El doctor que me rechazó Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—No se lo he dicho.

Maya se cruzó de brazos.

—¿Estás segura de que quieres meterte sola en un despacho con su padre?

—No voy a pedirle permiso a un Bennett para cuestionar a otro.

No discutió, pero me exigió que compartiera la ubicación y que la llamara en cuanto saliera.

***

A la mañana siguiente dejé a Ellie eligiendo entre dos camisetas prácticamente iguales y me dirigí al Westbridge.

La planta administrativa parecía más silenciosa que el resto del hospital. No había ruido de carros, avisos de enfermería ni pasos apresurados. Los pasillos eran anchos, cubiertos de obras de arte elegidas para transmitir tradición y estabilidad.

La secretaria de Richard ya me esperaba. Me pidió que entrara sin anunciarme.

Él estaba delante de la ventana, leyendo un documento. Llevaba un traje oscuro y parecía tan controlado como en la puerta de mi casa. La única diferencia era que, en aquel entorno, no tenía que fingir que estaba entrando en territorio ajeno.

—Señorita Hayes —saludó, señalando una silla—. Imagino que Alexander habrá reaccionado de manera previsible cuando supo el resultado de la prueba.

Me quedé de pie.

—No he venido a hablar de Alexander.

Richard dejó el documento sobre la mesa.

—La paternidad de la niña afecta a mi hijo, quiera usted o no.

—Y cualquier conversación sobre Ellie me afectará a mí, quiera usted o no. Usted no volverá a mi casa, no hablará con ella y no enviará abogados antes de que Alexander y yo decidamos cómo llevar la situación.

Su expresión no cambió, pero la mano que descansaba sobre la mesa se quedó inmóvil.

—¿Alexander ha estado de acuerdo con eso?

—Pregúnteselo a él. Yo estoy aquí por Laura.

Saqué del bolso una copia de la fotografía y la puse delante de él. Richard no miró de inmediato. Quizá supiera que cualquier reacción sería observada.

—Usted reconoció a mi madre antes de que yo dijera su nombre. Quiero saber de qué la conocía.

Se sentó y observó la fotografía con una calma estudiada.

—Laura trabajó en el gabinete de presidencia durante un periodo de expansión importante del Westbridge. Yo participaba en reuniones con Victor y conocía a buena parte del equipo.

—¿Los conocía a todos por su nombre completo casi treinta años después?

—Algunas caras son más fáciles de recordar.

—La suya, por lo visto.

Richard levantó los ojos.

—Su madre era una joven inteligente y muy guapa. Llamaba la atención.

La respuesta parecía ensayada para admitir lo justo sin entregar nada.

—La acreditación que encontré demuestra que trabajaba directamente en el gabinete de presidencia. Los archivos, sin embargo, están incompletos. No hay ninguna explicación clara de su salida y parte de la correspondencia fue separada del resto.

—Los empleados dejan las instituciones por innumerables motivos. No todos se registran con el cuidado que parecen exigir décadas después.

—¿Y los sobres marcados con las iniciales V.A. también fueron un descuido administrativo?

El primer cambio apareció en sus ojos.

Richard entrelazó las manos sobre la mesa.

—No sé qué sobres ha encontrado.

—Correspondencia dirigida a Laura y devuelta después de que dejara el Westbridge. Algunos llevaban solo las iniciales de Victor Ashford.

Volvió a mirar la fotografía.

—Victor firmaba muchos documentos.

—No eran documentos institucionales.

—Entonces quizá debería preguntárselo a él.

—Se lo preguntaré. Antes quiero saber por qué usted intentó convencerme de que mi madre y Victor solo se movían en el mismo círculo.

Richard se recostó en la silla.

—Porque es la verdad.

—No es toda la verdad.

La frase no le hizo reaccionar, pero yo no necesitaba una confesión inmediata. Bastaba con impedir que recuperara el control de la conversación.

—Mi abuela se pasó años creyendo que Laura y yo habíamos muerto en el accidente —continué—.

Alguien se lo comunicó. Alguien le aseguró que no había supervivientes y consiguió que dejara de buscar.

Y ahora descubro que mi madre trabajaba cerca de Victor Ashford, recibía correspondencia suya y desapareció poco antes de que todo se cerrara como una tragedia sin preguntas.

—Está construyendo una relación entre hechos que pueden no tener ninguna conexión.

—Son hechos que usted prefiere que yo no conecte, señor Bennett. —Richard se quedó en silencio, así que continué—: ¿Sabía usted que ella se quedó embarazada?

Él desvió los ojos hacia la ventana.

—Mucha gente lo supo.

El corazón me latió más fuerte.

—¿En el Westbridge?

—Laura no ocultaba que pensaba tener a la criatura.

—No es eso lo que le he preguntado. —Me acerqué a la mesa—. ¿Victor lo sabía?

Richard tardó un rato en responder.

—Sabía lo del embarazo.

—¿Y sabía también que podía ser el padre?

Su mano se movió hacia el puño de la camisa. Era el mismo gesto que había hecho en mi casa al ver la fotografía.

