Epílogo #2
—Lo siento mucho, Laia, sé lo unida que estaba a él… —Me hace una caricia en el hombro—. Mañana será el entierro. Su familia quiere que sea en Porto do Son, en el panteón familiar. —Escucho todo como si estuviera dentro de un barreño bajo el agua.
—Pero es imposible, no puede ser… ¡Nooo!
Lloro con un lamento desgarrador, no encuentro consuelo. Me siento desplazada de mi cuerpo, como si no perteneciese a este mundo. Aroa escucha mi lamento y entra en la habitación para abrazarme.
—Lo siento, cariño —me habla al oído en un tono suave—. No queríamos decirte nada hasta que estuvieras recuperada en casa, pero Limán se ha ido de la lengua porque no sabía lo tuyo con Tristán.
En ese momento mi vida se desdibuja, definir mi dolor con palabras está lejos de cualquier descripción acertada.
Lloro durante horas. Intento recomponerme cuando me dan el alta, pero me cuesta.
Lo único que me alivia es reunirme con Gael en casa junto a mis padres.
Aroa no me suelta y me acompaña en todo momento.
Se queda a dormir conmigo, abrazada a mí, aunque yo no logro dormir, solo lloro en silencio, para no despertar a Gael. Estoy devastada.
A la mañana siguiente, Aroa me convence para que desayune algo, aunque las arcadas y el mal cuerpo me persiguen, y finalmente logro vestirme casi de forma automática con apatía.
Dejamos a Gael en casa de mis padres y ambas acudimos a la iglesia y al cementerio de San Vicente de Noal, en Porto do Son.
Las vistas desde la iglesia y el cementerio son las más bellas que pudiera tener Tristán para su despedida, aunque la niebla todavía se resiste y cubre parte de este incomparable marco.
El monte Louro culmina un espacio singular en medio del mar Atlántico.
Yo me despido de él en ese entorno hermoso, y este dolor es tan desgarrador…
Puedo ver a lo lejos a su familia, que también se suma en el llanto.
Tomé permanece con Aroa y conmigo en todo momento, también se siente desolado.
El entierro es con honores por fallecer en servicio, sus compañeros lo reciben con el respeto que se merece y la liturgia típica del cuerpo de policía.
El lugar está lleno de gente, y yo no soy capaz de respirar bien, pero aguanto por Tristán.
Al finalizar el entierro, Aroa y yo nos apartamos del bullicio, necesito inhalar aire fresco, y nos quedamos sentadas cerca de la iglesia contemplando el mar. Una mano se posa en mi hombro.
—Hola, Laia. No me conoces, pero soy la madre de Tristán.
Identifico a la madre al instante, la reconozco por las fotografías que me había enseñado. Ver los ojos de Tristán en ella también me ayuda a reconocerla.
—Hola, Mercedes. —Me levanto rápidamente—. Lo siento mucho.
—Mi marido y yo sabemos cuánto te quería Tristán.
Gracias por haberle dado los días más felices de su vida.
Hacía años que no me llamaba tan contento e ilusionado.
Nos hablaba de ti todos los días; de hecho, tenía pensado juntarnos en una comida este mes.
Nos dijo que eras la mujer de su vida y que algún día formaría una familia contigo.
Disculpa… —La madre recoge sus lágrimas en un pañuelo.
—Toma. —Le paso otro pañuelo que saco de mi bolso.
—Le di encantada la gargantilla de mi madre hace unos días. Además, adoraba a tu hijo tanto que consideramos que debieras quedarte con la casita de la playa para que la disfrutes junto a él. Creo que Tristán lo hubiera querido así.
—No, no, no hace falta… Eso es demasiado… Tu hijo era maravilloso… —No soy capaz de decir nada más, pues mi llanto me interrumpe. Solo siento dolor.
—Me gustaría que supieras que estamos muy agradecidos de que Tristán se hubiera encontrado contigo. Era un chico maravilloso, empático y sensible, y su anterior pareja lo destrozó. Pero junto a ti había vuelto a sonreír, a tener esa chispa en la mirada, había vuelto a brillar y a ser él…
—Vuestro hijo era estupendo, me hizo sentir yo misma en muy poco tiempo y también parte de él. Me dio seguridad. Sentía junto a él que mi vida comenzaba a tener un sentido, y Tristán forjaba un camino perfecto. Me hubiera encantado trazar cada día de mi vida a su lado.
—Él no solo te quería, te amaba.
—Y yo… Y yo a él… —Mi llanto comienza a desgarrarse. Me quiebro por completo, me deshago en trozos tan minúsculos que parece que dejo de existir…
—Oh, cariño, ven aquí… —Me fundo en un abrazo con ella y ambas dejamos fluir nuestras lágrimas y nuestro dolor.
Permanecemos así durante un rato. Finalmente, me despido de su familia y de los compañeros y Tomé se ofrece para acompañarnos, pero Aroa y yo decidimos quedarnos a solas. Ella entiende mi sufrimiento y sabe justo lo que necesito en ese momento, así que me regala tiempo conmigo misma.
Me quedo sentada sin inmutarme durante minutos, o quizá horas…
No sé decirlo con exactitud. Yo sigo observando ese mar embravecido, ese lugar donde me despido de sus ojos turquesa.
Mercedes me ha regalado un ra mo antes de marcharse.
Lo miro y recuerdo que Tristán me había dicho que, cuando viviéramos juntos con Gael, llenaría mi hogar de flores frescas todas las semanas para recordarse que debía cuidar siempre nuestra relación, porque, según él, no deberíamos olvidar que las flores son efímeras y que, si no regamos con cariño nuestro amor, se marchita.
Algo dentro de mí se quiebra un poco más al recordarlo…
Así que decido lanzar las peonías al mar, como quien hace una ofrenda y libera su querer, dejándolo a la merced del vaivén de las olas.
Inhalo con fuerza y noto cómo se acumula el dolor en un ovillo que arde en mi pecho.
Luego traslado la poca energía que me queda hacia mis manos; todo mi amor parece que se escapa y se va resbalando en la punta de mis dedos, donde sostengo las flores…
Entonces exhalo y las suelto. Observo el movimiento que estas hacen al volar, reparo en el dibujo relajante que generan en el agua.
Y en ese instante comprendo por qué mi amado escogió este lugar para descansar.
Pues, de ese modo, se mantendrá acariciado por ese océano que navegamos hasta empaparnos de él totalmente, como lo hice con su mirada, hasta quedar mecido para siempre por las aguas de Breogán.
Reparo en que la niebla se ha disipado por completo, todo parece haberse quedado en calma y en silencio, los restos de esa bruma ya no se enfrascan en un diálogo con el mar, como si lo único que permaneciera en el ambiente fuera el eco de nuestro amor.