El duque y los espíritus del pasado (El Huérfano Francés 7)
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1 1650. Cinco años después en París
Armand de Saint Paul, heredero del marqués de Saint Paul, se revolvía inquieto en su sillón en el vestíbulo de la espaciosa casa que su amigo Charles Neuville había alquilado con su esposa Celine en París.
Por fin apareció Charles, un hombre gigantesco con un ojo de cada color, con los que miró a su invitado con preocupación.
—¿A qué debo el honor? ¿Puedo ofrecerte una copa de vino?
—Con mucho gusto, me vendría bien.
—¿Qué pasa? ¿Es por Pierre?
Armand asintió con tristeza.
Pierre de Beauvoir, marqués de Francia y duque de Hertford en Inglaterra, era el mejor amigo de Armand desde la escuela y primo de Charles.
Armand era un joven apuesto de pelo rizado, que en su juventud había sabido ser un auténtico calavera, aunque había sentado cabeza y, en los últimos años, llevaba una vida matrimonial feliz y ya tenía dos hijos.
Charles suspiró.
—Además, yo tampoco he podido asimilar lo que pasó con Marie —continuó Armand—, quiero decir, todos sabemos que el destino no siempre nos pone en un lecho de rosas, pero nunca me esperé algo así… —Se le quebró la voz.
—Pierre está como una estatua —prosiguió Charles con voz ronca—, tampoco quiere hablar de eso conmigo. Quiero decir, es educado, pero siempre tan malditamente distante. Como un desconocido.
—Conmigo se comporta igual. Creo que lo único que quiere es morir —comentó Armand con tristeza.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Me enteré por su ayuda de cámara, Jean, de que quiere navegar hasta Inglaterra; a Bristol, para ser exactos.
—¿Qué demonios quiere en Bristol? ¿Se ha vuelto completamente loco?
—Quiere llegar desde allí hasta el heredero al trono inglés. Los escoceses por fin se están preparando para la coronación. Después de eso, el nuevo rey también quiere reconquistar Inglaterra.
—El heredero al trono está loco… ¿o debería llamarlo ya rey Charles II? No tiene ninguna posibilidad frente a Cromwell y su banda en Inglaterra —declaró Charles con total convicción—. Sus consejeros parecen tan incompetentes, ciegos y arrogantes como los de su padre.
—Pierre lo sabe bien; si aun así quiere ir a la guerra, es solo por la oportunidad de morir gloriosamente en combate —suspiró Armand con tristeza.
—Eso no puede suceder; tiene que cuidar de sus dos hijos.
—Apenas atiende al más pequeño; siempre le está recordando que Marie… —Armand no continuó, pues su voz se quebró de nuevo.
—Una razón más para que se recomponga —respondió Charles con brusquedad—. Bueno, pues, ¿qué sugieres? No podemos dejar que se vaya al traste, ¿verdad?
—Ya lo tengo decidido; me iré con él —explicó Armand con voz ronca.
—Tu mujer debe de estar encantada…
—Aún no lo sabe; todavía tengo que encontrar el momento justo para decírselo…
—Nunca cambiará de opinión —intervino Charles con sensatez, y se quedó en silencio un momento—. Entonces supongo que tendré que acompañarte —continuó con un suspiro—, no puedo permitir, a sabiendas, que se dirijan a su perdición.
Armand se levantó de un salto y abrazó a Charles, que parecía bastante incómodo ante ese repentino arrebato de temperamento galo.
—Es maravilloso; con un poco de suerte, quizá hasta volvamos vivos a París.
—Haré todo lo que esté a mi alcance; al menos, esa es mi intención. Ahora, explícame cuál es exactamente el plan.
—Pierre tiene intenciones de navegar hasta Bristol en su embarcación privada, el Béatrice, y desde allí dirigirse hacia Escocia. El nuevo rey será coronado allí a finales de este año o, a más tardar, a principios del próximo.
—Yo también oí eso —asintió Charles y continuó—: En Scone, como dicta la tradición…
—¿Dónde demonios está Scone?
—A unos diez días a caballo al norte de Bristol, más o menos a un día a caballo de Edimburgo; en otras palabras, en medio de la nada, donde ninguno de nosotros querría pasar el tiempo.
—¿Y por qué Bristol, entonces? No tiene sentido.
—He oído que el rey tiene intenciones de marchar sobre Inglaterra con las tropas escocesas inmediatamente después de su coronación para liberarla, así que se dirigirá hacia Londres. Las ciudades del sur ya están prevenidas; la gente sigue temiendo que el rey francés pueda acudir en su ayuda.
—Mmm, no lo creo, al menos no mientras Mazarino sea primer ministro. A él le hace gracia que los ingleses se destrocen entre sí… y, además… ¿acaso los ingleses quieren siquiera que los liberen? —preguntó Armand con escepticismo.
—Me temo que no; al nuevo rey le costará bastante lidiar con Cromwell y los nuevos gobernantes.
—Eso suena muy divertido —comentó Armand inquieto—. ¿Por qué Pierre siempre tiene el don de pasar de un error garrafal a otro?
—No tengo ni idea; al menos no es algo que haya heredado de mi parte de la familia.
Pero no puedo quedarme de brazos cruzados y dejar que se arruine, así que voy a acompañarlo.
Aunque pongo una condición: viajaremos de incógnito y no en el Béatrice.
Todo el mundo en Inglaterra conoce ese barco, y el verdugo nos estará esperando en cuanto pongamos un pie en tierra.
Viajaremos en un barco de contrabando, desembarcaremos en algún lugar de Gales y desde allí nos dirigiremos a Bristol.
Una vez allí, ya veremos cómo llegar hasta el nuevo rey.
—Gracias, Charles. Juntos saldremos adelante… como sea. Solo espero que Pierre vuelva a ser el de siempre después de esta aventura. Con una misión suicida ya tengo suficiente.