El Dragón del Mar (Caballeros Dragón 12) 4 #2
21%

4 #2

—Oh, sí —convino el pescador, extendiéndose largamente sobre todos los tipos de peces que se podían obtener del mar—.

Y hay depredadores peores —añadió, haciendo un gesto amplio mientras fruncía el ceño—.

Tiburones, calamares gigantes y cosas así.

Aunque el señor dragón ha hecho que las cosas sean más seguras y provechosas para nosotros últimamente.

El calor de este año ha traído más depredadores de lo habitual cerca de la costa, pero ese viejo dragón ha estado nivelando las cosas para nosotros.

¡Y es todo un espectáculo verlo masticar un tiburón de cuatro varas!

¡Mejor que una función de taberna! —El viejo pescador sonrió entre dientes mientras ambos miraban al dragón, que seguía posado dócilmente sobre las suaves olas, aparentemente charlando con la chica del bote de al lado.

—Ayer sacó un calamar gigante —continuó el pescador—.

Nunca vi nada igual. Aún se retorcía. Ese dragón debe de ser capaz de sumergirse hondo.

Esas criaturas viven en las brazas más oscuras.

La única vez que vemos uno es si aparece en alguna red, ya muerto.

Normalmente en pedazos, con marcas de dientes.

Jamás había visto uno vivo. Pero no lo estuvo por mucho tiempo.

—El pescador soltó una carcajada con algo parecido al alborozo.

Gowan estaba impresionado por lo que estaba aprendiendo sobre el dragón conocido como Hrardorr.

Genlitha se había mostrado sorprendentemente hermética sobre el dragón macho, aunque había admitido que le gustaba aquel bruto cuando aún eran jóvenes.

Gowan se preguntó para sus adentros si habría algo más.

Quizá Gen todavía sentía algo por Hrardorr.

Tal vez, si los astros se alineaban y la Madre de Todos los bendecía, Hrardorr podría resultar ser el compañero de Genlitha.

Por supuesto, eso significaba que Gowan tenía que encontrar a una compañera primero para que Gen pudiera consumar una unión con el dragón que resultara ser su pareja.

Y quienquiera que fuera el caballero de ese dragón desconocido sería el hombre con el que se suponía que Gowan tendría que compartir a su compañera.

Gowan se rascó la nuca, todavía inseguro sobre cómo se suponía que funcionaba aquello.

Nunca había estado expuesto a las relaciones de tres que eran la norma en las Guaridas de dragones.

Los caballeros y sus problemas estaban tan alejados de la antigua vida de Gowan como simple soldado como las estrellas lo estaban del océano en el que se encontraba pescando aquel día.

Al sentir un tirón revelador en su sedal, Gowan se puso manos a la obra para cobrar el pez que había picado el cebo. El pescador se alejó para revisar su propio equipo, y durante un largo rato solo se oyó el lamer de las olas contra el casco del bote de madera y algún que otro chapoteo ocasional.

Cuando hubieron pescado lo suficiente para el día, el pescador enfiló su bote hacia la costa y Gowan ayudó al hombre a limpiar y preparar la pequeña embarcación para el día siguiente. No era más que cortesía. Y el tipo le caía bien, a pesar de su rudeza.

El dragón de color marino y la chica seguían pescando, así que Gowan calculó que le daría tiempo a llegar a la Guarida —para dejar su botín y asearse un poco— y volver, para ver si podía encontrarse con la dama «por casualidad».

Quería conocerla. Era como un impulso que llevaba en la sangre.

No lo entendía muy bien, salvo que ella lo intrigaba en todos los niveles.

Cuando Hrardorr emprendió el vuelo, batiendo las alas de regreso a la Guarida, Livia dirigió su pequeño velero hacia casa.

Atracaría en el muelle cercano al mercado, donde estaban las oficinas de su padre.

Había algo que quería comprobar antes de irse a casa por la noche, aunque se hubiera tomado el día libre para pescar.

Últimamente lo hacía con más frecuencia desde que se había hecho amiga de Hrardorr.

Disfrutaba de su compañía y creía que él también disfrutaba de la suya.

Él bajaba de la Guarida a pescar casi todos los días, pero ella solo podía permitirse un día o dos a la semana para holgazanear en su velero.

Los fines de semana, eso sí, eran suyos, y pasaba esos dos días con su nuevo amigo dragón.

En total, eso significaba que había estado pasando tres o cuatro días de cada siete con Hrardorr durante las últimas semanas.

Si por ella fuera, seguiría así tanto tiempo como fuera posible.

Realmente le gustaba pasar tiempo con el dragón.

No se parecía a ningún otro ser que hubiera conocido.

Él no la juzgaba por los mismos raseros que aplicaban los humanos.

El negocio de su padre no significaba nada para él.

Su riqueza no lo impresionaba. Y su posición social no le importaba lo más mínimo.

Aquello resultaba muy liberador para una mujer que se había pasado la vida entera siendo pesada y medida como los montones de monedas en la caja fuerte de su padre.

