15 #2
—Aunque tenía hermanos, ninguno tenía mi edad.
A veces hablamos de ello, en las raras ocasiones en las que estamos juntos, y parece que todos nos criamos como hijos únicos debido a la diferencia de edad.
Pero había otros niños en la Guarida con los que jugar, y dragoncitas.
Fue una buena forma de crecer —admitió él.
Empezaron a caminar y Seth lideró el camino hacia otro punto de la costa donde Livia pudo ver a un pequeño grupo de hombres congregados.
Al acercarse, pudo oír el tintineo del metal contra el metal y vio que la mayoría de los hombres estaban allí parados, rascándose la cabeza mientras uno de ellos trabajaba en algo en el centro del grupo.
—Hay un cañón viejo allí —dijo Livia mientras caminaban—. Pensaba que no era más que una estatua, pero supongo que todas las cosas de por aquí que yo creía que eran monumentos de algún tipo en realidad deberían ser funcionales, ¿no?
—Esa es la cuestión —asintió Seth—. Nadie parece haberse molestado en mantener las cosas en funcionamiento. Espero que no acabemos pagando esa falta de atención.
A medida que se acercaban, la escena se hizo más clara.
Allí estaba, en efecto, el cañón que Livia recordaba, y un grupo de hombres de la localidad intentaba con todas sus fuerzas desatascar sus piezas oxidadas.
Otro grupo estaba ocupado apilando balas de cañón y trayendo barriles de roble llenos de lo que ella supuso que era pólvora, colocándolos cerca.
Al parecer, eran optimistas respecto a conseguir que el cañón funcionara y estaban preparando los suministros que necesitarían para enfrentarse al enemigo.
Alguien los vio acercarse y el pequeño nudo de gente alrededor del cañón se abrió.
Seth dio un paso adelante, tomando el mando de una forma que impresionó a Livia.
Puede que no fuera un caballero, pero sin duda era un líder nato.
Todos los hombres de aquel grupo buscaban su opinión, y cuando Seth cogió un martillo pesado del herrero y empezó a golpear el metal oxidado con golpes cuidadosamente situados, todos observaron y esperaron los resultados.
Los cuales no tardaron en llegar. Con un último golpe del martillo de metal, la pieza se abrió para gran deleite de los presentes. Los hombres incluso vitorearon mientras Seth se erguía y devolvía el martillo al herrero con un agradecimiento.
Seth dedicó unas palabras de consejo y ánimo al grupo antes de reunirse de nuevo con Livia.
—Uno más en la columna de funcionales —dijo Seth al acercarse a ella—. Solo queda uno por comprobar y, después, podremos volver al ayuntamiento a informar.
Empezaron a caminar de nuevo, dirigiéndose un poco más lejos por la orilla.
Livia se alegraba de estar al aire libre.
El sol empezaba su lento descenso y solo había un ligero escalofrío en el aire mientras la noche empezaba a caer.
Había pasado la mayor parte del día encerrada en el ayuntamiento con un grupo de hombres muy nerviosos.
Era bueno escapar de aquella atmósfera de miedo y ansiedad, aunque solo fuera por unos minutos.
—¿Así que con eso cuántos cañones operativos tenemos? —preguntó ella mientras caminaban.
—No los suficientes —respondió Seth con expresión sombría—.
El gran problema es el armamento del bando contrario.
Si logran abatir a muchos dragones —y lo harán si tienen suficientes hojas con punta de diamante, porque los dragones no dejarán de defender Draconia sin importar el peligro—, entonces, con tan pocos cañones, lo más probable es que Dragonscove acabe invadida.
—Ojalá pudiéramos hablar con Gowan —dijo ella con nostalgia.
—Él y Genlitha seguramente estén fuera de nuestro alcance y, si no es así, estarán demasiado ocupados preparándose como para arriesgarnos a interrumpirlos. —Deseaba poder cambiar eso, pero así eran las cosas.
—Lo sé. No querría distraer a ninguno de los dos ahora mismo, pero es que… los echo de menos.
Seth le cogió la mano y se la apretó.
—Lo sé. Yo también.
—Le he pedido a Rosie que guardara algunos recuerdos y evacuara a la Guarida —pensó Livia en voz alta, intentando cambiar de tema, aunque una punzada de arrepentimiento la recorrió ante la idea de perder su hogar y sus pertenencias.
Por supuesto, las vidas eran más importantes que las cosas.
Los objetos se podían reemplazar. Las vidas, no.
—Tú también deberías evacuar a la Guarida, Livia —dijo Seth, deteniéndose en seco para mirarla y recalcar sus palabras.
—Lo haré, pero no hasta que sea estrictamente necesario —le aseguró ella.
Él le puso las manos sobre los hombros.
—Prométemelo.
—Te lo prometo —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
Él la atrajo hacia sí y ella cedió de buena gana.
Cuando sus labios se encontraron, fue en un beso de unión solemne, de ternura, de preocupación y de promesa.
