El discreto arte de amar… a destiempo (Compromisos, mentiras y algún que otro escándalo 3) Epílogo
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Epílogo

- N o pienso seguir llamándote «lord Bramwell» toda mi vida —refunfuñó Alasdair mientras atravesaba el prado con una caña de pescar apoyada sobre el hombro.

Seb caminaba a su lado, conteniendo una sonrisa. Dos años atrás, el muchacho apenas podía mirarlo sin recelo. Ahora discutía con él como si llevaran toda la vida haciéndolo.

—Entonces no lo hagas —respondió con tranquilidad—. Dios sabe que he recibido nombres mucho peores.

Alasdair soltó una breve risa por la nariz antes de volver a adoptar aquella expresión seria tan propia de los MacQueen. O de los Westhaven, pensó Seb con ironía.

Aún le resultaba extraño mirarlo y verse reflejado en él.

El viento escocés agitó las colinas cubiertas de brezo mientras descendían hacia el río. Desde la distancia, Briarstrath se alzaba orgullosa entre la niebla primaveral, y Seb todavía tenía dificultades para creer que aquello fuese realmente su hogar ahora.

Su hogar.

Después de tantos años vagando de un lado a otro, de clubes londinenses, amantes pasajeras y noches vacías, había acabado allí. En Escocia. Casado. Con hijos. Y, por primera vez desde que tenía memoria, en paz.

—Mamá dice que Ewan te aprecia más de lo que aparenta —comentó Alasdair sin mirarlo.

—Tu hermano me aprecia exactamente igual que un gato aprecia un baño.

Eso arrancó una carcajada genuina al muchacho.

—Bueno… quizá un poco más.

Seb arqueó una ceja.

—Lo consideraré una victoria.

Llegaron al río y comenzaron a preparar las cañas en cómodo silencio. Hacía tiempo que Seb había comprendido que Alasdair hablaba más cuando no lo presionaban.

—Bruce dice que pescas fatal —murmuró el chico.

Seb resopló.

—Bruce lleva enfadado conmigo casi quince años. No lo considero una fuente imparcial.

—También dice que eres arrogante.

—Eso sí es cierto.

Alasdair volvió a reírse, y aquella vez Seb sintió algo apretarle el pecho. Se había perdido demasiados años de aquello. Demasiados años de sonrisas, de preguntas, de conversaciones sencillas junto a un río.

Pero al menos ya no seguiría perdiéndose nada más.

La puerta principal de Briarstrath se abrió a lo lejos y una figura salió al exterior. Incluso desde aquella distancia, Seb reconocería a Sorcha en cualquier lugar del mundo.

Vestida de azul oscuro, avanzó lentamente por el sendero con el pequeño Ewan dormido sobre el hombro y una manta blanca entre los brazos.

Seb dejó la caña en el suelo sin darse cuenta.

Alasdair lo observó de reojo.

—Sigues mirándola como un idiota enamorado.

—Porque lo soy.

El muchacho negó con la cabeza como si aquello fuera incomprensible, aunque Seb alcanzó a ver una pequeña sonrisa en su rostro.

Sorcha se acercó finalmente hasta ellos. El viento agitaba algunos mechones dorados alrededor de sus mejillas sonrosadas.

—Sabía que os encontraría aquí —dijo con suavidad.

Seb rodeó su cintura con un brazo y besó su frente antes de mirar el pequeño bulto envuelto en la manta.

La niña dormía profundamente.

Su hija.

Todavía le costaba creer que Dios hubiera sido tan misericordioso con él después de todos sus errores.

—¿Ha dado mucha guerra? —preguntó en voz baja.

Sorcha sonrió cansadamente.

—Exactamente igual que su padre.

—Entonces estamos condenados.

Ella soltó una risita y apoyó la cabeza contra su hombro apenas un instante.

Aquel pequeño gesto bastó para que todo el mundo de Seb pareciera encajar en su sitio.

—Becky ha enviado otra carta —comentó Sorcha.

Seb cerró los ojos.

—Dios nos proteja.

—Dice que piensa organizar una nueva reunión en Londres este verano.

—Eso jamás significa nada bueno.

—También menciona algo sobre que «el pobre Roswell necesita urgentemente que alguien lo salve de sí mismo».

Seb soltó una carcajada grave.

—Buena suerte para la mujer que tenga que intentarlo.

Muy lejos de allí, en Londres, el duque de Roswell seguramente estaría arruinando la tranquilidad de alguna inocente joven debutante sin sospechar siquiera que Rebecca Elbridge ya había empezado a planear su caída.