El duque bastardo 39. Órdenes selladas #2
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39. Órdenes selladas #2

La administración era otro escudo, y ella lo sabía.

Podía verla sopesando su respuesta como una mujer que tanteaba el terreno en busca de puntos débiles.

Me estudió durante unos instantes, tratando de encontrar alguna costura de la que pudiera tirar.

Al no descubrir ninguna, intentó abordar el asunto desde otro ángulo.

—¿Qué ocurrirá con las cartas selladas? —preguntó—. A menudo se sellan para proteger su carácter privado.

—Exactamente. Por eso se registrará cualquier sello que haya sido roto.

Sus ojos volvieron a desviarse hacia la pequeña caja de madera. No preguntó para qué servía. Ya lo sabía.

La levanté ligeramente para mostrarle la cerradura.

—La correspondencia sellada se guardará aquí hasta que llegue a su destinatario. Si el sello se rompe antes de la entrega, se hará constar. Si la cera presenta alguna alteración, se hará constar. Si una carta se retrasa, también se hará constar.

La señora Harrow apretó la boca.

—¿Y quién se encargará de hacer todas esas anotaciones?

—Yo —respondí—. O el administrador, bajo mi supervisión.

Empleé el mismo tono que podría haber utilizado para mencionar cualquier tarea tediosa.

La verdad era que pensaba hacerlo personalmente hasta que se revelara la pauta, pero no necesitaba anunciar esa parte.

La fortaleza de Augusta siempre había residido en su capacidad para anticipar mis movimientos.

No le ofrecería nada claro que pudiera prever, ninguna declaración que sonara a guerra personal ni nada que pudiera exponerse a la luz y convertirse en una cuestión moral.

La señora Harrow respiró con cautela.

—Su Gracia, esto aumentará el trabajo.

—Reducirá la confusión. Se trata de eficiencia, señora Harrow. Nada más.

Podía verla intentando decidir cómo presentar su resistencia sin hacerla parecer culpabilidad.

Sus ojos se desviaron hacia el corredor, como si considerara quién podía estar escuchando.

Después volvió a mirarme y advertí en su expresión un tenue resentimiento, dirigido menos contra el libro que contra cuanto este implicaba: sus procedimientos ya no quedarían fuera de toda inspección.

—¿Desea retirar de mis competencias la gestión de la correspondencia? —preguntó despacio.

Asentí como si estuviéramos de acuerdo acerca del lugar donde guardar los abrigos de invierno.

—Por eficiencia —repetí—. Ya tiene suficientes responsabilidades sin que deba ocuparse también de los sellos y los portes.

La destitución quedaba envuelta en cortesía, y aquello era deliberado.

La gente de Augusta prosperaba alimentándose de los insultos.

Si ofendía abiertamente a la señora Harrow, acudiría a mi madrastra con el orgullo herido y una lealtad renovada por el resentimiento.

Si presentaba aquello como una tediosa reasignación de tareas, no tendría ninguna ofensa respetable a la que aferrarse ni un episodio dramático que pudiera repetir con tono significativo al oído de otra persona.

Las mejillas de la señora Harrow se encendieron ligeramente antes de recuperar su color habitual.

—Como desee, Su Gracia.

—Bien.

Le dirigí un asentimiento tranquilo que dio por concluido el asunto sin permitir que se transformara en una conversación.

Se volvió para marcharse, con las llaves entrechocando suavemente en su cintura mientras caminaba.

El sonido pareció perdurar tras ella, como recordatorio del tiempo durante el cual se le había permitido considerarse la verdadera guardiana de la casa.

Cuando la puerta se cerró a su espalda, la estancia pareció más vacía, pero también más limpia, como si se hubiese abierto una ventana para dejar salir algo viciado.

No me moví de inmediato. Esperé y observé el corredor a través de la puerta entreabierta, del mismo modo que estudiaba los caminos durante una campaña.

Una casa tenía rutas igual que un ejército.

Los sirvientes tomaban determinados desvíos, los lacayos preferían ciertas puertas y los mensajes seguían conductos habituales.

La gente se volvía descuidada cuando creía que nadie reparaba en sus costumbres, y era precisamente en ellas donde las mentiras terminaban por revelarse.

La primera entrega llegó antes del mediodía.

Un lacayo llevaba una pequeña pila de cartas sobre una bandeja de plata, con los guantes impecables y los ojos bajos en una expresión ensayadamente neutral.

Se detuvo al verme junto a la mesa, pero enseguida enderezó la espalda, como si por un momento hubiese olvidado quién custodiaba ahora el acceso a la información de la casa.

