El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 1. Eva
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El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3)

El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3)

Por Ajme Williams

© inepub.com

1. Eva

EVA

No crecí queriendo ser una madre soltera fugitiva. Pero se ha convertido en mi vida durante los últimos cuatro años.

Acuno a Mirabella, mi hija de tres años, contra mi pecho mientras se queda dormida en mi cama.

Mis ojos se dirigen a la ventana por centésima vez esta noche.

Las cortinas siguen echadas, como siempre, pero imagino ojos escudriñando a través de las estrechas rendijas, dándonos caza.

No hay ninguna razón específica para pensar que alguien está vigilando. No he visto ni oído nada esta noche.

Pero mi vida ahora exige que asuma que siempre hay alguien acechando.

Es lo que me ha mantenido con vida durante los últimos cuatro años, y especialmente en las últimas semanas desde que la Bratva me encontró.

Mirabella se agita contra mí.

Mi niña preciosa.

Tan inocente.

A veces pienso que debería haberla dado en adopción. No se merece vivir así, huyendo del peligro.

Pero no he podido dejarla marchar. Ella es lo único que da sentido a mi vida. Es el vínculo con la única época de mi vida en la que fui feliz, a la vez que es el recordatorio de aquello a lo que renuncié.

Adriano.

Su rostro se materializa en mi mente. El endurecido ejecutor de la familia Dante que, de alguna manera, se ablandaba cuando estaba a solas conmigo.

Recuerdo sus manos fuertes, pero delicadas, cuando me sostenían, y la forma en que su cuerpo se curvaba protectoramente alrededor del mío.

El recuerdo es dulce hasta que recuerdo que yo soy la culpable de todo. Si supiera lo que he hecho, cómo he mentido, la seguridad sería lo último que me ofrecería ahora.

Conocería toda su ira, la devastación total de la que es capaz.

Pienso en mi padre y en lo sencillas que eran nuestras vidas hasta que llegó la Bratva. Para salvarlo, tuve que hacer lo impensable.

En aquel momento, conocía el peligro pero estaba dispuesta a arriesgarme por mi padre. Pero Adriano lo complicó todo. Al final, perdí a mi padre... perdí a Adriano... lo perdí todo, excepto a mi dulce Mirabella.

Un suave crujido rompe el silencio.

Mi cuerpo se queda petrificado. No ha sido el asentamiento del edificio. Ni el viento. No. Ha sido la puerta del apartamento.

Hay alguien dentro.

Sujeto a Mirabella con más fuerza, su pequeño cuerpo está cálido contra el mío mientras mis pulsaciones se disparan.

Otro crujido, ahora más cerca, seguido del inconfundible sonido de unos pasos cautelosos.

Mis ojos recorren los rincones oscuros de la habitación, buscando rutas de escape, pero no hay ninguna. Me levanto de la cama, ladeando el cuerpo para proteger a Mirabella mientras me dirijo al armario.

Los pasos se detienen. Una tabla del suelo gime bajo un peso que se desplaza.

Presiono mis labios contra el pelo de Mirabella, inhalando su dulce aroma. Si es el final, si nos han encontrado, moriré antes de que dejen que la toquen.

El intruso se mueve de nuevo, acercándose más.

Mirabella se remueve.

—Quédate callada, cielo —susurro, llevándola al interior del armario—. Como nuestro juego secreto, ¿te acuerdas?

Mirabella asiente, con los ojos muy abiertos en la oscuridad. El armario huele a naftalina. La escondo detrás de una fila de ropa colgada, con mi mano demorándose en su mejilla.

—Tenemos que estar muy calladitas ahora. No te muevas a menos que diga la palabra especial.

—Rayo de sol —susurra ella, y el corazón se me rompe porque a sus tres años esté sometida a esto. La culpa es aplastante.

—Eso es. —Le planto un beso en la frente—. No hasta que oigas «rayo de sol».

Los pasos se vuelven más fuertes mientras cierro la puerta corredera, sabiendo que es demasiado poco para salvarnos.

Mi única salvación es que no le tiene miedo a la oscuridad.

—Sal, pajarillo. —La voz suena cantarina por el apartamento—. El juego se ha acabado.

El hielo inunda mis venas.

—Tu padre murió gritando tu nombre, Eva. O quizá maldiciéndolo. Le fallaste. Nos fallaste a todos.

Mirabella se estremece contra mí. Presiono mi mano suavemente sobre su boca.

—Y nadie para salvarte. Todo el mundo cree que estás muerta. Pero yo sé que no es así. —Sus pasos se detienen, luego continúan hacia nosotras.

La puerta del armario se abre de golpe.

La luz entra a raudales mientras Mirabella grita. Mi mano encuentra el cuchillo que me dio Adriano, atado a mi tobillo.

Me abalanzo sobre él, empujándolo hacia atrás. —¡Corre! —le grito a Mirabella.

La mano del hombre se cierra alrededor de mi muñeca mientras lanzo un tajo hacia arriba. El cuchillo alcanza algo y él sisea.

—Perra.

Su puño impacta contra mi mandíbula. Estrellas estallan en mi visión mientras retrocedo tambaleante, pero el cuchillo sigue aferrado en mi puño.

Viene a por mí de nuevo. Esta vez estoy preparada. Esquivo hacia la izquierda y luego clavo la hoja profundamente en su costado. El sonido es terrible.

Sus manos se aferran a mi garganta, apretando. Giro el cuchillo y la sangre caliente me mancha los dedos mientras él aúlla. Su agarre se afloja lo justo para que yo logre soltarme.

