El duque que juró nunca amar (Amor y secretos de la alta sociedad) Capítulo 3
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Capítulo 3

Marianne se despertó a la mañana siguiente todavía de mal humor. Le había mentido a su madre alegando dolor de cabeza, y con esa excusa se había sentado en silencio el resto de la velada.

Había esperado que una buena noche de sueño le despejara la mente de aquel desagradable recuerdo, pero apenas abrió los ojos, todo le vino de golpe: cómo Beatrice prácticamente había obligado a lord Harrow a bailar con ella.

La fría cortesía del hombre y cómo sus ojos se habían detenido en sus pecas. Y después la aparición de Frederick, tan inoportuna, que solo había empeorado la velada.

Se incorporó en la cama y frunció el ceño, frustrada.

Estoy tan harta de juegos estúpidos con chicos estúpidos que creen que la crueldad es divertida.

De pronto recordó aquel día, años atrás, cuando Beatrice le había sugerido que los chicos eran crueles con ella porque le tenían cariño. Cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que nadie le decía eso.

Nadie lo dice porque no es verdad. Qué tontería pensar que un hombre se negaría a bailar conmigo, o me diría cosas crueles, porque estuviera secretamente enamorado de mí. Ridículo.

Se dejó caer de nuevo sobre la almohada y se tapó con las mantas, tentada de quedarse allí todo el día. Podría decir que aún se encontraba mal. Total, nadie esperaba su presencia.

Pero entonces recordó que eso no era del todo cierto. Le había prometido a Beatrice que iría a verla hoy. Suspiró, apartó las mantas de golpe y se obligó a levantarse.

Cuando llegó a la mesa del desayuno, sus padres y Thomas ya estaban sentados.

—Lo único que digo es que quiero ir al extranjero una temporada.

¡El mundo es inmenso y quiero explorarlo!

—estaba diciendo Thomas cuando ella se sentó en su silla frente a él, sin prestar mucha atención a sus gestos enfáticos.

Era un tema que salía a relucir con frecuencia últimamente.

Thomas creía firmemente que su destino estaba fuera de Inglaterra.

—Por favor, Thomas, vas a darle dolor de cabeza a tu madre. Sabes que este tema la altera.

Marianne cruzó una mirada cómplice con su hermano. Su madre tenía un temple de hierro, pero eso no impedía que su padre la usara como excusa cada vez que se cansaba de discutir con Thomas.

—Padre —dijo Thomas, bajando la voz pero sin intención de rendirse—, es que no entiendo que tengamos un negocio de transporte marítimo y yo nunca haya salido de Inglaterra.

Marianne sintió una oleada de admiración por su hermano. Él proclamaba su sueño a los cuatro vientos y era persistente en perseguirlo. Ella nunca había sido tan audaz con sus propios sueños de modista, y hacía mucho que había renunciado a que fueran algo más que eso: sueños.

—Quizás si te casaras, Thomas, y pasaras unos años formando una familia, tu padre podría considerar buscarte un puesto en uno de sus barcos.

—Sí, hazle caso a tu madre. Una mujer muy sensata.

—Ya he hablado de esto con los dos —comenzó Thomas, y Marianne supo lo que venía.

Sus padres les sacaban el tema del matrimonio al menos una vez por semana, y aunque Marianne había aceptado a regañadientes que ese era su destino, Thomas aún se resistía.

Estaba convencido de que ahora era el momento de explorar el mundo, antes de atarse a una esposa o a hijos.

Ella le lanzó una mirada comprensiva, y él le devolvió una pequeña sonrisa antes de lanzarse a un discurso bien ensayado sobre sus esperanzas para el futuro. No tardó su padre en interrumpirlo, y pronto los dos hombres estaban enfrascados en una acalorada discusión sobre el futuro de Thomas.

Marianne comió en silencio, acostumbrada a la tensión y a que su propio futuro ni siquiera mereciera debate. Al fin y al cabo, ella era quien cargaba con las esperanzas de sus padres de alcanzar la nobleza legítima.

—Por favor, dejemos esta conversación tan desagradable para otro momento —intervino al fin su madre—. No es propio de la mesa del desayuno.

De pronto, fijó la mirada en Marianne.

—Marianne bailó con lord Harrow anoche —anunció a su marido con orgullo.

—¿Ah, sí? Eso es prometedor —respondió su padre, volviéndose también hacia Marianne.

—¿Pareció complacido contigo, Marianne? —preguntó su madre. Marianne se removió incómoda en su asiento.

No, no lo estuvo. Era evidente que Beatrice lo había presionado, y no veía el momento de alejarse de mí.

Sin embargo, Marianne jamás podría darles a sus padres una respuesta así. Decidió que lo mejor era desviar la conversación.

—Habló bastante conmigo. Me estuvo hablando de sus tierras.

Su madre dio una palmada.

—Eso es maravilloso, Marianne. Sin duda es señal de que quiere que sepas más de él y de su familia. Asegúrate de volver a bailar con él en el próximo baile.

Su madre hizo una pausa, pensativa. —Aunque creo que pasa mucho tiempo en el campo, así que quizás no asista. ¡Ah, ya sé! Debes pedirle a la señorita Langley que lo invite a su boda.

Marianne se esforzó por mantener el rostro impasible. Cómo no, sus padres ya estaban buscando la manera de lanzarla a los brazos del primer lord que le había prestado algo de atención.

—Excelente idea, señora Kettering —añadió su padre—. Asegúrate de hacerlo, Marianne.

Marianne inspiró hondo y soltó el aire lentamente antes de responder. Años de experiencia le habían enseñado que oponerse a sus grandes planes era inútil, y mucho más frustrante para ella que para ellos.

—Se lo pediré, desde luego, aunque estoy segura de que ya tienen la lista de invitados muy ajustada.

Su madre frunció el ceño.

—Pero si has sido tan buena amiga suya. Seguro que estaría dispuesta a añadir a una persona más por tu felicidad.

Por vuestra felicidad, más bien, pensó Marianne con amargura. Le sacaba de quicio que sus padres siempre hubieran tratado su amistad con Beatrice como una forma más de conseguir lo que querían.