El día parecía un poco más sombrío ahora que Hrardorr se había marchado.

Siempre se sentía así cuando él partía hacia la Guarida.

Él hacía que su mundo fuera un poco más luminoso cuando estaba cerca.

Ella no se cuestionaba por qué. Al fin y al cabo, era un dragón.

Eran la magia personificada, en su opinión.

Naturalmente, lo echaba de menos cada día que se separaban después de estar juntos.

Maniobró el bote junto al muelle y recibió ayuda de un jovenzuelo que esperaba ganarse un cobre por recoger sus cabos.

Él la ayudó a amarrar y aceptó llevarle la pesca a su ama de llaves por una moneda extra.

Livia conocía al chico y lo había contratado para lo mismo en otras ocasiones, así que sabía que sus peces llegarían a casa...

y que su ama de llaves le daría al muchacho una comida decente antes de dejarlo ir.

Livia sonrió mientras se dirigía a la oficina de su padre en el mercado. Se detuvo ante una fuente pública para enjuagarse las manos y arreglarse un poco antes de realizar su última parada de camino a la oficina.

El puesto de empanadillas de Liam servía de todo, desde dulces hasta salados, y tenía las empanadillas más sabrosas de la ciudad. Tenía un puesto en el mercado cerca del edificio de su padre, y ella quería pasarse a comprar un tentempié antes de entrar en la oficina.

—Eso tiene buena pinta. —Una voz masculina profunda surgió por encima de su hombro cuando Liam depositó la empanadilla —una creación de carne, cebollas y especias horneada dentro de una crujiente masa— frente a ella.

Se volvió para buscar al dueño de la voz y casi se queda boquiabierta. Era guapo. Y alto. Sumamente alto... y guapo. ¿Y había mencionado ya que era guapo?

—Liam hace las mejores empanadillas de Dragonscove —respondió ella, sabiendo que debía decir algo y sintiéndose un poco perdida ante semejante espécimen de hombre.

Deslizó la moneda para pagar su empanadilla sobre el mostrador mientras el hombre que tenía detrás pedía lo mismo que ella.

Se mostró afable y cortés con Liam, lo cual decía mucho de sus modales, y se apartó lo justo para dejarla pasar cuando ella recogió su comida y se dirigió a los cuencos de salsas que Liam guardaba al final del mostrador para quienes quisieran añadir un poco de sabor a su compra.

El hombre se unió a ella junto a las salsas unos momentos después, con su propia empanadilla. Examinó las opciones, pero no hizo ademán de coger ninguna de las cucharas que había en los diferentes cuencos.

—¿Cuál me recomienda? —le preguntó él, entablando conversación de nuevo.

—La salsa roja es picante. La naranja, dulce. La amarilla es principalmente de semillas de mostaza con eneldo. La marrón es salsa de carne. Cualquiera de ellas le iría bien a lo que ha pedido —ofreció ella.

Observó que él elegía dos de las salsas y ponía una cautelosa porción de cada una en el borde de su plato. Un hombre juicioso, por lo visto. No era de los que se lanzaban a ciegas de cabeza. Era más precavido.

Cuando Livia tomó asiento en una de las mesas de madera que Liam tenía para sus clientes frente al puesto, el hombre la siguió. Mantuvo su plato en la mano, esperando a que ella alzara la vista hacia él.

—Sé que esto es atrevido, ¿pero puedo sentarme con usted?

Prometo que no soy un extraño cualquiera.

En realidad, soy de la Guarida y estoy en mi primer día libre en una ciudad desconocida.

He llegado hace muy poco. —Se las arregló para parecer inofensivo, lo cual era toda una hazaña para alguien de su tamaño y complexión.

Estaba claro que era una especie de soldado; probablemente un caballero, si de verdad venía de la Guarida—.

Me llamo Gowan Hunter, hijo menor de Lord Dariath Hunter de Hunt’s Keep, junto al River Arundelle.

—Un linaje impresionante —asintió ella, habiendo oído cosas similares de pretendientes en el pasado. De repente, el hombre resultó un poco menos interesante—. Si es que es verdad —masculló.

Él tuvo la decencia de parecer avergonzado. —Es verdad, aunque ya casi nunca uso nada de eso. Perdone, di por sentado que es usted una dama distinguida.

—Puede que haya nacido en una vida acomodada, pero no soy noble —protestó ella.

—A decir verdad, nada de eso me importa. Me fui de casa hace mucho tiempo y he vivido la vida de un simple soldado durante muchos años.

Seguía allí de pie, sosteniendo el plato mientras se le enfriaba la empanadilla. Ella se apiadó y le hizo un gesto hacia el asiento frente a ella, al otro lado de la mesa de tablones de madera. Él se sentó, dejando el plato delante de sí.

—Soy Livia —se presentó ella cuando él se acomodó—. Pero algo me dice que ya no es usted un simple soldado —añadió, antes de morder su empanadilla.