El dilema de mirar un cielo estrellado 2
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A veces el tiempo se acumula como polvo en los ojos y dejo de mirar creyendo que ya lo he visto todo.

Que después de tantos inviernos de rodajes sin calefacción, horas sin un buen descanso, malas comidas, directores que cambian el guion a media escena y cámaras que parecen apuntar al lugar equivocado, ya no queda espacio para la sorpresa.

Entonces entra alguien nuevo. Y todo se mueve un par de centímetros. A veces, a mi favor; a veces, en mi contra.

Mi primer instinto no es odiarlo, eso llega después.

Primero lo observo. Observo esa mezcla incómoda que emana, entre frescura y torpeza, como si aún no hubiera determinado si está en el lugar correcto o no.

Los novatos tienen eso: son la chispa que irrumpe, los que sorprenden, los que cargan con la etiqueta del «futuro brillante».

Luego, cuando el brillo empieza a menguar, llegan los papeles secundarios, las entrevistas cortas, el elogio tibio de quien ya no tiene demasiadas expectativas.

Y el resplandor se apaga, aunque ellos todavía no lo adviertan. Lo cuento por experiencia.

Durante los diez años que llevo en esta industria, me he topado con todo tipo de novatos.

Los peores no son los arrogantes, sino los bendecidos.

Aquellos que no saben por qué están aquí, pero el escenario y las cámaras parecen inclinarse a su favor.

Solía pensar que eran una rareza, una excepción que el azar escupía de vez en cuando.

Pero últimamente aparecen demasiado seguido, como si el universo tuviera algo que demostrarme, como si quisiera restregarme en la cara que la disciplina no siempre gana, que el esfuerzo no garantiza permanencia.

Y es ahí donde se cuela cada uno de mis temores, en el resquicio entre lo que creo merecer y lo que otros reciben sin pedirlo.

Me devora en silencio con la sonrisa puesta, porque sé ser simpático, sé interpretar el papel del tipo encantador.

Pero por dentro ardo. Es una chispa pequeña que se convierte en hoguera cuando alguien entra en la sala y, con apenas un par de palabras, logra que la atención cambie de lugar.

—Es algo tímido, pero muy agradable —me dice Hellen, mi asistente personal—. Uh, qué calor. Encenderé el aire acondicionado.

Mantiene la espalda recta, casi tensa. Parpadea más de lo habitual.

A diferencia de otros días, que suele llevar el cabello apartado del rostro, hoy se esconde detrás de él y no deja de jugar con las puntas.

No parece desbordada, pero la rigidez en sus movimientos delata que este primer encuentro le importa. Ha de estar más nerviosa que yo.

—¿Te hiciste reflejos? —pregunto, más por llenar el silencio que por interés.

—Sí, ayer —responde sin mirarme mientras se coloca junto a la ventana. La luz resalta los reflejos casi grises en su cabello rubio—. ¿Te gustan?

Asiento. No es verdad, pero admitirlo sería un poco cruel, sobre todo porque yo he tocado el tema.

—Seren está subiendo —anuncia—. Mira, es joven, bastante más joven. Nada que no hayas conocido ya, solo un poco tímido. Creo que se llevarán bien.

Me mentalizo para recibirlo sin mostrar altanería. Bueno, no es que pueda permitírmelo, aunque a veces la altanería haya sido mi escudo. Ahora lo único que me importa es que nada salga mal; temo volver a la misma silla sin nombre, perdida en el fondo del set.

Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que tuve una oportunidad como esta. En los años que llevo en Lunaris una línea que a veces ni siquiera sobrevive al corte final. Y al terminar, un centenar de aplausos que nunca son para mí.

Después de un año de audiciones fallidas, por fin inicio un nuevo proyecto.

Ritmos de Ruina me pareció, desde el momento en que Josh —mi representante— me lo presentó, idealista, fantástico, apasionado.

Trata sobre la historia de Julien Bec, un pianista experimentado, cuya música abre portales a otros universos y arrastra consigo a quienes lo escuchan.

Una habilidad que ha desarrollado gracias a la experiencia y al talento inusual con el que ha nacido.

Es el único en su clase. Su música se siente en la piel.

Cada nota parece cobrar vida, flota, se ondula, y besa al intérprete y a todo espectador presente.

Obtener este protagónico me ha costado tres audiciones, meses de trabajo, y una última prueba que ha sido, en toda regla, una humillación orquestada por mi propia desesperación.

No son necesarios los detalles y apenas me permito admitirlo, pero agradezco haberlo conseguido.

Este papel es la prueba de que el tiempo no me ha borrado del todo.

La promesa de que ya no tendré que justificar mi existencia en cada audición futura.