—¡Mirabella, corre! —grito, alejándolo de una patada.

Tropieza hacia atrás, con el cuchillo todavía enterrado hasta la empuñadura. Su mano toca la herida con algo parecido a la sorpresa. No sé por qué. No es el primero que viene. No es el primero al que he tenido que matar.

Los ojos del hombre vuelven a encontrarse con los míos, llenos de odio. —Os encontrarán. A las dos.

Retrocedo hacia la puerta, sin quitarle ojo de encima. —Llevan años intentándolo.

Su risa se convierte en una tos húmeda. —No así. Él no.

Un escalofrío me recorre la espalda, preguntándome quién es él. ¿Maksim? O tal vez Adriano se ha enterado de la verdad.

—Y la niña... la dulce niña. Oh, las cosas que le harán.

Me lanzo contra él, con un grito primigenio desgarrando mi garganta. Choco contra él y caemos contra la pared. La sangre se restriega por el papel pintado descolorido.

—No la tocarás. —Mis manos arañan su rostro.

Él gira, estampándome contra el marco de la puerta. El dolor estalla en mi espalda, pero lo ignoro, impulsándome y arremetiendo contra él de nuevo.

Los dedos del hombre se enredan en mi pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás.

Clavo el codo en su costado herido, sintiendo el cuchillo desplazarse más profundamente. Su aullido reverbera por el apartamento mientras retrocede tambaleándose.

—¿Quién te envía? —exijo.

La sangre burbujea en sus labios. —Tú ya sabes quién.

Golpeo con la palma de la mano su garganta, recordando a Adriano enseñándome este movimiento hace años.

—¿Los rusos o los Dante?

Su respuesta es una risa borboteante que me salpica la cara de carmesí.

Veo mi oportunidad.

Abalanzándome hacia delante, agarro el mango del cuchillo y lo giro. Sus ojos se desorbitan. La victoria me inunda mientras él cae contra la pared.

Por un momento me siento triunfante, pero no puedo regodearme en ello. Tengo que salvar a Mirabella y huir de nuevo.

Su mano sale disparada, agarrando mi garganta y apretando hasta que temo que me arranque la cabeza.

He subestimado su fuerza, su determinación. Puntos negros bailan en mi visión mientras sus dedos se cierran.

—¡Mamá! —la voz de Mirabella corta el caos, y el pánico me invade al darme cuenta de que sigue aquí, no en la escalera de incendios donde debería estar.

Mi corazón se detiene. Corre, cariño. Corre.

Los labios del hombre se curvan en una sonrisa sangrienta. Sabe que ha ganado. Incluso mientras se desangra, ha cumplido su misión. Me está matando a mí también.

Con una fuerza desesperada, golpeo con el talón de mi mano su cara.

El cartílago cruje bajo el impacto.

Su agarre se afloja lo justo para que me libere bruscamente, jadeando mientras el aire inunda mi garganta.

—¡Mirabella, corre! ¡Rayo de sol! —logro articular—, ¡rayo de sol, Mirabella!

Me muevo hacia ella, pero su pie sale disparado y me hace tropezar. Caigo de bruces, mi barbilla golpea el suelo y se me raja la piel.

El sabor de la sangre llena mi boca.

Mi hija se queda petrificada en el umbral de la puerta, con los ojos muy abiertos por el terror.

—Rayo de sol. ¡Rayo de sol, Mirabella!

El reconocimiento cruza su rostro.

Nuestra señal de escape. Se da la vuelta y desaparece en el pasillo oscuro, sus pasos resuenan hacia las escaleras traseras.

El alivio me atraviesa justo cuando el hombre me arrastra hacia atrás por el tobillo. Al menos ella está corriendo. Al menos sabe que tiene que buscar a la señora Petrescu abajo, que la esconderá hasta que yo vaya o le encontrará un hogar seguro si no lo hago.

Esta noche, puede que pierda esta batalla.

Este podría ser el lugar donde muera.

Después de todos estos años huyendo, luchando, protegiéndola, este podría ser el momento en que Mirabella se quede verdaderamente sola.

Imágenes de ella inundan mi mente.

Dando sus primeros pasos.

Su carácter dulce a pesar del caos de su vida. Su sonrisa, tan parecida a la de Adriano, me rompe el corazón.

¿Se acordará de mí?

¿O me convertiré en una figura borrosa, perdida en el tiempo y el trauma?

Mi visión se oscurece mientras el hombre me voltea sobre mi espalda, con sus manos regresando a mi garganta.

Lucho, arañando y retorciéndome, pero mis fuerzas se desvanecen.

Intento alcanzar el cuchillo, pero ya no está; ha salido despedido en nuestra pelea.

—¡Mamá! —el grito aterrorizado de Mirabella resuena desde algún lugar.

¿Alguien la ha atrapado?

¿Está pidiendo ayuda o...?

La oscuridad se cierne sobre mí y no puedo detenerla. Me arden los pulmones. La sangre se acumula, resbaladiza y cálida, pero no estoy segura de si es suya o mía.

Mi cuerpo se vuelve pesado, deja de responder.

Mirabella. Tengo que llegar hasta Mirabella.

Lo último que oigo es a Mirabella gritando, el sonido se debilita a medida que pierdo el conocimiento.

Lo siento, mi amor. Siento haberte fallado.

Los bordes de mi mundo se vuelven grises, y luego negros.