33 #2
Cuando Dan me dejó en casa una hora más tarde, después de compartir tostadas, de hablar de planes para la semana, de besarnos en su coche como si fuéramos una pareja normal, me sentía oficialmente comprometida. Y extraña.
Salí del coche y Dan me sonrió desde el asiento del conductor.
—Te escribo luego.
—Vale —cerré la puerta y exhalé una bocanada de aire que se llevó parte de mi tensión. Me sentiría mejor cuando aclarara todo con Fabio. Le explicaría que Dan y yo estábamos saliendo oficialmente y él haría algún comentario indiferente que me recordaría que lo nuestro no había sido real.
Me quedé parada un momento, viendo como el coche de Dan se alejaba por la calle y desaparecía al doblar la esquina.
—¿Ni un beso de despedida? —La voz de Fabio me hizo girar sobre mis talones hacia mi casa.
Estaba apoyado en la valla de mi jardín con las manos en los bolsillos de sus vaqueros y gafas de sol, aunque el día estuviera nublado.
Parecía llevar allí un rato. Mi estómago dio un vuelco tan violento que me dolió físicamente.
—¿Qué haces aquí?
—Pregunta obvia —respondió él, apretando la mandíbula como si de verdad le molestara mi estupidez.
—No te creas.
Se incorporó despacio conforme me acerqué, quitándose las gafas de sol. Sus ojos me encontraron inmediatamente.
—Te esperaba. —Aunque su voz sonaba casual, había algo tenso en sus hombros.
—¿Para qué? —Caminé hacia él con pasos que me parecieron demasiado lentos.
—Estaba aburrido.
Mentira. Le conocía, y en esos momentos Fabio estaba cualquier cosa menos aburrido.
Cerré la puerta del jardín detrás de mí, sintiendo cómo me temblaban las manos.
—Te dije que estaba liada.
—¿Con qué? Porque con la lengua de Dan no lo parecía desde aquí.
—Hemos hecho eso en otro sitio —¿Por qué le daba explicaciones?
—Ah… y os habéis empachado tanto que no quedaba hueco para uno de despedida.
Suspiré, sin mirarle directamente.
—No nos gusta hacer esas cosas delante de mi casa, con mi familia aquí.
—¿En serio? —La risita irónica de Fabio no se me escapó—. El sábado en tu cuarto no pareciste tener problemas con que estuviera la mitad de tu familia abajo.
Dio un paso hacia mí reduciendo el espacio entre nosotros.
—¿Para qué has quedado con él? —Su mandíbula estaba tensa, podía ver el músculo moviéndose. Nada quedaba del Fabio pasota que había conocido.
—Hemos ido a desayunar y a aclarar las cosas.
—¿Y? —La palabra salió cortante.
Respiré hondo y sentí que el aire que entraba en mis pulmones no era suficiente.
—Vamos a intentarlo. Ser novios oficiales.
Algo cambió en su expresión.
No parecía enfadado, sino más bien impactado, como si le hubiera abofeteado con mis palabras.
—¿Ser novios? —repitió lentamente—¿Y qué pasa con nosotros?
—Se termina, claro —dije, y me odié por lo débil que sonó mi voz—. No puedo seguir jugando a dos bandas.
—¿Y le escoges a él? —Fabio soltó una risa seca, sin humor—. ¿Y todo lo que dijiste anoche?
—Fabio, estaba borracha y...
Él negó con la cabeza.
—Dijiste que me querías y lo dijiste de verdad.
—Y lo hago. Te quiero —declaré con vehemencia—. No puedo imaginarme mi vida sin ti. Te has convertido en mi mejor amigo en solo dos semanas.
Eso sí le dolió. Lo vi en cómo parpadeó y apretó los labios.
—¿Tienes la costumbre de planear bodas con tu mejor amigo?
—Estaba borracha —repetí, desesperada—. ¿Y qué quieres de mí de todas formas? ¿Que nunca salga con nadie para que puedas seguir jugando conmigo? ¿Iba en serio lo de que querías arruinarme?
Fabio negó con la cabeza.
—No estoy jugando, pixie —aseguró. Nunca le había visto tan serio antes—. Y sí, iba en serio con lo de arruinarte para otros, porque quiero que seas para mí. Que seas solo mía.