Sé que es un proyecto ambicioso, que deberá probar temporada tras temporada su potencial. El equipo necesita que la primera sea perfecta para atreverse siquiera a considerar una continuación.

Presiono mis manos para contener los temblores, aunque el movimiento de mi pie delata mi inquietud de igual manera.

No estoy más nervioso que el novato cuando aparece en la habitación.

La forma en la que camina y sus hombros encorvados demuestran desconfianza en sí mismo.

Estaría mejor si, al menos, lo disimulara un poco.

Esa sonrisa torcida que dibuja al sentarse frente a mí en el sofá no parece genuina; sus ojos grandes y redondos ni siquiera se pliegan un poco en los costados.

¿Alguien puede explicarme la elección de color de su cabello?

No recuerdo que el casting especificara nada similar.

Azul fantasía. Si yo fuera Leonel Salvatore, estaría ofendido.

En el momento en que me saluda, me seco la palma de la mano y se la extiendo, ligeramente temblorosa.

Suspiro pesado. Llevo cargando ese aire desde que crucé la puerta del edificio.

Intento devolverle la sonrisa, aunque preferiría no mostrar nada.

No quiero que se note lo rápido que me late el corazón.

Mantener la compostura me cuesta más de lo que debería, sobre todo cuando acepta mi mano.

La temperatura aquí ya es soportable, pero sigo sintiéndome acalorado.

—Seren Montiel —se presenta.

Seren Montiel. Un recién llegado que irrumpe desde el olvidado pueblo de Daven, arrastrado por la mano de Ivanka Tiberi, la incuestionable reina de talentos en Lunaris & Co. Él es un enigma. Nadie sabe de dónde ha surgido. No se inscribió para la audición, simplemente apareció con Ivanka.

—Lo sé —digo.

¿Lo sé? Cierro los ojos. Pensé que tardaría un poco más en humillarme a mí mismo.

Sin querer, dejo escapar una risa ligera que se me seca en los labios cuando Seren vuelve a mirarme.

No sé si con fastidio o fascinación, quizás ambas.

¿Lo estaré analizando demasiado? ¿O tal vez él a mí?

Bajo la mano y me rasco la nuca, incómodo.

Un gesto torpe que intenta invisibilizar lo que siento, pero que solo consigue resaltarlo más.

Como todos mis errores, nunca dejan de llamar la atención.

En este instante, desearía que la tierra me tragara.

— ¡ Bien ! —interviene Hellen—. Por fin se conocen. ¿Cómo se sienten?

Seren se siente bien. Al menos, es lo que responde, así tal cual: «bien».

Yo, por mi parte, me tomo mi tiempo para explicar lo emocionado que estoy de formar parte de este proyecto, lo agradecido que me siento, lo honrado, lo entusiasmado.

Una avalancha de adjetivos olvidables. Incluso si Hellen ya lo sabe, necesito que Seren lo sepa.

Algo que parece, al menos, curvar sus labios de forma ligera.

—¿A qué hora llega el resto? —pregunta Seren a Hellen.

—En quince minutos llega Ariadna —contesta mirando su reloj—.

Por ahora, tendremos una reunión solo nosotros y, por la tarde, conocerán al resto del reparto.

—Nos extiende un archivo a cada uno—. Este es el guion final.

Échenle un vistazo, practiquen, conózcanse.

Vamos a ensayar un poco cuando llegue la directora.

Le doy un par de vueltas a los recuerdos que me trae su nombre. Ariadna Latorre, qué extraño volver a encontrarnos.

Esta mujer es la promesa creativa de AquilaTV, su casa productora.

Guionista y directora. Cuando nos conocimos, tuve un papel diminuto en un cortometraje guionizado por su hermana menor —para ser sincero, no recuerdo su nombre, solo que es una chica muy simpática—, quien finalizaba la carrera de Comunicación Audiovisual.

La chica se declaró mi fanática desde Luna de acero —la película que he coprotagonizado con Ebba Sandoval, un nombre que suele encabezar los créditos— y buscó mil formas de contactarme.

Me llevó unas semanas convencer a Josh para que aceptara ese pequeño trabajo.

Apenas comenzaba mi carrera en la actuación, él no entendía la ilusión que me hacía que alguien me tuviese en cuenta de esa manera.

Me pregunto qué pensará Latorre ahora, al verme, por fin, como protagonista para una producción que se proyecta como grande, después de tantos años.

Seren no dice una sola palabra. Una vez Hellen se marcha, está enfocado en la lectura del guion.

Los primeros minutos, me dedico a observarlo un poco más.

Quiero ver cómo se comporta, qué tiene para entregar sin que se lo pidan.

Hay algo fascinante en presenciar el nacimiento de una potencial estrella.

Es como mirar una explosión al ralentí, sin saber aún si lo que quede será luz o fuego.

