cintura mientras la penetro. Está estrecha y empapada para mí.

Mis movimientos se aceleran al imaginar sus uñas clavándose en mis hombros, su cabeza echada hacia atrás por el placer hasta que grita mi nombre.

La fantasía cambia.

Está de rodillas, mi polla deslizándose entre sus labios.

Mi respiración se vuelve más rápida, mi mano trabaja ahora con furia.

En mi mente, me la estoy follando por la boca, susurrándole guarradas.

—Joder —gimo mientras la presión aumenta. Estoy cerca, tan cerca⁠⁠—

Me corro con el nombre de Eva en mis labios, mi semen desapareciendo por el desagüe. Durante un momento, me quedo jadeando.

Entonces la realidad regresa de golpe.

Eva ya no es mía, puede que nunca lo fuera de verdad.

Cierro el agua con un giro violento.

La fantasía se desvanece, dejando solo la verdad.

Eva dejó que creyera que estaba muerta.

Me ocultó a mi hija durante años.

Lo que sea que tuviéramos se ha ido.

Pero Mirabella es de mi sangre.

Mi hija.

Y nadie, ni siquiera su madre, me la volverá a quitar.