28. Derribando muros #3
—Yo también me siento indigna —confesó—. Quizá no indigna de ti, pero sí de la felicidad. Pasé tanto tiempo siendo ignorada que, cuando sucede algo bueno, espero que alguien venga a arrebatármelo. Creo que por eso tu madrastra me asusta.
—Lo intentará —dije.
Clarissa asintió una vez y recuperó la firmeza.
—Entonces no debemos permitir que lo consiga.
Había determinación en su voz, la misma que había oído cuando permaneció ante el altar y pronunció unos votos que la aterrorizaban.
La miré, y la necesidad que surgió en mí no era solo deseo, aunque también lo había. Era la necesidad de cerrar la distancia entre nosotros de una manera que las palabras no podían lograr.
—Lo siento —repetí, y esta vez las palabras salieron sin rigidez—. Siento haberte acusado. Siento haberte hecho creer que debías defender tu decencia ante el hombre con el que te casaste. Siento haber utilizado tu dolor para controlar mi propio miedo.
Los ojos de Clarissa se llenaron de lágrimas, pero no apartó la mirada.
—Quería que me comprendieras —dijo en voz baja—. Quería que vieras que no elegí este matrimonio para obtener algún beneficio.
Sus palabras me dejaron sin lugar donde ocultarme.
—Entonces te he estado castigando por un delito que no cometiste —dije.
Mi voz se volvió áspera al reconocer la verdad, no por ira, sino por la vergüenza de oírme pronunciarla en voz alta.
—Sigo sometiéndote a juicio por las decisiones de otras personas.
Tragué saliva y sentí el desagradable filo de mi miedo contra las costillas.
—Odio la parte de mí que necesita que seas culpable para poder sentirse a salvo.
Clarissa no se movió ni retrocedió, pero algo cambió en sus ojos. Me observó con cautela, como si hubiera aprendido que una confesión sincera podía ir seguida de otro golpe.
—Me has hecho sentir culpable —dijo muy bajo—, incluso después de que te contara la verdad.
—Lo sé —respondí, y aquella sencilla verdad resultaba peor que cualquier discusión—. Lo siento.
Entrelazó los dedos con mayor fuerza antes de relajarlos de nuevo, como si obligara a sus manos a conservar la calma.
—Lamentarlo no impedirá que vuelva a suceder.
—No —admití—. No lo impedirá. Por eso estoy aquí.
Clarissa respiró despacio.
—¿Qué pasará ahora, cuando salgas de esta habitación?
Sostuve su mirada.
—Dejaré de fingir que puedo continuar medio sometido al dominio de mi madrastra y medio entregado a ti —dije—. Elegiré a mi esposa en las cuestiones que importan, no solo en las que parecen correctas ante los demás.
Clarissa entreabrió los labios y permaneció unos instantes sin hablar. Cuando lo hizo, su voz contenía una ternura cautelosa.
—¿Y en privado?
—En privado, aprenderé a ser tu esposo sin emplear la distancia como un arma.
Levanté la mano lentamente y le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos, dándole todas las oportunidades posibles para apartarse. No se estremeció. Inclinó ligeramente el rostro hacia mi contacto, y el calor de su piel bajo mi mano me recorrió con tanta intensidad que me dolió el pecho.
Clarissa levantó una mano y la posó sobre mi muñeca. No intentó sujetarme ni obligarme, sino que se aferró a mí como si necesitara la certeza de que aquel no era otro momento destinado a desaparecer en cuanto yo volviera a mostrarme frío.
Di otro paso hasta que solo quedó una estrecha distancia entre nosotros.
—Si no quieres que te toque esta noche, dímelo ahora —murmuré—. Me marcharé y no lo utilizaré en tu contra.
Clarissa me miró. La emoción de sus ojos era firme, no teatral.
—Sí, te deseo —dijo—. Pero no quiero que me utilices para demostrar nada.
—No lo haré.
Lo pronuncié como daba una orden en el campo de batalla, no como un deseo, sino como una decisión.
—Esta noche no pretende afianzar nada. Se trata de nosotros y de lo que elegimos cuando nadie nos observa.
Los dedos de Clarissa se cerraron alrededor de mi muñeca y tiraron de mí.
Cuando la besé, no fue como en las noches dominadas por la ira, cuando el deseo se había mezclado con el resentimiento.
Fue un beso lento y deliberado que preguntaba en lugar de tomar.
Sentí que respondía, no de inmediato, sino abandonándose poco a poco, de una forma que dejaba claro que me elegía en lugar de permitir que la arrastrara.
Nos dirigimos juntos hacia la cama sin apresurarnos.
La habitación estaba iluminada únicamente por el fuego bajo y la vela de la mesa auxiliar, y las sombras no disimularon ninguna verdad.
Clarissa permaneció con las manos apoyadas sobre mi abrigo durante unos instantes, como si necesitara recuperar el equilibrio, y yo las cubrí con las mías.
