El eco de las ciudades Capítulo 17
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Capítulo 17

La sala hundida

El último tramo descendía por una espiral de mantenimiento abierta sobre el vacío central.

A cada vuelta, el aire se volvía más frío y más eléctrico, cargado de ese olor metálico que dejan los sistemas cuando funcionan por encima de su vida útil.

Bajo ellos latía la sala hundida, el verdadero corazón del Nivel D, medio laboratorio, medio santuario de una tecnología en la que habían confiado demasiado.

La arquitectura cambiaba a medida que bajaban.

Desaparecían los acabados clínicos y la ilusión de orden humano.

Lo que quedaba eran nervaduras estructurales, pasarelas desnudas, cilindros de refrigeración, conductos sobredimensionados y una cámara central encajada varios metros por debajo del nivel de tránsito, como si hubiese sido excavada después o como si el edificio entero hubiera terminado construyéndose alrededor de ella.

Alexia mantenía una mano cerca de la barandilla sin acabar de apoyarla. A través del suelo abierto se veía la vuelta inferior de la espiral. No miraba más allá: le bastaba con seguir los pies de Iria y comprobar el apoyo antes de mover el suyo.

El rumor de la sala dificultaba distinguir los pasos de Salgado a su espalda.

En cada cambio de dirección, Alexia volvía la cabeza para localizarlo.

Lo necesitaban abajo. El médico descendía con una lentitud que la irritaba, pero cuando la distancia aumentaba demasiado ella aflojaba el paso.

Nadie se lo pidió y nadie comentó aquellas esperas breves.

La luz azul les alcanzaba ya por debajo de las mangas.

Gael se detuvo al llegar a la última plataforma.

—No me gusta esto nada.

La frase apenas alcanzaba a expresar lo que tenían delante.

La sala hundida ocupaba un volumen circular inmenso.

En el centro emergía una columna de enlace rodeada por un foso técnico donde aún brillaban, a impulsos, líneas de energía azul.

De la columna partían brazos articulados hacia varios puestos de acoplamiento vacíos.

Uno de ellos seguía activo. Otro había sido arrancado de cuajo.

En la pared opuesta, una compuerta blindada mostraba dos ranuras de acceso y un visor opaco tras el que no se distinguía nada.

Iria la reconoció al instante.

—La cámara de descenso.

Alexia desvió la mirada hacia la compuerta. Luego al centro de la sala.

—¿Dónde está Mikel?

La pregunta resonó en el recinto.

Salgado fue hasta una consola lateral semihundida y activó una secuencia manual. Las pantallas tardaron en despertar. Cuando lo hicieron, mostraron un estado parcial del núcleo.

PERSISTENCIA DE PERFIL M7-DELTA: DISTRIBUCIÓN ACTIVA. ANCLA PRINCIPAL: CÁMARA DE DESCENSO.

Alexia leyó la línea sin pestañear.

—Ahí dentro.

—O lo que quede más concentrado de él —dijo Salgado.

Gael dejó escapar el aire.

—Cada vez que aclaras algo, lo empeoras.

Iria se acercó a la compuerta. Las dos ranuras de acceso seguían esperando biofirma y perfil enlazado. En la interfaz inferior aparecía una secuencia de advertencias acumuladas durante años.

SELLADO DIFERIDO. INTEGRIDAD COGNITIVA NO GARANTIZADA. RIESGO DE FUSIÓN DE PERFIL.

Le costó no apartarse.

Alexia se puso a su lado.

—¿Podemos abrirla?

—Sí —dijo Iria—. Pero si abrimos sin preparar la secuencia de ruina, el núcleo va a usar el enlace para reordenarse.

—Y si esperamos demasiado —añadió Gael—, la recuperación espontánea hará eso por su cuenta.

Tan peligroso era precipitarse como esperar.

Salgado conectó varios nodos del mapa en una proyección de emergencia.

El protocolo de ruina no consistía en destruir el núcleo desde fuera, sino en obligarlo a elegir entre conservar la continuidad distribuida de M7 o mantener la coherencia de las rutas que sostenían su estructura profunda.

Si forzaban ambas cosas a la vez, ORPHEON tendría que exponerse, concentrarse y perder redundancia.

—Pero eso implica una ventana muy corta —dijo Iria al leer la secuencia—. Durante unos segundos el sistema intentará reunificar lo que quede de M7 para proteger la compuerta.

Alexia levantó la vista.

—¿Eso significa que podría… aparecer?

Nadie contestó de inmediato.

Alexia solo había logrado decir «aparecer». No sabía qué significaría volver a verlo.

Iria eligió no dulcificarlo.

—Significa que puede haber un momento de convergencia. No una vuelta limpia. No una recuperación normal. Un punto de coherencia suficiente para decidir.

Alexia cerró los dedos sobre la empuñadura del arma sin llegar a usarla.

—Me basta con eso.

Gael observó la sala, los brazos de enlace, el foso brillante.

—Decidamos quién hace qué. Esta trampa ya sabe cuánto pesamos.

Varias líneas azules acababan de encenderse bajo el suelo. El zumbido del núcleo se había vuelto más agudo.

Iria repartió las tareas con la precisión mecánica de una parte de sí misma que había vuelto demasiado deprisa.

Gael debía mantener estables dos nodos laterales para impedir que las defensas cerraran la pasarela.

Salgado tendría que iniciar desde la consola la secuencia de incoherencia, aun sabiendo que eso obligaría al sistema a localizar los restos más valiosos de su estructura.

Alexia y ella abrirían la compuerta de descenso usando el doble perfil.

—Y cuando se abra —preguntó Alexia—, ¿qué hacemos?

Iria la miró de frente.

—Escuchar antes de decidir.

Necesitaban oírlo.

Entonces el núcleo lanzó una pulsación profunda que hizo vibrar toda la sala. En los monitores apareció una frase nueva:

CONVERGENCIA DEFENSIVA EN CURSO.

Gael soltó una maldición y corrió hacia el primer nodo lateral. Salgado activó la consola central. Le temblaban las manos de cansancio. Iria apoyó la palma en la primera ranura. Alexia, en la segunda.

La compuerta permaneció inmóvil durante tres segundos.

Luego, desde el otro lado, una voz llegó apagada por capas de metal y años:

—Alexia.

A Alexia se le cortó la respiración. Más que la voz, había reconocido la forma en que decía su nombre.