18 #2
Y, en un abrir y cerrar de ojos, volvió a ser capaz de funcionar.
Los pensamientos sombríos seguían acompañándolo, por supuesto, pero ya no lo incapacitaban.
Reflexionaría sobre todo más tarde. Largo y tendido, sin duda.
Uno no veía culminar la obra de toda su vida para luego no volver a pensar en ella.
Para empezar, Liam tenía que decidir adónde ir a partir de aquel momento.
Sabía cuáles serían sus próximos movimientos, pero más allá todo era un misterio...
por primera vez en muchos, muchísimos años.
Limpiaría aquel lugar y después devolvería la página al mago, pero, tras eso, Liam sería libre de elegir sus siguientes pasos como no lo había sido desde la muerte de su esposa.
Si pensaba demasiado en ello, se inquietaba, así que apartó por el momento cualquier idea sobre el futuro incierto mientras él y Rivka registraban los bolsillos de Fisk.
Rivka le quitó a Fisk las prendas exteriores y las amontonó a un lado.
Cuando Liam le lanzó una mirada interrogante, ella se encogió de hombros.
—Se sabe de hombres que han ocultado objetos en los dobladillos de la ropa.
Preferiría no quemarlo todo para poder examinarlo más adelante o, mejor aún, hacer que un experto estudie estas cosas.
Liam asintió. —Buena idea —convino, y la ayudó a quitarle las botas al muerto. Un rápido vistazo a los tacones bastó para que Liam supusiera que probablemente escondían algún pequeño compartimento. Era un lugar habitual para ocultar objetos de valor. Los examinaría mejor más tarde.
—Tal vez hubiera sido útil registrar así las túnicas del mago —observó Rivka cuando terminaron de quitarle a Fisk todo lo que pensaban quitarle—. Pero era imposible.
—Hombre malo —dijo Ella, revoloteando sobre el montón de ropa de Fisk—. Mejor que secretos de mago ardan con él.
—Si tú lo dices —respondió Rivka, lanzando una mirada de soslayo a la virkin—. Oye, justo antes de ayudarme a acabar con el mago hablabas mucho mejor. ¿De dónde salieron esas palabras?
—Mamá —respondió Ella, parpadeando con sus enormes ojos—. Me hizo recordar cuando me mandó con Leem.
—¿Tu madre te mandó a viajar conmigo, cariño? —preguntó Liam, intrigado por las revelaciones de la virkin.
Ella asintió, y su largo cuello exageró el movimiento de su pequeña cabeza. —Te vigiló. Vio que me gustabas. Dijo que podía ir, pero tenía que recordar cosas. Mamá sabía que este día llegaría.
—¿Echas de menos a tu mamá, Ella? —preguntó Rivka con dulzura.
Ella se encogió de hombros. —A veces —admitió, partiéndole el corazón —. Pero Leem mejor amigo. Amigo de alma.
Las palabras lo dejaron aturdido. Sonaban ciertas. Como si Ella acabara de expresar con palabras cómo se había sentido él siempre que estaba con ella. Como si sus almas estuvieran hechas para estar juntas. Simplemente... encajaban. Mejores amigos para siempre.
Liam abrió los brazos y estrechó a Ella contra su pecho cuando ella acudió a él. —Yo también te quiero, cariño. Eres mi familia. Mi mejor amiga.
—Claro —fue la única respuesta de Ella mientras se acurrucaba en el abrazo de Liam.
Y, por aquellas sencillas palabras, Liam supo que algunas cosas en la vida estaban destinadas a suceder.
—Quizá, después de devolverle su papel al mago, podamos navegar hasta Elderland y visitar a tu mamá —dijo, esperando que todo saliera bien para poder hacerle aquel regalo a su pequeña compañera.
—Eso estaría bien —respondió Ella, alejándose con un aleteo como si en realidad no tuviera importancia.
Quizá no la tuviera. Tal vez la virkin había hecho su elección y así eran las cosas entre los de su especie.
Él no lo sabía, pero tenía tiempo. Ahora que sabía que podía hacerlo, le preguntaría por su familia y aprendería todo cuanto ella estuviera dispuesta a contarle sobre los virkin, para poder ayudarla a vivir la mejor vida posible.
No podía hacer menos por ella... su amiga de alma , como la había llamado.
—Podemos guardar esto para examinarlo más tarde —dijo Rivka, enrollando el abrigo de Fisk hasta formar una bola compacta.
Estaba a punto de añadir algo más cuando divisó algo en el cielo, por encima del hombro de Liam.
Skelaroth también alzó la mirada y giró el cuello para observar lo que tenían que ser dos dragones que se aproximaban a la cima de la colina.
—Parece que el príncipe puede haber enviado más ayuda en nuestra busca —observó, señalando el cielo.
Liam se volvió para contemplar a los dos dragones, cada vez más cerca. Volaban a gran velocidad, con caballeros aferrados a sus lomos, que empezaban a distinguirse a medida que sus figuras aumentaban de tamaño en el cielo.
—Supongo que deberíamos esperar a oír qué tienen que decir antes de hacer nada más —dijo Rivka.
Su lado humano sentía cierto malestar ante la idea de quemar deliberadamente el cuerpo de Fisk con sus llamas.
Su lado dragón no tenía ningún problema con ello, pero ella no era solo un dragón.
También era una mujer. Con sensibilidad humana.
Con un poco de suerte, los nuevos dragones se ocuparían de la tarea. Sí, eso sería lo ideal. Rivka se apartó y guardó la ropa de Fisk en una mochila vacía. Tendrían que localizar los caballos y comprobar también qué podían descubrir en sus alforjas, se recordó.
Los recién llegados aterrizaron a media ladera y subieron a pie hasta el lugar de la batalla. Una vez allí, los caballeros se deslizaron de sus lomos y avanzaron con paso decidido mientras los dragones los seguían para respaldarlos.
—¿Son ustedes lord Skelaroth, lady Rivka y el capitán O’Dare? —preguntó educadamente el mayor de los dos hombres, aunque con voz firme y áspera.
—Así es —respondió Rivka, adelantándose para recibir a los caballeros. Liam seguía conmocionado y Skelaroth se había quedado atrás, observando a los dragones recién llegados.