—Su Gracia —dijo.

—Déjelas aquí.

No le arrebaté la bandeja como si a él le correspondiera ofrecérmela y a mí aceptarla. Me limité a señalar la mesa y observé sus manos mientras la depositaba. Era importante fijarse en ellas. Los rostros mentían gracias al adiestramiento; las manos delataban las vacilaciones.

En apariencia, las cartas eran corrientes.

Había una nota procedente de una finca vecina, sellada con un escudo conocido; un paquete dirigido al administrador y lo bastante grueso para contener unas cuentas; dos circulares domésticas que olían ligeramente a tinta barata y repetición, y una invitación doblada, demasiado perfumada para ser algo más que una molestia social.

Era la clase de papel que podía ocupar todo un día sin significar nada, que era precisamente como Augusta prefería sus armas: ocultas entre necesidades tediosas.

Registré cada entrega con serenidad, empleando una letra firme y movimientos deliberadamente lentos.

Quería que cualquiera que pasara viera a un duque ocupado con papeleo.

Nada más amenazador que eso. Los hombres se encargaban de papeles todos los días.

No declaraban la guerra a las viudas desde una mesa de correspondencia.

Parecía tedioso y seguro, y la seguridad hacía que las personas bajaran la guardia.

Entonces el lacayo colocó una última carta sobre la bandeja y vi la dirección antes de reparar en cualquier otra cosa.

A Su Gracia, la duquesa.

La tinta era oscura, la letra pulcra y el tratamiento correcto.

Sin embargo, algo resultaba equivocado de la manera más inmediata, porque Clarissa no se encontraba allí.

El título escrito en el sobre parecía insistir en que la casa debía continuar fingiendo que ella ocupaba su lugar y recibía cuanto le enviaban.

Mis dedos se detuvieron sobre el libro.

El lacayo desplazó ligeramente el peso, como si no hubiese esperado que yo hiciera una pausa. Mantuvo los ojos bajos, pero su garganta se movió cuando tragó saliva. Estaba atento a mi reacción. Lo habían adiestrado para ello. En aquella casa, hasta una vacilación podía convertirse en un informe.

—¿De dónde procede? —pregunté.

—Fue entregada en mano, Su Gracia —respondió con rapidez—. La trajo un jinete. No era uno de nuestros hombres.

Un jinete. Una entrega personal. Una carta correctamente dirigida a mi esposa, como si el remitente deseara otorgarle una apariencia oficial, indiscutible y ajena a cualquier interrogatorio.

Como si pretendiera que la casa la tratase con la urgencia propia de algo personal, una urgencia capaz de hacer que los hombres actuaran sin pensar.

Dejé la mano suspendida sobre el sello de cera.

Permanecía intacto y la impresión era nítida.

Durante unos instantes, sentí una tentación intensa de romperlo, pura, inmediata y casi infantil.

Si lo abría, sabría qué contenía y podría actuar.

Dejaría de perseguir sombras y tendría por fin la verdad entre las manos.

Así funcionaban las trampas.

Durante la guerra, la forma más rápida de morir consistía en recoger algo deseado sin preguntarse primero por qué el enemigo lo había dejado a la vista. No necesitaba ocultar una trampa si podía confiar en que mi impaciencia haría el trabajo por él.

No toqué el sello.

Dejé la carta sobre la mesa y la estudié como habría examinado el terreno.

La cera tenía el color habitual de los sellos corrientes.

El papel era de buena calidad, ni tan barato que pudiera despreciarse ni tan costoso que proclamara prestigio.

La letra era cuidadosa y neutra, como si alguien hubiese intentado escribir con una voz que nadie pudiera reconocer.

Aquella neutralidad no resultaba tranquilizadora.

Era deliberada y estaba concebida para no dejar ningún rastro aparte del efecto que produjera.

Registré la entrega con precisión, trazando las letras con firmeza suficiente para que nadie pudiera afirmar más tarde que yo había estado tembloroso o alterado.

Carta entregada en mano. Dirigida a: Su Gracia, la duquesa. Sello intacto. Hora de recepción: once minutos después de las once. Portador: jinete desconocido.

Las palabras parecían tediosas, pero no lo eran.

Levanté la mirada hacia el lacayo.

—Informe al administrador de que ninguna carta dirigida a la duquesa será enviada a las habitaciones de la duquesa viuda —dije—. Ni para almacenarla, ni para clasificarla ni para consultarla.

El lacayo parpadeó, sorprendido por la precisión de la orden.

—Sí, Su Gracia.