La promesa era para más tarde, para cuando el peligro hubiera pasado.
Y el resto reflejaba toda la emoción del momento y de lo que estaba por venir.
La sensación era intensa y especial, y ella se entregó encantada a su abrazo, sintiéndose más segura por el simple hecho de estar entre los fuertes brazos de Seth.
Cuando él se apartó, fue como si algo profundo hubiera cambiado entre ellos. No solo habían compartido placer, sino que ahora compartían cosas más serias. Vida y muerte. Amenaza y preparativos. Ansiedad y esperanza.
Seth era la esperanza para ella.
Revisaron el último cañón con buenos resultados.
Las dotaciones ya habían conseguido desbloquear las piezas oxidadas y estaban preparando la munición.
Seth repasó con ellos el proceso de disparo y los dejó ensayando los movimientos, practicando para cuando tuvieran que disparar el cañón de verdad, si es que llegaba el momento.
En general, Seth estaba satisfecho con el resultado de su revisión del armamento.
El puerto no estaba tan bien defendido como podría estarlo, pero al menos tenían algunos cañones en funcionamiento y hombres para manejarlos.
No era lo ideal, pero ya les había oído decir a sus padres suficientes veces que las condiciones de batalla rara vez lo son.
Tendrían que apañarse con lo que tenían disponible y esperar lo mejor.
Cuando iban de camino de vuelta al ayuntamiento, Hrardorr se puso en contacto con ellos.
— No debería haber ningún barco por la desembocadura del río ahora mismo, ¿verdad? —preguntó Hrardorr.
— Solo los dos barcos de reconocimiento que envié. Pero no espero que ninguno de los dos regrese hasta mañana —respondió Livia.
— ¿Puedes hablarme de sus cascos? —dijo Hrardorr con tono escéptico.
— El Belinda mide unos diecisiete pies de eslora y tiene una quilla larga para un barco de su tamaño.
Es rápido a vela y ganó las regatas del puerto el año pasado.
Su casco es estrecho en comparación con su longitud y está construido para la velocidad.
El Cassiopeia es un barco hermano, construido siguiendo las mismas líneas, pero más pequeño, de unos quince pies de largo.
Los fabricó el mismo carpintero de ribera —le explicó Livia.
—¿Acaso alguno de ellos navegaría a mucha profundidad y tendría algo metálico sobresaliendo justo por encima de la línea de flotación a cada lado?
— ¿Cañones? —se apresuró a preguntar Seth al dragón.
— No puedo estar seguro. No está en el agua, pero percibo contornos largos y finos de algo que sabe a metal a cada lado del barco. Mide unos veinte pies de largo y es ancho en el medio. No creo que sea ninguno de tus barcos de reconocimiento, Livia.
Seth y Livia se intercambiaron una mirada y, acto seguido, ella echó a correr colina arriba hacia el ayuntamiento. El enemigo estaba mucho más cerca de lo que pensaban. Él salió tras ella.
— No te enfrentes a ellos, Hrardorr —le advirtió Seth al dragón mientras corría—. Limítate a vigilarlos. Sé nuestro espía. Es lo que más necesitamos ahora mismo.
— Me gustaría morderles el timón, pero entiendo la necesidad de ser sigilosos. —El dragón sonaba decepcionado, pero Seth se sintió aliviado de que Hrardorr no fuera a intentar pelear. Hrardorr era valiente y un guerrero curtido, pero en su estado… Bueno, Seth no quería verlo herido. O algo peor.
No obstante, la idea de que Hrardorr pudiera causar daños a un barco desde abajo era algo que valía la pena considerar. El enemigo no se esperaría algo así.
Seth y Livia regresaron al lugar de reunión en un tiempo récord.
Sin aliento, entraron en el salón y Livia empezó a contar a los allí reunidos lo que Hrardorr había comunicado.
La gente empezó a agitarse y a hacer preguntas.
Seth ofreció su punto de vista sobre lo que estaba ocurriendo cuando se lo pidieron, y entonces vio una cara familiar entrando en la sala.
Fue al encuentro de Petr, uno de los herreros de la Guarida al que había pedido ayuda con los cañones. Tras presentarlo a uno de los hombres que había estado liderando los esfuerzos con las instalaciones averiadas, le pidió a Petr que hiciera lo que pudiera en el tiempo de que disponían.
Cuando estaba a punto de marcharse, Petr lo detuvo, sacando una espada envainada de entre los pliegues de su capa y tendiéndosela a Seth. Sin saber qué pensar del gesto, Seth se quedó perplejo.
—Sir Gowan me encargó que te trajera esto, con sus saludos —dijo Petr, sorprendiéndolo por completo.
Lentamente, Seth cogió la espada de las grandes manos de Petr.
Pesaba casi lo mismo que la espada de entrenamiento lastrada que había estado usando para practicar con Gowan.
Era como si la espada hubiera sido fabricada para él.
Seth miró a Petr y captó una mirada divertida de satisfacción en el rostro del herrero.