—Dímelo —pedí en voz baja—. Si algo no te parece bien, tienes que decírmelo.
Clarissa asintió sin dejar de mirarme.
—Y tú también. Si empiezas a cerrarte de nuevo, dime que tienes miedo en lugar de convertirme en tu enemiga.
La petición era sencilla, pero también aterradora, porque me pedía sinceridad en el momento exacto en que mis instintos me ordenaban retirarme.
—Lo haré —dije.
La ayudé a desatar los lazos del camisón porque sus dedos temblaban un poco, lo cual resultaba comprensible después del día que habíamos vivido.
Me tomé mi tiempo, no para prolongar el momento, sino para actuar con cuidado y asegurarme de que sintiera cada parte de aquella elección en lugar de dejarse arrastrar por la urgencia.
Cuando la tela resbaló por sus hombros, no intentó cubrirse ni se apartó.
Permaneció ante mí, respirando con serenidad y observándome con una mirada en la que convivían la confianza y la cautela.
Me desvestí más deprisa que ella porque llevaba años quitándome el uniforme y las botas sin necesidad de pensar, pero me detuve cuando volví a encontrarme cerca de su cuerpo.
Apoyé las manos sobre su cintura durante unos instantes, sintiendo el calor de su piel en lugar del de la tela, y estudié su rostro en busca de cualquier señal de vacilación.
No vi ninguna que me exigiera detenerme.
La levanté para depositarla sobre la cama y la seguí, sosteniendo mi peso sobre los brazos para no acorralarla.
La mano de Clarissa se desplazó hasta mi hombro y después hacia un lado de mi cuello.
Su contacto era firme. No estaba fingiendo ni intentaba tranquilizarme para ofrecerme algo. Acudía a mi encuentro.
Volví a besarla, y aquella vez el beso se hizo más profundo de manera natural porque la tensión acumulada durante toda la noche había encontrado por fin un destino que no era la crueldad.
La respiración de Clarissa se entrecortó cuando deslicé la boca por su mandíbula y la línea de su garganta. Me detuve una vez y levanté la cabeza.
—¿Sigues queriendo esto? —pregunté.
—Sí —respondió con voz tranquila, pero clara.
La besé despacio, tomándome el tiempo necesario para conocer las partes de su cuerpo que antes solo había tocado con ira o urgencia.
Deslicé una mano sobre sus costillas, su cadera y la curva de su cintura.
Cada caricia fue deliberada, basada en la certeza de que ella estaba allí, que no era un rumor ni una estratagema, sino una mujer a la que habían obligado a participar en una mentira y que todavía permanecía erguida a pesar de todo.
La mano de Clarissa descendió por mi espalda y sus uñas presionaron ligeramente mi piel, no como un gesto teatral, sino como una respuesta sincera al deseo.
Se movió debajo de mí y abrió más las piernas.
Cuando advertí la reacción de su cuerpo, el deseo surgió con una fuerza que dificultó mi control.
Aun así, me contuve, porque quería que ambos pudiéramos recordar aquello sin arrepentimiento.
Deslicé la mano entre sus muslos y le separé las piernas con suavidad hasta encontrar el calor húmedo de su deseo. Se abrió a mi contacto de inmediato, ya cálida y receptiva. Recorrí con los dedos aquella humedad, encontré su clítoris y comencé a acariciarlo con lentos movimientos circulares.
Clarissa dejó escapar un pequeño sonido, más cercano a una exhalación que a la voz, y se aferró a mi hombro como si necesitara algo que la sostuviera.
Moví los dedos con paciencia, atento a los cambios de su respiración y a la expresión de su rostro.
Ajustaba el movimiento cuando se tensaba y reducía la presión cuando volvía a relajarse, prolongando su placer sin apresurarla.
Cerró los ojos durante unos instantes y volvió a abrirlos. Cuando me miró, había algo en su expresión que me cerró la garganta. No era solo deseo, sino confianza y una súplica silenciosa para que no volviera a abandonarla en cuanto me asaltara la incertidumbre.
—Estoy aquí —dije.
No adorné las palabras con poesía porque necesitaba que fueran lo bastante sencillas para que pudiera creerlas.
—No me marcharé.
Los dedos de Clarissa me rozaron la mejilla. Su contacto fue leve y cauteloso, como si aún estuviera aprendiendo qué podía permitirse hacer conmigo.
—Entonces quédate —susurró—. Quédate dentro de mí.
Me quedé. Me situé entre sus rodillas y presioné la punta de mi miembro contra su entrada húmeda.
Me incliné para besarla, y nuestras lenguas se encontraron mientras empujaba hacia delante y entraba en ella con lentitud, centímetro a centímetro.
Su cuerpo estaba tenso y cálido, y fue cediendo para acomodarse a mi grosor.
Cuando estuve enterrado por completo y mis caderas descansaron contra las suyas, ambos dejamos escapar una respiración entrecortada.