—No sé por qué está tan convencida de que su madre tuvo una aventura con Victor.

—No soy tonta, señor Bennett.

El hombre soltó un suspiro cansado.

—Bueno, si de verdad quiere saberlo, Laura nunca hizo que la situación fuera sencilla.

El intento de trasladar la responsabilidad a una mujer muerta hizo que mi voz se endureciera.

—Mi madre tenía poco más de veinte años y trabajaba para un hombre poderoso. No intente convertirla en la única responsable de lo que fuera que pasó.

—Victor no la obligó a quedarse en el Westbridge.

—¿Pero quería que se quedara?

Richard se levantó y caminó hasta la ventana. El cambio de posición parecía menos una elección que la necesidad de no seguir bajo mi mirada.

—Victor se implicó más de lo que debía —admitió—. Laura empezó como asistente temporal, se volvió indispensable y pasó a acompañarlo en viajes y reuniones. Cuando la relación dejó de ser solo profesional, algunas personas intentaron advertirles de las consecuencias.

—¿Usted fue una de esas personas?

—Yo era amigo de Victor.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Intenté impedir que una situación personal afectara a la fundación.

La frase tenía la misma frialdad que había usado para hablar de Ellie.

—Entonces ayudó a apartarla.

Richard se volvió.

—Laura decidió marcharse. Ni fui a buscarla a su casa ni la metí en un coche. Recibió opciones y eligió desaparecer.

—¿Qué opciones?

—Dinero, estabilidad y discreción. Victor estaba dispuesto a garantizar que ella y la criatura tuvieran todo lo que necesitaran.

—¿Siempre que se mantuvieran escondidas?

—Siempre que entendieran la realidad.

La familiaridad de la expresión me provocó náuseas. Richard había usado la misma lógica delante de mi puerta: dinero, privacidad y una salida conveniente para la familia.

—Mi madre se negó. —No era una pregunta.

Richard observó la fotografía sobre la mesa.

—Laura no quería un acuerdo. Quería que Victor reconociera públicamente la relación y a la niña.

—¿Y él se negó?

—Victor tenía responsabilidades. Una institución en expansión, compromisos familiares y personas que dependían de sus decisiones. Laura creía que el sentimiento bastaba para reorganizarlo todo.

—Habla usted como si ella hubiera pedido un favor absurdo. Estaba embarazada.

—No estoy juzgando a su madre.

—Lo está haciendo desde que empecé a preguntar.

Richard volvió a la silla, pero no se sentó.

—Laura se fue de Nueva York antes de que Victor decidiera qué haría. Cortó el contacto e impidió que la encontraran.

—Mi abuela no sabía dónde estaba. Eso no significa que nadie pudiera encontrarla.

—Victor lo intentó.

—¿Y después del accidente?

No respondió.

La ausencia de respuesta abrió un espacio frío dentro de mí.

—¿Quién informó de que las dos habíamos muerto?

—No lo sé.

—No le creo.

—La noticia llegó a través de terceros. Cuando Victor lo supo, no había razón para dudar.

—Había una niña. ¿No lo comprobó?

—La información decía que no había supervivientes.

—Yo sobreviví. —Mi voz salió más baja—. Pasé años en centros de acogida porque nadie encontró a mi familia. Mi abuela murió creyendo que había perdido a su hija y a su nieta. Victor siguió dirigiendo el Westbridge sin saber que yo existía o sin que le importara lo suficiente como para comprobarlo.

Richard apartó la mirada un instante. No fue culpa. Parecía cálculo.

—No puede saber lo que habría hecho Victor.

—Pero usted sí sabe lo que hizo en aquella época.

Richard se quedó inmóvil.

—Algunas verdades no ofrecen la reparación que usted imagina —dijo al fin—. Victor construyó una vida después de la desaparición de su madre. Tiene familia, responsabilidades y una historia que no puede reorganizarse sin consecuencias.

—Mi vida también tuvo consecuencias.

—No estoy diciendo que no las tuviera.

—Está intentando convencerme de que el silencio sigue siendo la solución más conveniente.

Él respiró hondo.

—Estoy intentando hacerle comprender que descubrir un vínculo biológico no convierte automáticamente a dos personas en familia.

Las palabras podrían haber ido dirigidas a Alexander unas horas antes.

—Eso lo aprendí ayer —respondí—. Aun así, tengo derecho a saberlo.

Richard no lo negó.

Observé al hombre que tenía delante y comprendí que esperaba que volviera a preguntarle por la relación entre Laura y Victor.

Quizá me ofreciera una respuesta cuidadosa, hablara de implicación, de sospechas y de decisiones difíciles.

Seguiría esquivando la única frase capaz de convertir todas las pistas en una verdad.

No se lo permitiría.

Yo ya había juntado las piezas sola. Necesitaba que alguien con certeza lo dijera en voz alta.

—¿Victor Ashford es mi padre?

Richard mantuvo los ojos en los míos. Durante unos segundos, todavía pareció buscar una salida que preservara el pasado.

No la encontró.

—Sí. Victor Ashford es su padre.