El discreto arte de volverlo… loco (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 2) Epílogo
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Epílogo

E dmund entró corriendo por las puertas de Townsend Chase y se dirigió al salón, con Larry pisándole los talones. Encontraron a Victoria leyendo una carta de Eleanor, pero cuando su marido y su hermano irrumpieron en la habitación, se guardó la carta en el bolsillo.

—Parece que estuvierais huyendo del diablo.

—Vicky... —Edmund intentó recuperar el aliento—. Hemos tenido un día estupendo. Hemos terminado de tapar los agujeros de la casita de la señora Anslow, y...

Continuó contándole todas las reparaciones que se estaban llevando a cabo en The Chase.

La finca estaba empezando a recuperar el esplendor de cuando Victoria era niña, y ella estaba encantada de que Edmund se mostrara tan entusiasmado por participar en la restauración de sus tierras y su hogar ancestrales.

Georgie había tenido razón. Viajar a la India le había ayudado a madurar un poco. Y aunque a veces Victoria echaba de menos al niño precoz que había sido, estaba muy orgullosa del joven en el que se había convertido.

Sintió la mirada de su marido sobre ella y se acercó a él con una sonrisa.

—¿Tú también has tapado agujeros?

Él la rodeó con los brazos y sonrió con picardía.

—Por supuesto. Ya sabes lo mucho que me gusta el trabajo manual.

Luego miró por encima del hombro de ella hacia Edmund.

—Ve a cambiarte para la cena.

Edmund esbozó una sonrisa burlona.

—Solo quieres estar a solas con mi hermana.

Larry se rio entre dientes.

—Qué perspicaz eres, Edmund. Me gustaría pasar unos minutos a solas con mi mujer.

—Muy bien...

El chico se dirigió hacia las puertas.

—Pero primero iré a ver al tío Charlie. No creo que deba pasar tanto tiempo junto a la tumba de Georgie.

Luego se marchó, y Victoria volvió a centrar su atención en su marido.

—¿Querías mi atención?

—Siempre.

Le besó el cuello y le acarició los brazos con las manos.

—Larry...

Ella soltó una risita.

—Tengo algo que contarte.

Él se detuvo a mitad del beso y la miró fijamente con esos ojos verdes cristalinos que tenía.

—¿Sí, princesa?

En realidad no debería jugar con él, pero era muy divertido.

—Hoy ha llegado una pequeña caja con colmillos de elefante.

Después de que Rebecca le contara toda la historia detrás de aquella situación, casi se muere de risa. Aunque a Larry todavía no le hacía la más mínima gracia.

Él la miraba con el ceño fruncido, pero no había ira en esa mirada, y ella simplemente le sonrió.

—Y no podría haber llegado en mejor momento —le dijo.

Entonces Victoria esperó a que él procesara lo que eso significaba, riéndose cuando la comprensión finalmente iluminó sus ojos.

Él se tambaleó un poco y luego la abrazó con fuerza.

—¡Estás embarazada!

Victoria asintió con la cabeza contra su pecho. Ya no tenía ninguna duda de que él jamás se cansaría de ella. Entre ellos existía un vínculo profundo que ella sabía que nunca se rompería. Ese niño —su hijo— era una extensión de ese vínculo, y nunca había sido más feliz en su vida.

Larry se apartó apenas lo suficiente para tomarle el rostro entre las manos. Tenía los ojos brillantes, incrédulos, y una emoción tan desnuda en ellos que el corazón de Victoria se estremeció.

—Dios mío… —susurró él, soltando una breve risa ahogada—. Voy a ser padre.

Ella asintió de nuevo, y entonces Larry volvió a besarla con una ternura que casi dolía. Cuando finalmente se separaron, él apoyó la frente contra la suya.

—No sabes cómo he deseado esto, princesa —confesó—. Incluso cuando me negaba a aceptar que te amaba, siempre estabas presente en mi corazón y en cada segundo de mi día. Y era precisamente esto, lo que más anhelaba.

Victoria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Durante tanto tiempo había temido no ser suficiente.

Había vivido aterrada por la posibilidad de que el amor fuese algo frágil, algo que pudiera escaparse entre los dedos en el instante menos pensado.

Pero Larry la miraba como si fuera el centro mismo de su mundo, y comprendió que jamás volvería a sentirse sola.

Él descendió lentamente una mano hasta su vientre todavía plano y lo acarició con una delicadeza reverente.

—Nuestro hijo… —murmuró.

—O hija.

Larry sonrió.

—Entonces será tan testaruda y hermosa como su madre.

Victoria soltó una pequeña carcajada, y él aprovechó para besarla otra vez, esta vez en la punta de la nariz.

—Te prometo algo, Victoria —dijo con voz grave—. Pasarán los años, tendremos el cabello gris y probablemente una docena de hijos corriendo por la casa… y aun así voy a seguir mirándote exactamente igual que ahora.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—Eso son demasiados hijos.

Larry soltó una carcajada.

—Muy bien. Media docena, entonces.

—Larry…

—Cinco.

Victoria negó con la cabeza, riéndose entre lágrimas.

—Te amo.

La expresión de él se suavizó por completo, como si aquellas palabras todavía tuvieran el poder de desarmarlo.

—Y yo te amo a ti —respondió—. Desde antes incluso de comprender lo que verdaderamente sentía, y antes de que me volvieras completamente loco.

Entonces la besó una última vez, lenta y profundamente, mientras el futuro se abría ante ellos brillante e infinito.

Y Victoria supo, con absoluta certeza, que había encontrado no solo al amor de su vida, sino también el lugar al que pertenecía.