No puedo evitar esos primeros sentimientos enredados: una mezcla entre curiosidad y defensa. Es lo que causa lo nuevo.

En cuanto acomodo la espalda en el sofá, él se levanta.

Se desplaza por la sala como quien está aprendiendo a caminar sobre hielo, con cierta torpeza pero sin miedo.

De hecho, no expresa nada por un largo rato.

Susurra las líneas y mueve las manos. Cada gesto suyo me produce una interrogante.

Hay en su mirada una chispa que no puedo ignorar, algo que me hace tensar los músculos de forma involuntaria.

Yo, acostumbrado a la repetición y el desgaste, a las caras que ya no sorprenden, me atrapo midiendo sus silencios, sus pausas, su respiración.

Como si en estos detalles mínimos estuviese escrita la historia que va a disputar conmigo.

No es una competencia abierta todavía, sino un lento juego de reconocimiento y precaución.

—Página ochenta —me dice con suavidad—. Intentémoslo.

Tardo en captar la intención. Es su mirada insistente de cejas alzadas la que me obliga a erguirme, apoyar los codos en las rodillas y buscar lo que me ha dicho. Aclaro mi garganta y me levanto.

“Ritmos de Ruina” – TEMPORADA 1

EPISODIO 9: “Atrapado”

INT. ESCENARIO DEL TEATRO – DÍA

En el centro del escenario, JULIEN BEC toca.

El TEATRO no está del todo presente. Las butacas y el techo se deshacen en la penumbra y dejan de existir. El aire vibra con cada nota. Las teclas del piano emiten destellos que flotan y se expanden por el espacio.

LEONEL entra y avanza. El suelo cruje. No hay corte inmediato, pero algo cambia. La luz se vuelve inestable. Un acorde suena mal, fuera de lugar. Las luces parpadean.

JULIEN toca un último acorde. El sonido muere antes de expandirse.

Silencio.

El teatro vuelve a ser un teatro. La madera gastada, polvo suspendido, luces blancas. Solo queda un residuo casi imperceptible de la melodía.

JULIEN

(con voz temblorosa)

¿Tienes idea de lo que me ha costado

llegar hasta aquí?

¿Y tú te atreves a ponerte en mi camino?

A estas alturas… después de todo lo que

he hecho, de todo lo que he intentado.

Solo uno de los dos puede lograrlo…

y no serás tú.

LEONEL

No sé de qué me habla, maestro.

Seren baja la mirada hacia el papel y comienza a balbucear.

—Solo quiero estar cerca… Aprender. Si me lo permite…, quiero seguir este camino a su lado…

Su rostro esta vez no está ausente de expresión, de hecho, lo hace muy bien.

Puedo notar que Leonel Salvatore está buscando apoderarse de él.

Sin embargo, la forma en que repite líneas como si fuesen parte de una exposición escolar memorizada a último momento me revuelve el estómago.

Palabras sin alma, dichas solo para cumplir con esto y acabar de una vez.

Mi cerebro grita: « ¡ Corten ! ¡ Otra vez ! ».

Tengo la ligera necesidad de estamparle el guion en la frente.

Los novatos tienen esa cualidad de no saber nada y, de todas formas, hacerte sentir que pueden hacerlo bien si se esfuerzan lo suficiente.

Es como si su torpeza fuera parte del encanto, y su falta de experiencia, un atajo directo al talento.

Los ves tropezar con el cable de sonido, tartamudear en la lectura, olvidar el nombre del asistente de dirección…

y luego, mágicamente, clavan en la escena con una verdad que uno ya no recuerda cómo se fabrica.

Espero no equivocarme con Seren Montiel.

Espero que sus dificultades con el color de la voz sean a causa de los nervios y la inexperiencia, no por la falta de talento.

Le explico con amabilidad cómo podría decirlo.

Repetimos la breve escena. Funciona mejor.

A esto me refiero con que aprende rápido.

Se muestra satisfecho, sonríe a medias y me da las gracias.

Lo repetimos una vez más. Dos. Tres. Antes de que Ariadna Latorre aparezca acompañada de todo su equipo productivo, nuestros representantes y asistentes personales.

La reunión me mantiene mudo. Entre tantas personas se genera un espacio donde la admiración y el desafío se confunden y juegan a ser aliados. Todos somos compañía y competencia a la vez, y todos nos necesitamos en este momento. Somos la esperanza del otro.

Son estos encuentros los que alteran algo dentro de mí.

Ver a tantas personas sentadas frente a una enorme mesa me pone en guardia, me exige y, al mismo tiempo, me entrega algo que no sé bien cómo medir.

Detrás de mi resistencia —esa reticencia que es casi un reflejo—, hay una parte que sigue esperando.

El problema es que cuando espero tanto, también suelo terminar lamentándolo.