El dragón del capitán (Caballeros Dragón 15) 17 #2
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Ella asintió. — Puedo ver a través de toda clase de magia —afirmó con un puntito de suficiencia.

Liam soltó una breve carcajada. —¿Y cuándo pensabas contárnoslo?

— Ahora. Cuando cerca. Antes no hacía falta —insistió, haciendo que Rivka negara con la cabeza. Aquella pequeña virkin era más astuta de lo que Rivka había imaginado.

—Ahí te ha pillado —admitió Rivka con una risita—. Bien, problema resuelto. Avanzaremos en tramos cortos y lentos y, con un poco de suerte, la señora Ella podrá localizarlos antes de que ellos nos descubran.

— No con suerte —insistió Ella—. Seguro.

Después de pasarse todo el viaje preocupada por cómo encontrarían al grupo de piratas protegido por la magia, la repentina revelación de Ella supuso un alivio para Rivka.

Volaron con todo el sigilo posible, manteniéndose a ambos lados del camino, a poca altura, justo por encima de las copas de los árboles, y planeando tanto como podían para reducir el ruido.

Aproximadamente media hora después de la parada en la que Rivka había encontrado las ramas rotas, Ella avisó a todos mediante una llamada mental de sorprendente potencia. — ¡Los veo! —dijo—. Suben.

El camino de aquella zona ascendía y descendía en su mayor parte por suaves colinas verdes, pero más adelante se alzaba una elevación mayor que carecía de árboles y vegetación.

La roca desnuda dejaba la cima más expuesta que cualquier otra de los alrededores.

Por lo que a Rivka respectaba, era un lugar perfecto para una batalla.

El único problema era que el enemigo los vería acercarse.

— Si queremos atraparlos en la cima, tendremos que hacerlo deprisa —observó Skelaroth.

— Un ataque rápido —convino Rivka mientras reflexionaba intensamente sobre cómo llevarlo a cabo.

— Yo voy primero —dijo Ella, sorprendiéndolos. Saltó de la alforja en la que había viajado hasta entonces y se plantó sobre el lomo de Skelaroth, justo delante de Liam—. Acercadme y dejadme caer —indicó.

—¿Estás segura de esto, Ella? —preguntó Liam a su compañera, pero la atención de Ella estaba fija en la cima, que se cernía cada vez más cerca.

— Voy en el último árbol —insistió Ella, llamando la atención de Rivka sobre la copa de los árboles, cada vez menos densa, y sobre el hecho de que, una vez que la dejaran atrás, cualquiera que estuviera en tierra podría verlos con facilidad.

Si aquello funcionaba, Ella atravesaría el velo protector que cubría al reducido grupo de piratas justo después de que Rivka y Skelaroth abandonasen su cobertura.

Si para entonces todos podían verse entre sí, Rivka lo consideraría una pequeña victoria.

Lo que sucediera después de que Ella hiciese lo suyo y destrozara la magia dependería de los dragones... y de Liam.

Llegaron demasiado pronto al lugar donde crecían los últimos árboles en la subida por la pendiente rocosa.

Ella se lanzó desde el lomo de Skelaroth y plegó las alas como un halcón que cae en picado.

Desvió un poco su trayectoria y, cuando chocó contra la barrera invisible de la protección del mago, esta estalló como la burbuja con la que Ella la había comparado.

El mago tuvo tiempo de proferir un grito que parecía mezclar terror y furia justo antes de que sus protecciones cayeran.

Una fracción de segundo después, los cuatro jinetes se hicieron visibles mientras espoleaban a cuatro caballos cubiertos de sudor por la colina rocosa.

Al principio, ninguno pareció darse cuenta de que podían verlos.

Entonces, aquel a quien Rivka ya reconocía como el mago alzó la cabeza, primero confundido y después cada vez más alarmado.

Ella voló hacia él y sus pequeñas garras rastrillaron la mano que el hombre había levantado antes de salir disparada en otra dirección.

Era el momento de actuar. Rivka vio la oportunidad e inició su propio descenso en picado.

Pero Skelaroth se le adelantó. Aterrizó en la cima de la colina y detuvo en seco a los caballos.

Dos de los cuatro se encabritaron y arrojaron a sus jinetes al polvo del camino antes de salir desbocados en la dirección por la que habían llegado.

Los otros dos —los caballos que llevaban al mago y a otro hombre— conservaron a sus jinetes, aunque solo el caballo del mago no se encabritó ante la repentina aparición del dragón.

El otro pirata logró mantenerse en la silla únicamente porque era mejor jinete que sus compañeros.

Pero no por mucho tiempo. Rivka se acercó por detrás a los dos hombres que seguían a caballo y, esta vez, el tercer pirata perdió su montura.

Dejó que el aterrorizado animal pasara junto a ella y regresara al galope cuesta abajo.

Si era necesario, siempre podrían alcanzar a los animales más tarde.

Ahora tenían que ocuparse de los hombres.

