El ejecutor de la montaña (Serie Guardabosques de Alaska, Libro 1 nº 6) CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

JONAS

¿Pero qué cojones está pasando aquí?

Mi mente daba vueltas sin control, hundiéndose en un torbellino oscuro y caótico. ¿Cómo coño había acabado en esta situación?

La observé mientras masticaba, intentando encajar las piezas de lo que acababa de decir.

¿Qué quería decir con que no solía salir con nadie? ¿Cómo era posible que no tuviera ningún ex? ¿En serio me estaba diciendo que nunca había estado con un tío?

¿Y por qué se había reído así cuando le pregunté si Seth era el que le había quitado la virginidad? ¿Se reía porque me había equivocado de nombre... o porque, hasta anoche, en realidad era virgen?

El pánico me arañaba la garganta con saña. Iba a perder la puta cabeza. Cada segundo que pasaba me hundía más y más en un pantano de mis propias mentiras. Había sido un completo idiota, y ahora no había vuelta atrás. No había salida limpia.

¿Cómo iba a decírselo ahora? Justo después de que se quedara ahí sentada, prácticamente radiante, diciendo que esperaba no haber hecho nada malo.

¿Se suponía que tenía que aclararme la garganta y soltar: «Ah, por cierto, en realidad te me tiraste encima, me cabalgaste como una loca, y sí, perdona si perdiste la virginidad anoche y se me olvidó mencionarlo»?

Joder, necesitaba aire fresco antes de que me reventaran los pulmones.

Empujé la silla hacia atrás, las patas de madera raspando bruscamente contra el suelo mientras me levantaba. Agarré los cuencos vacíos y los tiré al fregadero con las manos temblándome ligeramente.

—Muy bien. Va a oscurecer en dos horas —dije de espaldas a ella, forzando la voz para que sonara firme—. Si quieres sacar esas fotos, tenemos que irnos ya.

Necesitaba despejarme, respirar el aire fresco y encontrar la manera de decirle la verdad, de poner por fin todas las cartas sobre la mesa.

A menos que... quizá ocurriera un milagro.

Quizá la memoria le fuera volviendo por el camino.

Si eso pasaba, no tendría que decir ni una palabra.

Arreglaríamos su quad, ella se largaría hacia el atardecer y yo podría dejar atrás todo este caos y volver a mi vida tranquila y apacible con mis cultivos.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, Leah soltó un chillido de pura alegría. Antes de que pudiera siquiera prepararme, se levantó de un salto de la silla, me rodeó el cuello con los brazos y me plantó un beso fuerte y entusiasta en la mejilla.

—¡Dios mío! ¡Eres literalmente el mejor hombre de la montaña que he conocido en mi vida!

Me quedé completamente rígido. El repentino aroma de su piel y el peso suave y cálido de su cuerpo pegado al mío me golpearon los sentidos como un tren de mercancías.

En un instante, todos los recuerdos de la noche anterior afloraron a la superficie con una claridad aterradora.

Ahí abajo, mi cuerpo me traicionó de inmediato: la polla reaccionó con un tirón agudo de reconocimiento, y una nueva oleada ardiente de pura vergüenza y culpa me invadió.

Levanté las manos rápidamente e intenté apartarla con suavidad para poner algo de distancia entre nosotros.

—No hace falta que me des las gracias —gruñí con la garganta tensa, luchando contra la vergüenza—. Solo... solo quiero acabar con esta locura de una vez. Me refiero a... lo ilegal. Solo quiero quitármelo de encima de una vez por todas.

Leah no se dejó apartar tan fácilmente. Se limitó a reírse, completamente despreocupada, y me enganchó el brazo con fuerza mientras prácticamente me arrastraba hacia la puerta principal.

—Confía en mí, cuando publique mi artículo, te lo voy a dedicar —sonrió y me lanzó una mirada deslumbrante y traviesa por encima del hombro—. Al hombre de la montaña más gruñón que he conocido.

Puse los ojos en blanco y solté un suspiro pesado y derrotado mientras ella me arrastraba hacia el aire frío.

No me lo podía creer. Era un cobarde de mierda por no haberla detenido ahí mismo, por no haber parado todo este circo surrealista y contarle lo que había pasado de verdad en mi cama la noche anterior.

—Vale. Dame las putas coordenadas —refunfuñé, poniendo la voz más gruñona que pude para enmascarar el caos rugiente que tenía en el pecho.

Leah sacó el móvil y me las leyó. Comprobé rápidamente la ubicación en el mapa y gruñí en respuesta. —Muy bien, no está lejos. Tardaremos unos quince minutos en quad, si conduzco yo.

Soltó una carcajada fuerte y luminosa, claramente encantada con mi tono seco. Puse los ojos en blanco con ganas, intentando dejar clara mi postura.

—No estoy bromeando.

Antes de que pudiera decir nada más, ya estaba cojeando hacia la puerta principal tan rápido como la pierna lesionada se lo permitía. Para cuando salí, ya se había encaramado al asiento trasero de mi quad, con cara de satisfacción absoluta.

—No vamos a ninguna parte sin casco —ladré, y me crucé de brazos.

Soltó un suspiro dramático, cojeó de vuelta adentro a por el casco y volvió al quad a trompicones, esta vez con la cámara bien agarrada en una mano.

Tragué saliva con fuerza, me subí al asiento del conductor y arranqué el motor. Pero había un detalle crucial que no había tenido en cuenta en mi brillante plan: en cuanto nos pusimos en marcha, Leah me rodeó la cintura con ambos brazos.

Mierda.

Fue como una chispa en un polvorín. Su pecho pegado a mi espalda me envió una descarga de calor eléctrico por toda la columna.

Una vez más, mi cuerpo me traicionó por completo.

La mezcla constante y agonizante de culpa y deseo volvió a cobrar vida, y en cuestión de segundos los vaqueros me quedaban demasiado apretados.

Ir sentado en un quad vibrando con un empalmón descomunal era una tortura absoluta.

Pensé que salir al aire helado me despejaría, pero acababa de meterme un gol en propia puerta. En lugar de alejarme de ella, ahora estaba atrapado en la mayor proximidad física imaginable.

Agarré el manillar hasta que se me pusieron los nudillos blancos, contando los minutos en silencio.

Diez minutos más. Solo diez minutos.

Lo único que ella necesitaba era sacar unas cuantas fotos estúpidas. Luego pondríamos en marcha su quad, se largaría para siempre y yo por fin podría volver a mi vida normal y tranquila, donde la única compañera sexual de la que tenía que preocuparme era mi propia puñetera mano.