—¿Qué? —dije más bajo. Casi ni me escuchaba a mí misma por lo alto que me latía en corazón—. Tú no quieres una novia. Sales, te emborrachas hasta que pierdes la memoria, te lías con chicas de dos en dos…
—Eso era antes… No he vuelto a estar con nadie desde aquella noche en Inferno.
—Porque te lo pedí… —le recordé.
—No, porque no he querido, Erika. Porque nadie sabe como tú, nadie me hace reír como tú, ni sentirme tan bien como me siento contigo.
Mi garganta se cerró, quemada por el ardor de las lágrimas que me negué a derramar.
—Yo también siento eso contigo —admití porque le debía esa verdad.
—Entonces ¿qué cojones estás haciendo? —No gritó. Si me hubiera gritado, podría haberle gritado de vuelta y ponerme a la defensiva, lo que hubiera sido más fácil para mí.
—Estoy haciendo lo correcto.
—¿Lo correcto para quién? —Fabio dio otro paso hacia mí y me tomó por los hombros— ¿Para tus padres? ¿Para tu lista mental de cómo debería ser tu novio perfecto? ¿Para la versión de ti que crees que deberías ser? ¿Para seguir pidiendo perdón por haber nacido?
Me quedé callada porque tenía razón y los dos lo sabíamos. Mi silencio fue respuesta suficiente.
Fabio asintió despacio, con una sonrisa amarga que no llegó a sus ojos.
—No me ves como material de novio —sentenció.
—No te veo... —busqué la palabra correcta y no la encontré—. Estable. Estás a la deriva y no quiero que me arrastres contigo.
Esas fueron las palabras que lo rompieron todo. Las vi caer entre nosotros y explotarnos en la cara.
Sus ojos parpadearon una vez y apartó las manos de mí.
—He pasado por una mala racha, pero…
—Eres un caos, Fabio —continué, sabiendo que estaba cavando un agujero, pero incapaz de parar—. Y yo no soy lo suficientemente fuerte para eso. Necesito a alguien que me mantenga a flote. No que me arrastre al fondo.
El golpe fue tan visible que podría haber sido un puñetazo en el pecho. Se quedó completamente quieto durante un segundo que pareció eterno.
—Ya veo… —Dio un par de pasos hacia atrás—. Soy el recuerdo salvaje. La aventura de la que te arrepientes cuando recuperas la cordura…
—Para mí, quiero decir. Porque yo no soy fuerte.
—Te he entendido —su voz era plana, casi muerta—. Has sido bastante clara.
—Fabio, yo no...
—No. —Levantó una mano, cortándome—. No tienes que dulcificar nada. Ya está todo dicho, Erika,
El silencio entre nosotros se volvió insoportable. Podía oír los pájaros, el viento en los árboles y un coche pasando por la calle de al lado.
—Yo sí te veo fuerte, Erika —dijo finalmente, con voz más baja pero no menos intensa—.
Y no lo digo porque mi intención sea poner a prueba esa resistencia o arrastrarte a nada.
Lo que creo es que somos dos personas con heridas que encajan tan bien, que juntos importa un poco menos lo que el mundo nos ha hecho.
Yo también he visto tus flaquezas, pero, al contrario que tú, no creo que sean una amenaza para mí.
Creo que me haces mejor, Erika. Y por un momento creí que yo también estaba haciendo lo mismo por ti.
Sus palabras me atravesaron el pecho.
—Pero no voy a convencerte de nada —añadió, y algo en su tono sonó a despedida—. Si quieres seguridad... vete con Steinbeck. Descubre como te sientes cuando tomas decisiones basadas en tus miedos y no en tus deseos.
—Fabio... No quiero que tu y yo… No quiero perderte —Las lágrimas comenzaron a brotar.
—No estoy enfadado —dijo, aunque claramente algo en él se había cerrado como una puerta—. Solo he recibido el mensaje alto y claro.
Se giró para irse.
—Fabio. —Mi voz salió rota.
Se detuvo, pero no se giró del todo. Solo me miró por encima del hombro.
—Que disfrutes de tu novio estable, pixie.
Y se fue, caminando por la acera sin mirar atrás. Sin correr.
Me quedé ahí, en la entrada de mi jardín, con la sensación de haber ganado algo y perdido algo mucho más grande al mismo tiempo.