Rivka quería ver muerto a aquel mago por lo que le había hecho a Skelaroth y por los aliados que había escogido. Pretendía devolver el mal al mundo, pero ella no permitiría que ocurriera. No mientras estuviera allí.

— ¡Quémalo! —la instó Ella mientras revoloteaba de regreso hacia el camino y la inminente batalla.

Rivka pensó que merecía la pena intentarlo. Abrió la boca al tiempo que el mago levantaba las manos para pronunciar algún oscuro hechizo. Ella le había causado algunas heridas. Uno de sus brazos goteaba sangre. Pero ni mucho menos estaba neutralizado.

Rivka liberó una llamarada. Por el rabillo del ojo, vio a Liam deslizarse desde el lomo de Skelaroth con la espada en la mano, dispuesto a luchar.

Ella se enfrentó al mago, que había conseguido alzar a su alrededor una burbuja protectora mucho más pequeña.

Aunque solo lograra mantener ocupado al hechicero mientras luchaban los demás, ya sería algo.

No permitiría que aquel brujo interfiriese.

No dejaría que empleara su magia maligna para influir en el resultado de la batalla que los aguardaba.

Si de Rivka dependía, pronto dejaría de entrometerse para siempre.

Liam estaba preparado para luchar. Vio a Fisk.

Por primera vez en años, se encontraba cara a cara con su antiguo enemigo.

Esta vez, juró, Fisk moriría. El fuego estalló detrás de Fisk.

Liam solo apartó la vista un instante para comprobar que Rivka había envuelto al mago en sus llamas y aislado de ese modo a los dos secuaces que iban a pie.

Tendrían que dar un amplio rodeo alrededor de la bola de fuego si querían ayudar a su jefe.

—Ha pasado mucho tiempo, Fisk —dijo Liam cuando el otro hombre reparó en él. Fisk ya había desenvainado su florete curvo y estaba preparado.

—No el suficiente, O’Dare. —El capitán pirata escupió al suelo entre ambos—. Debería haberte matado hace mucho.

—Yo siento lo mismo. —Liam profirió una maldición mientras se lanzaba hacia delante, y sus espadas chocaron con el estrépito del acero contra el acero.

Estaban muy igualados. Fisk no se había abandonado durante los años transcurridos desde la última vez que se enfrentaron en combate a muerte. La última vez que lucharon había sido cuando Fisk trató audazmente de abordar el barco del propio Liam.

Liam había permitido que Fisk se acercase lo suficiente, confiado en que su tripulación podría defenderse de los piratas.

Hasta entonces, Fisk ignoraba que Liam había estado sustituyendo discretamente a sus marineros mercantes por combatientes adiestrados.

Había esperado precisamente un encuentro como aquel en alta mar, donde pudiera enfrentar su tripulación a la de Fisk y su espada a la del otro capitán.

El deseo de Liam se había cumplido, pero Fisk había embarcado a demasiados hombres en su nave y la tripulación de Liam había necesitado todos sus esfuerzos para rechazar el abordaje.

Fisk había saltado a bordo —con el exceso de confianza que siempre lo caracterizaba— y Liam no había perdido el tiempo antes de enfrentarse al otro capitán espada contra espada.

Habían terminado en tablas cuando Fisk ordenó a uno de sus secuaces que acercase una lancha al costado del barco.

Fisk saludó a Liam con la espada antes de saltar por la borda y aterrizar en la lancha, que se alejaba a golpe de remo a toda velocidad.

Liam había ordenado a su barco que los siguiera, pero no consiguieron encontrar la nave de Fisk en medio de un banco de niebla repentino.

Una aparición muy misteriosa en una noche que, por lo demás, carecía de nubes.

Liam ya había sospechado entonces que se trataba de una interferencia mágica, aunque no tenía ninguna prueba real. Ahora sabía la verdad.

Liam era consciente del muro de llamas que se alzaba a un lado.

Fisk no podía desplazar el combate en esa dirección sin correr peligro.

Al otro lado, el camino descendía sin ofrecer protección alguna.

Frente a él había una caída abrupta donde parte de la colina se había desgajado.

Desde el aire no parecía haber una forma segura de bajar, y acercarse demasiado al borde entrañaba un peligro considerable.

Detrás tenían una pendiente descendente de roca y guijarros que presentaba sus propios riesgos.

La lucha se desplazó de un lado a otro, poniendo a prueba los límites del terreno, y Liam acabó retrocediendo hasta que sus pies encontraron la insegura pendiente de piedras sueltas.

Resbaló y cayó sobre una rodilla; el dolor lo envolvió y, por un instante, vio las estrellas.

Mala cosa. Pero no permitiría que una rodilla dolorida lo estorbase.

No cuando por fin tenía a Fisk ante él. Recuperó el equilibrio y avanzó, abalanzándose sobre Fisk para llevar la lucha al centro del camino de tierra compacta y después más allá.